lunes, 15 de junio de 2026

El Pepillo y el Raimon

 Esta historia empieza en agosto del 86, yo acababa de llegar a estudiar a Ensenada y, como todo estudiante foráneo, no tenía idea de gran cosa, excepto que tenía que sobrevivir. No era completamente inútil, sabía cocinar algunas cosas y podía moverme en el transporte de la ciudad, aunque esto, siendo francos, no era demasiado complicado. Recuerdo que los primeros que conocí fueron a la Karin, Carnalla y Ramonetti, no sé si fue en la inscripción o qué era, pero el caso es que nos tocó sentarnos juntos en el gimnasio a la hora de hacer un trámite. Después conocí al Mireles, los horarios que pegaron en la pared estaban medio confusos y en nuestra primera hora de clases los de física de primer semestre no supimos dónde eran nuestras clases y terminamos sentados afuera del laboratorio B2 sin saber bien qué hacer. Ahí llegaron el Jarbi y el Mauro a marcar territorio, ellos iban en quinto y eran muy mamones. Después se acercaron otros más de su salón, entre ellos, el Pepillo.

El Pepillo, como fui dándome cuenta con el tiempo, era aficionado a ser mentor de los recién llegados. El primer recuerdo que tengo de él fue invitándome a subir al carro del Pichon, así, sin acento. El apodo, me explicó el Pepillo, venía de su apellido, Palomares, que en inglés traducía como Pidgeon houses, que inevitablemente terminó derivando en Pichon. Pero bueno, no nos desviemos. El Pichon nos dejó en el Elsa's, un restaurancito de comida corrida que quedaba por la Gastelum y segunda, ahí, el Pepillo procedió a darme sus consejos de dónde comer y los trucos para que el dinero me alcanzara. Al menos durante los primeros tres semestres el Elsa's era mi primera opción de comida corrida. A un lado estaba La Michoacana, que, aunque estaba más barata, la comida la verdad estaba bastante malita y no debo de haber comido allí más de tres veces.

La mayoría de los estudiantes de física éramos foráneos, y en aquellos tiempos de crisis y devaluaciones nos echábamos la mano bastante unos a otros. No quiero ser injusto con nadie, pues tuve varios mentores, pero además del Pepillo otra persona especial fue Ramón Michel. El Raimon fue el primero que conocí de la dinastía de los Micheles. Cuatro Micheles estudiaban en la facultad: Raimon, el mayor, había terminado física, Raúl estaba estudiando noveno semestre de física cuando yo entré. Rodrigo, a.k.a. Yoyigo, estudiaba biología y debe de haber ido en séptimo semestre o algo así. Por último René, que también estudiaba física e iba en tercer semestre. Todos ellos vivían en un departamento en el bulevar Ramírez Méndez, que fungía como sede para todo tipo de reuniones. En ese mismo depa años después vivieron la Isa y el Hugo, pero eso es parte de otra historia que no contaré hoy.

Pero regresemos con el Ramón, él estaba haciendo su tesis en el OAN, creo que con Manuel Álvarez, y era ayudante de Francisco Medina en la materia de Métodos experimentales de física, ahí fue donde lo conocí, pasamos muchas horas juntos en el laboratorio, donde me enseñó a graficar en papel logarítmico, a hacer las cosas con cuidado, sobre precisiones e incertidumbres, y a presentar reportes limpios y ordenados. Algo que me gustaba mucho del Raimon como maestro, es que se quedaba en el laboratorio con nosotros todo el tiempo que requiriéramos, creo que esa solidaridad era muy necesaria en el primer semestre de la carrera. El caso es que en esas largas sesiones en el laboratorio y gracias a su personalidad alegre y bonachona, el Raimon y yo nos hicimos amigos rápidamente.

Álvaro y el Raimon

En aquellos días éramos pocos en la facultad, tal vez en total seríamos unos 40 esudiantes, contando todos los semestres de la carrera. De primero éramos 20, pero este número disminuyó rápidamente. Así que todos nos conocíamos. Yo había aprendido a programar en Basic en la prepa, con una calculadora Casio PB-100 y el Pepillo y el Pichon eran de los expertos en el incipiente mundo de la programación en la facultad, esto nos dio otro punto de coincidencia. No eran los únicos, también le entraban a la programación: el Rul Michel, mi bro el Joel, y el Álvaro Álvarez. Algunos en CICESE, otros en Ciencias Marinas, y también en la facultad con una Commodore 64 del Álvaro, que a veces estaba en el laboratorio. Eran los tiempos de los 8088 y en la facultad todavía no había ni una sola computadora para los estudiantes. Como el Pepillo era de los expertos en computación, lo llevaron a Tijuana de consultor en el proceso de compra de las primeras computadoras para el futuro centro de cómputo de la facultad. Como les digo, el Pepillo y yo ya éramos amigos, y de alguna manera convenció a los directivos que me llevaran también a Tijuana como parte del equipo técnico. Recuerdo que el proveedor estaba en Plaza Río y eran unas oficinas pequeñitas. Ese día no regresé a la facultad con todo el contingente, sino que me fui a la Facultad de Química, coincidió que era la tradicional quema de batas y era un parizote, pero bueno, no nos desviemos y dejemos esa historia para otra ocasión.

El Lerma, Mauro, Pepillo, Pidgeon, Jarbi, Mackomish y Álvaro
No recuerdo si iba en tercero o cuarto semestre cuando el Pepillo me consiguió mi primer trabajo en Ensenada. Él y el Pichon daban clases en una escuelita técnica que estaba por la Gastelum entre 7 y 8, si mi memoria no me falla. Igual los días en el Colegio Ensenada se merecen su historia aparte, pero esta será contada en otra ocasión; por hoy solo queda decir que, a pesar de que no era mucha lanita, unos pesitos en la bolsa no me caían mal, pues en esa época siempre andaba muy piojo. Pepillo me heredó el trabajo de maestro y entró a trabajar al OAN. No sé si el Pichon también lo hizo al mismo tiempo, pues recuerdo que coincidimos de maestros.

Meses después Pepillo me consiguió mi segundo trabajo, y este fue uno que marcaría mi vida. Lo recuerdo diciéndome "Poncho, en el Observatorio andan buscando un asistente de cúpula, te puedo recomendar si te interesa, es buena chamba" En ese momento yo no tenía idea de qué hacía un asistente de cúpula, ni qué influencias podía haber tenido el Pepillo para poderme recomendar, yo solo escuché dinero y dije que sí.

Ahí en el Observatorio me sentí como en casa, y tuve dos etapas como asistente de cúpula, para la segunda el trabajo ya no me lo consiguió Pepillo sino que fui a hablar con Rafael Costero, que ahora era el director del OAN, y de alguna manera lo convencí de que me recontratara. Quiero pensar que en mi primer tour en el Observatorio no lo había hecho mal, y además el hecho de hablar inglés me debe de haber ayudado. Para ese entonces Ramón ya había emigrado a Los Angeles y fui a visitarlo varias veces a su departamento de Bell Flower. No recuerdo de qué trabajaba en esos días, pero estoy seguro que como la gran mayoría de los inmigrantes tuvo que empezar desde abajo.

En una de esas ocasiones lo acompañé a comprar su primer carro de agencia; un Toyota sedán de color azul, el más barato que había en el mercado. Confieso que en ese momento no estaba consciente de lo importante que debe de haber sido esto para el Raimon, después de mucho esfuerzo su score crediticio era lo sufientemente bueno para comprar un carro. Él ya sabía qué carro iba a comprar y llevaba la chequera lista para el down payment. Cuando llegamos a la agencia primero nos iba a atender un gringuito, pero como nos vio cara de paisas mejor nos asignaron a un vendedor que hablara español. Nefasto el tipo, se la pasó renegando de que carro era tan barato que él no ganaba casi nada de comisión por atendernos, yo nomás pensaba que no era como que el wey estuviera haciendo la gran labor de venta, el Ramón ya sabía qué carro quería, cuánto costaba, y lo único que necesitaba del vendedor es que hiciera el papeleo. Le corrió su historial de crédito y todo estaba en regla, solo había que hacer el trámite administrativo. Este debe de haber tomado un par de horas, que a mí me parecieron una eternidad porque traía muchísima hambre. Finalmente le entregaron el carro, el último paso era que el vendedor nos acompañara a echarle gasolina al carro, creo que 10 dólares. El tipo seguía renegando y yo con el hambre ya traía la paciencia bastante delgadita. Cuando llegamos a la gasolinera el Raimon le pidió le que le echara de la gasolina súper premium, el vendedor volvió a renegar que esa gasolina no le iba a servir de nada al carro este porque era un modelo económico. El Ramón, emocionado como niño con bicicleta nueva en navidad le contestó con una sonrisa 'No importa, quiero ver cómo se siente' El vendedor volvió a hacer un gesto de desagrado y hasta ahí llegó mi paciencia 'compa, que te valga madre si le sirve o no, el carro es de mi compa y él quiere que le pongas de esa gasolina' El wey como que no estaba acostumbrado a que le renegaran, le puso la gasolina que quería el Raimon, lo llevamos de vuelta a la agencia, y con el Ramón feliz y contento con su carro nuevo fuimos a comer un pollito del KFC.

El Pepillo no era muy bueno para las materias teóricas y tuvo problemas para pasar Electrodinámica I, yo le ayudé a estudiar. No fue tanto la resolución de problemas sino explicarle los conceptos. No le fue sencillo, pero finalmente pasó, y quiero pensar que con esas clases le retribuí un poco toda la ayuda prestada a lo largo de los años. Al Raimon igual lo ayudé un poco con unas clasesillas sobre esféricos armónicos (si mi memoria no me falla). Ocupaba entender eso para unas cosas de evolución estelar y andaba un poco oxidado en matemáticas y yo en ese momento era ayudante de Luis Salas en el curso de Funciones Especiales y Transformadas Integrales.

Después la vida nos llevo a cada quien por su lado. Las últimas veces que hablé por teléfono con el Pepillo le recomendé que le bajara a su ritmo de trabajo. Eran demasiadas cosas las que estaba haciendo y pensé que eso le iba a pasar factura en su salud. Desafortunadamente no me equivoqué. El estress le cobró factura y falleció muy joven.

Al Ramón la vida lo llevó a Nuevo México, a trabajar en el Sandia National Laboratories. Cuando hablábamos le preguntaba que si qué estaba haciendo e invariablemente él me respondía que no me podía decir porque era algo clasificado. Y de nuevo, yo le respondía con "no te agüites, Raimon, se sabe que tienen que tener un mexa trapeando los pasillos, no hay nada de malo, es un trabajo honrado" y soltaba la risa. Esa era nuestra broma particular desde que trabajaba haciendo no sé qué de óptica en California.

Ramón tenía problemas fuertes de salud y todos los años iba a Nevada a una revisión exhaustiva. Hablamos un par de veces durante los días de su última revisión. Nos estábamos poniendo de acuerdo para irlo a visitar cuando regresara a su casa. Él estaba en lista de espera para un par de transplantes, pero no pensaba que fuera a suceder pronto. De la nada, un día antes de regresar a su casa le avisaron que se alistara para operarlo, que los órganos estaban listos. Me avisó por mensaje de Whatsapp. No hablamos, pero nos mensajeamos mucho ese día, su último mensaje antes de entrar a quirófano fue para presumirme que su comida había estado muy sabrosa. Quedamos de hablar cuando saliera de la operación. Nunca pudimos volver a hablar, estuvo en coma durante meses y finalmente falleció. 

A ambos los extraño mucho. Cada uno fue una persona extraordinaria a su manera. Los dos contribuyeron a que terminara la escuela, y el joven rebelde e inquieto que ellos ayudaron a formar, les vivirá eternamente agradecido.

 

sábado, 11 de abril de 2026

Olivia Cervantes

 Recibí la llamada con la noticia de la muerte de mi madre el miércoles a las dos de la mañana. No me tomó por sorpresa, tenía pocos días de haberla visto y realmente se miraba muy deteriorada. En las últimas semanas había pasado por un par de operaciones por una fractura en el tobillo, y su cuerpo estaba haciendo todo lo posible por recuperarse, pero para mí era claro que era una batalla con pocas probabilidades de éxito. No quise saber detalles, pero entiendo que murió en paz, o al menos eso es lo que quiero creer. Su via crucis ya llevaba tiempo.

Mi madre hasta el último día fue la persona que ustedes conocieron, fiel a su carácter. Cuando iba a ser la primera de sus operaciones del tobillo, su principal preocupación era que le avisáramos a sus amigas de Guerrero Negro. Estoy seguro de que nunca fue tan feliz como esas mañanas en su tienda platicando con sus amigas: Toñita, Estela Patiño, Socorro Valencia, Lety Ríos, Tere Baiza, Chata de Meza y un largo etcétera. Salía de la casa con la jarra de café lista para compartir, el trabajo no era más que un pretexto para ver a sus amigas.
No solo sus amigas llegaban al café, tal vez ustedes recuerden a Don José un señor invidente ya mayor que solía andar por el pueblo, él también llegaba al café con cierta frecuencia. Una vez llegaron unos auditores de Hacienda a revisar las cuentas de la tienda, mi madre, que era buena para el asunto del protocolo mandó comprar unos choux para invitarles con un café a los auditores. Coincidió que llegó Don José a saludar, y mi mamá le invitó su choux y su café y lo atendió igual que a los auditores. Al final, cuando se iban los inspectores, le dijeron que habían encontrado un error en el pago de IVA, pero que no la iban a multar, porque atendió a don José igual que a ellos, sin hacer diferencia. Eso lo aprendimos de mi abuela.

Mi madre era una persona compleja, le gustaba mucho tener la razón, y en raras ocasiones admitía no saber algo, pero también podía ser una persona muy generosa, como dan cuenta los comentarios que he recibido estos días sobre ella. Permítanme contarles una breve historia. Estábamos de vacaciones en Chiapas, yo debo haber tenido unos doce años. Estábamos haciendo fila para comprar boletos de autobús para San Cristóbal de las Casas, y frente a nosotros estaba una señora indígena, se miraba ya mayor, y quería también un boleto para San Cristóbal y el tipo de la taquilla no le quería vender un asiento, si quería, se tenía que ir parada. La pobre mujer imploraba que se lo vendiera porque ya estaba mayor y ya no aguantaba a irse parada. A mi mamá le empezaron a cambiar las facciones del rostro, y el tipo tuvo la mala idea de dirigirse a ella y decirle “¿cómo ve estos indios? Antes se iban a pie y ahora hasta se quieren ir sentados” Mi madre nunca fue parca de palabras, explotó y le puso una maltratada de proporciones épicas, el tipo no hallaba dónde meterse. Mi mamá pagó nuestros boletos y el de la señora, con asiento los tres, eso sí. El tipo, espero, haya cambiado su actitud después de esto, aunque sea un poco.
Mi mamá era cien por ciento de Guerrero Negro, pero al mismo tiempo se sentía con linaje de realeza española, de esto estoy seguro de que muchos de ustedes se habrán dado cuenta. En una ocasión estábamos igual de vacaciones, pero ahora en La Paz, los más viejos recordarán el hotel Gran Baja. Yo debo haber tenido unos quince años entonces. Como era española se le ocurrió pedir un gazpacho andaluz, el problema es que mi mamá nunca aprendió a comer, y las verduras no eran lo suyo; y el gazpacho… pues es un gazpacho, es decir, un licuado de verduras frío. Obviamente no le gustó, y con un gesto altanero le habló al mesero, que era un jovencito no mucho mayor que yo
- Joven, venga para acá
- Sí, dígame, señora
- Por favor llévese esta porquería, mi abuela era de Andalucía y el gazpacho que preparaba no se parecía en nada a esto
El pobre muchacho se puso rojo de pena, y atropelladamente procedió a levantar el plato. A mí me caía muy gordo cuando mi mamá se ponía en ese plan, y le dije en voz alta para que el mesero me escuchara
- No, amá, mi nana no era de Andalucía, era de Cachanía
Mi mamá me echó tremenda mirada de odio, mientras el mesero hacía todo lo posible por aguantarse la risa. Les juro que valió la pena. Como solía decir ella: “espero que mis palabras no la jinetellen”, pero así somos los humanos, llenos de claroscuros.
 
Cuando era niño mi mamá me tenía muy consentido, y en la navidad siempre me llenaba de regalos, la tienda se lo permitía y yo me aprovechaba. Pero cuando iba en la universidad eso ya había cambiado. Trabajé un tiempo en el observatorio de San Pedro Mártir y el sueldo era bueno, así que me permitía ahorrar y yo quería comprarme un carro. Para acelerar un poco el proceso agarré un número de una cundina de mil dólares con Tere Baiza. Me tocó un buen número, creo que el cuatro o algo así. Con mis ahorros y lo de la cundina me compré mi primer carrito, un hondita Accord 88. Seguí pagando puntualmente los números de la cundina, que eran de 50 dólares quincenales. Cuando me faltaba el último mi mamá me dijo "Este lo pago yo, que sea mi cooperación para lo de tu carrito" Yo acepté sin pensarlo mucho. Meses después llegó a visitarme a Ensenada, llegamos en mi carrito al mercadito Delante, ese que era de 24 horas. Me estacioné justo enfrente, y al momento de pagar, la cajera, que era como de mi edad, y estaba bastante guapita, me dijo "qué bonito está tu carro" Obvio yo ya estaba listo para invitarla a dar una vuelta, cuando mi mamá me tomó del brazo y le dijo a la muchacha "se lo compró su mamá" Se me cayó la quijada como en chiste de Condorito, pensé "no chingues, de qué hablas, pusiste 50 dólares!" El daño ya estaba hecho, ni modo de invitar a salir a la muchacha después de eso. Amá, ¡esa me la debes!
 
Tal vez la mayoría de ustedes no sepan esto, pero los últimos años de su vida, mi mamá tuvo mucho sobrepeso, y cuando digo mucho, me refiero a muuuuucho. Durante todo este tiempo, mi tía Yochi intentó, sin mucho éxito, controlarle su dieta para que bajara de peso, pero era más su afición por los dulces y la coca cola que su deseo de estar bien. Finalmente, dejó de caminar y tuvo que moverse en silla de ruedas.
Una tarde, hace unos tres años, estábamos todos sentados a la mesa, disponiéndonos a comer, y me ordenó.
- Sírveme coca. - Del otro lado de la mesa, mi tía respondió.
- No puedes tomar eso, Olivia.
- ¿Por qué no? - preguntó como si esa conversación no la hubiéramos tenido decenas de veces.
- Porque estás muy gorda. – le respondió mi tía
- Mi cuerpo, mi decisión – respondió mi mamá, siempre tan afecta al drama
- No. – dijo mi tía – No es solo tu decisión, porque nosotros somos los que te andamos cargando, bañándote y cambiándote, y estás muy pesada y es muy difícil moverte
- ¡Si tanto les estorbo, tírenme en el arroyo! – Respondió mi mamá, que era la mismísima reencarnación de Libertad Lamarque cruzada con Marga López
- A ver, amá – le dije – Ahorita pasamos al Oxxo, te compro tu cocón de dos litros y te dejo en tu silla de ruedas ahí en el arroyo, ¿y luego? ¿qué sigue? ¿cuál es el plan?
- Sírveme tantita limonada, pues – respondió resignada. 

Sus últimos años los pasó en Ensenada con mi tía Yochi, su días pasaban entre hablar con sus amigas de Guerrero Negro, leer, y ver videos en You Tube. Se volvió muy fan de Rodrigo de la Cadena, un joven que se dedica a promover la musica de boleros. Si pueden, échenle un ojito a sus videos en You Tube. A mi madre le gustaría esto.

viernes, 18 de julio de 2025

La mujer que mataba payasos

Había un payaso nuevo en la plaza cerca de su casa, pensó que tendría cierta poesía terminar en el lugar donde todo empezó. Este payaso era diferente, no vendía nada, tenía una bocina y contaba chistes blancos para niños y cantaba algunas canciones. Era evidente que hacía buena conexión con los pequeños, durante la hora que estuvo viéndolo siempre hubo un grupo nutrido de niños a su lado. Ella rio en repetidas ocasiones al escuchar sus chistes, 'este tipo es muy divertido', se dijo. Además, era físicamente bien parecido, alto, musculoso, sin panza, en la plenitud de su juventud y con una sonrisa brillante que mostraba lo mucho que disfrutaba su profesión. E. siguió la misma táctica de la primera vez, y este payaso también se dispuso a seguirla. Con pasos lentos y seductores esta vez lo llevó hasta su apartamento y lo invitó a pasar. Ahí, delicadamente le quitó el maquillaje y después lo llevó a su cama donde procedió a montarlo hasta dejarlo agotado. Ella, después de concluir con su tarea, se acostó a dormir tranquilamente a su lado.

Entre sueños, empezó a recordar los sucesos importantes de los últimos años y cómo había llegado a esa noche. Como todo lo importante, tomó tiempo, método… y rabia.


E. estaba frustrada, llevaba años de militancia en el feminismo, y aunque percibía logros le parecía que todo se movía tan lento, la igualdad era todavía algo muy lejano en tantas y tantas cosas. Se dijo que tenía que hacer algo, una mujer como ella no podía quedarse sentada viendo que las cosas se movían a la velocidad de un glaciar. Pero no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Esa noche, mientras navegaba por el menú de Netflix sin decidirse, empezó a notar un patrón interesante: los asesinos seriales. Estos tienen un atractivo morboso y llaman la atención de todo mundo. Y en esto hombres y mujeres están lejos de tener condiciones de igualdad. Es cierto que la Mataviejitas alcanzó cierta notoriedad, pero nada comparable con Ted Bundy, Jack el Destripador o Charles Manson. Así, una fría noche de otoño, decidió que su aporte a la igualdad sería convertirse en una asesina de fama mundial y, desde ahí, desde una posición de poder, lanzar su manifiesto y revolucionar conciencias.

El primer paso, se dijo, sería escoger el tipo de víctimas. No podían ser personas al azar; tenía que haber algo que la hiciera sobresalir rápidamente. Esta decisión era crucial para el éxito de su misión.

Lo primero que se le vino a la mente fue matar políticos. Eso, sin duda, le traería fama inmediata. Pero descartó la idea casi de inmediato: era demasiado arriesgado. Si asesinabas al político equivocado, entonces sí te buscaban.

Luego pensó en artistas, pero esos siempre están rodeados de gente, y llaman demasiado la atención. Sería difícil eliminarlos sin testigos.

Y así fue tachando categorías de su lista: niños, vagabundos, sacerdotes, viejitos… un largo etcétera.

Pasó un mes y estaba a punto de abandonar su plan, cuando llegó —por fin— a lo que pensó que serían las víctimas perfectas: payasos.

Se le iluminó la cara de felicidad al sentir que ya tenía sus víctimas. Los payasos tenían ese componente de teatralidad que buscaba, y además muchas otras ventajas:  Los payasos no tenían guardias de seguridad que los cuidaran. Además, un payaso, una vez terminada su función y sin maquillaje, no llama mucho la atención: es una persona como cualquier otra. Tenían el balance perfecto entre impacto y riesgo. Emocionada, puso a calentar agua para el café, y se dispuso a trabajar en su plan. Pensó que lo aprendido en su maestría tendría que servirle para esto, y como buena analista procedió a elaborar una matriz FODA. 

Entre sus fortalezas enlistó que era bonita, delgada e inteligente. Se sintió un poco apenada por escribir esto, pero después de meditarlo y verse al espejo, concluyó que tenía que ser sincera, que no había espacio para la modestia en un plan tan riesgoso. Debía evaluar todo de la manera más objetiva posible. Para el recuadro de las oportunidades hizo uso de Google y Facebook Marketplace. Ahí, entre su ciudad y dos ciudades cercanas pudo enumerar a cerca de cincuenta payasos. Un número lo suficientemente grande para llamar la atención. Entre sus debilidades anotó precisamente eso, que no era grande ni fuerte, sin embargo, podía correr rápido y tal vez convertir esa debilidad en fortaleza. En cuanto a amenazas, lo primero que se le vino a la mente fue la policía, pero teniendo en cuenta la gran cantidad de desaparecidos que había en esos días, o tenían demasiado trabajo, o no eran muy buenos en este. Satisfecha, le dio un gran sorbo a su café y una mordida a su pan. Le pidió a Alexa que tocara Pagliacci con Ricardo Mutti, y se recostó a disfrutar de la música y de su plan. 

Los días posteriores los dedicó a afinar los métodos de ejecución, si quería alcanzar la fama, tenía que ser difícil para la policía dar con su modus operandi. En una plaza cerca de su casa había un payaso que vendía globos y hacía imitaciones, él sería su primera víctima. Lo seleccionó por su cercanía, quería estar en un terreno que le fuera familiar, entre menos variables estuvieran fuera de su control, mejor. Después de vigilarlo por varios días, se decidió a actuar. Esa tarde eligió un vestido de verano, escotado pero inofensivo, y unos tenis ligeros, por si tenía que huir. Llegó a la plaza y lo vio rodeado de niños, probablemente acababa de hacer algún truco divertido y decidió esperar a que se fueran. Estuvo rondándolo, como un depredador que ha aprendido a sonreír. Lo observaba sin mirar, pasaba cerca sin llamarlo, hasta asegurarse de que su futura víctima ya la había notado. Entonces se acercó, sin apuro, con una cadencia peligrosa en los pasos.

 - Buenas tardes, me da un globo, por favor.

- Claro señorita, ¿este está bien? 

- No, deme otro, ese está muy chiquito y me gustan largos y gruesos

El payaso tragó saliva y replicó

- Tengo justo lo que quiere, pero no se lo puedo dar aquí

- Entonces vuelvo cuando oscurezca para que me lo dé

- Aquí la estaré esperando

 E. regresó a su departamento a esperar que pasara el tiempo. Extendió su tapetito de yoga en el piso e hizo algunas posiciones para relajarse. Todo estaba saliendo de acuerdo con el plan y solo había que preocuparse por tener una ejecución impecable, y para esto, tenía que tener la cabeza fría.

El sol se acababa de ocultar cuando E. se acercó de nuevo a la plaza. El payaso estaba esperándola, ya listo y excitado. Ella se detuvo a unos cincuenta metros de él, esperó a que la viera y se dio media vuelta y empezó a caminar con un andar lento y sugerente. El payaso entendió el juego y fue tras de ella, sin apresurarse, pero acortando la distancia poco a poco. 

Ya estaba oscuro cuando E. entró a una casa en construcción. La había estado analizando durante días y sabía que a esa hora ya no habría albañiles, y que el velador no llegaría hasta pasadas las diez de la noche. Tenía todo el tiempo del mundo. Entró hasta lo que sería una recámara al fondo de la casa, y ahí esperó a su víctima. Él aceleró el paso y entró a la casa ya con la respiración agitada y el miembro erecto. Su cerebro había dejado de funcionar y ahora el instinto animal lo poseía por completo, pero aun así seguía manteniendo su rol en el juego. Despacio y en silencio la buscó por toda la casa en penumbras, hasta que lo empujaron de cara a una pared y escuchó una voz femenina

- Hola papacito, ¿me trajiste lo que te pedí? Dijo E. mientras lo abrazaba por la espalda

- Aquí lo traigo, chiquita: largo, grueso y duro, como te gustan

- ¡Ay qué rico! -dijo E. mientras le cortaba el cuello con un filoso cuchillo de cazador que había comprado para la ocasión.  

El payaso cayó inerme a sus pies sin alcanzar siquiera a gemir. Ella se puso en cuclillas con mucho cuidado para no pisar el charco de sangre que crecía a cada segundo, con una mano volteó la cara del payaso y pensó que antes no lo había visto bien y ahora quería memorizar su rostro. Como último gesto, se quitó los guantes de látex y se los metió en la boca. 

El corte había sido profundo y exacto. Originalmente había pensado en tirar el cuchillo, pero le había costado caro, y además le serviría de recuerdo de su primera víctima. Con cuidado lo guardó en una bolsa Ziploc que llevaba para la ocasión. Hizo unos ejercicios de respiración para tranquilizarse y con paso sereno, salió por la puerta lateral de la casa y se perdió en la noche.

E. cerró tras de sí la puerta de su departamento y se fue directo hacia el baño. Se paró bajo el chorro de la regadera sin desvestirse ni esperar a que saliera agua caliente. Solo la había salpicado un poco de sangre, pero con los ojos cerrados se imaginaba que por su cuerpo corrían ríos y ríos de sangre de payaso, que como se sabe, es la más roja de todas. El agua cambió de temperatura, y con esto su fantasía empezó a perder fuerza y la adrenalina poco a poco desaparecía de su cuerpo. Se desnudó, tomó el shampoo y cinco minutos más tarde, ya bañada y cambiada, echaba su vestido a la lavadora, y acto seguido bañó el cuchillo en alcohol y le prendió fuego, que no quedara ni una molécula de sangre que pudiera incriminarla.

Esa noche tardó en dormirse. Hizo el recuento del día una y otra vez, tratando de asegurarse de que no había dejado ningún cabo suelto que provocara que su gran plan se viniera abajo cuando apenas comenzaba. A la cuarta o quinta vez de haber repasado lo sucedido, terminó por convencerse de que todo había salido perfecto y que no tendría mayor problema. Todavía estaba un poco agitada, procedió a masturbarse, y media hora después dormía como si no hubiera pasado nada.

No fue sino hasta el tercer día que la noticia del payaso llegó a los periódicos. E. no entendía por qué había tardado tanto, pero decidió que no era importante, su plan era de largo plazo e iba a requerir paciencia. 

Su segunda víctima vino un mes después, se dijo que debía tener cierto ritmo para que la policía se diera cuenta de que estaba tratando con un mismo asesino. No quiso dejar alguna marca que sirviera de característica, para que pensaran, cuando eventualmente conectaran los puntos, que estaba tratando de permanecer en el anonimato. Pasaron cinco asesinatos y todavía nadie se había dado cuenta de que había un patrón. Su ánimo no era el mejor, pero todavía no estaba dispuesta a renunciar a su plan. Finalmente tuvo suerte en el sexto asesinato. Primera plana en los periódicos locales, alguien había dado con el patrón y en un amplio reportaje enumeraban cada uno de sus asesinatos y hacían hincapié en la fiereza y la inteligencia del asesino. ¡Ese fue un gran día!

Tres años después llevaba treinta asesinatos y empezaba a cansarse, ahora sí la policía le seguía la pista con fiereza. Su más reciente asesinato había sido bastante audaz: había llevado a cenar a su víctima a un restaurante, y ahí, en un descuido, había vertido veneno en su vaso. Ese payaso había muerto contorsionándose a la vista de todo mundo, mientras ella abandonaba el lugar como si no hubiera pasado nada. De las cámaras del lugar la policía pudo saber a quién buscaban, pero sus grandes lentes oscuros en forma de corazón ocultaron gran parte de su rostro, su identidad seguía a salvo, pero ahora tenían más pistas. Se prometió una última víctima, y ahora sí, con la atención del mundo puesta en ella, liberar su manifiesto.

 Pero el manifiesto no llegó a ver la luz del día. La mañana siguiente la despertó el ruido de la policía tumbando la puerta de entrada al apartamento. La sacaron esposada y semidesnuda. E. alcanzó a voltear a ver al payaso que se encontraba tirado en la cama en medio de un lago de sangre. 'Se ve tan tranquilo', pensó, 'parece que está dormido'. E. sonrió mientras la subían a la patrulla, recordó uno de sus chistes 'realmente era un tipo divertido'

miércoles, 14 de mayo de 2025

Destino final

Esa noche Norman salió bastante ebrio del bar donde se reunía todas las semanas con sus amigos. No había sido ninguna ocasión especial, simplemente estaba alegre y el vodka le supo más bueno que de costumbre. Su cápsula ya lo estaba esperando en la calle. Con pasos lentos llegó hasta la puerta, y a pesar deel problema de cargar con tanto alcohol en la sangre a sus noventa y cuatro años, trastabillando finalmente consiguió sentarse. La puerta se cerró y la cápsula inició el viaje.

Norman no tardó en dormirse, una hora más tarde una voz lo despertó. “Hemos llegado a su destino final” dijo la cápsula mientras abría la puerta. Con gran dificultad bajó de la cápsula, que inmediatamente cerró la puerta y se alejó rápidamente.

Para su sorpresa no se encontraba frente a su casa, sino en la entrada de un antiguo cementerio. Norman jamás había visitado uno, en K se habían dejado de utilizar hacía más de ciento cincuenta años. “Qué extraño error” se dijo y trató de usar su comunicador para pedir otra cápsula que, ahora sí, lo llevara a su casa. No tuvo éxito, la interfaz le señaló un mensaje que nunca había visto antes “usuario inválido”. Con el cerebro revuelto llegó a la única conclusión que le pareció lógica, estaba muerto. Este pensamiento no lo asustó, “es algo natural” se dijo, aunque no se lo imaginaba así, ni que ocurriera tan pronto y de una manera tan inesperada. La reja de la entrada estaba semiabierta, le pareció que lo apropiado era entrar a buscar su tumba.

Caminó entre las tumbas cercanas tratando de encontrar su nombre pero esta era una noche oscura y sin luna “no importa” se dijo, “tengo toda la eternidad para encontrarla ” y se tiró a la orilla de una cripta a dormir.

Cuando despertó la mañana siguiente estaba todo adolorido por la cruda y la noche en la intemperie. Concluyó que si tenía tantas molestias no podía estar muerto. Revisó su comunicador y el mensaje de usuario inválido seguía ahí. Vio a lo lejos un par de comodrones convergiendo hacia un punto, supuso que esa era la dirección hacia K, aunque estaba tan lejos que no se alcanzaba a ver la ciudad. Resignado, crudo y adolorido empezó el camino de regreso. Cuando cayó la noche habría avanzado apenas unos cinco kilómetros, el resplandor de la ciudad ahora sí era visible en el cielo. Esto le dio algo de tranquilidad, al menos iba en el sentido correcto. La sed lo estaba consumiendo y sus piernas ya no daban más. Se recostó contra un árbol y se quedó dormido. Ahí lo encontró la muerte un poco antes del amanecer, ella, siempre tan eficiente y que nunca falla a sus citas esta vez se sorprendió, qué estaría haciendo este hombre solo tan lejos de la ciudad? Por su vestimenta era claro que vivía en la franja exterior pero la gente ahí suele morir a una edad más avanzada y acostados tranquilamente en su cama, no tirados solos en medio del bosque. Sin embargo solo se encogió de hombros y procedió a llevarse su alma.

Días más tarde, el programa responsable de verificar las excepciones del sistema dio con un patrón extraño. Por alguna razón, una rama antigua de código se integró al programa principal y esto generó algunos errores de lógica en casos extremos. El programa verificador, extrajo el código corrupto y corrigió el programa principal. Una vez hecho esto, procedió a rastrear los errores que había generado, así dio con el caso de Norman; levantó una excepción para que la tomara otro subsistema y restableciera la identidad de Norman. Y este así lo hizo, le devolvió todos sus antiguos privilegios, marcó su estatus como activo y se desentendió del asunto. Mientras tanto en el bosque, el cuerpo de Norman ya empezaba a podrirse.


miércoles, 5 de junio de 2024

El Visitante

Era una noche particularmente clara y sin luna, la vía láctea lucía imponente sobre la sierra de la Giganta. Tenía un par de meses que no salía de cacería, mi foringo se me había echado y no fue tan sencillo repararlo, me tuvieron que mandar las partes desde un yonque de Tijuana, pero en cuanto estuvo listo lo primero que hice fue agarrar brecha. La verdad lo que más disfrutaba de la cacería era dormir en el monte. El silencio, las estrellas, contrarrestar el vientecillo frío con una fogata, imaginarme que estaba 50 años atrás en el mismo lugar y sentirme un viajero en el tiempo. Todo eso me encantaba, la cacería era solo un pretexto para estar solo en el desierto.

Ya había arreglado mi tienda de campaña y ordenado todo, prendí la fogata para prepararme un chanatito y calentar los burritos que me había puesto de lonche mi mujer. Estaba terminando de colar el café cuando una luz intensa iluminó todo a mi alrededor. Pasaron varios segundos antes de que pudiera volver a ver normalmente, todo estaba igual, como si no hubiera pasado nada. Los mismos sonidos de animalitos de cuando en cuando, la misma oscuridad, a lo lejos aullaron unos coyotes, pero ni siquiera eso parecía fuera de lo normal. Lo más extraño es que a la luz no la acompañó ni un ruido, lo normal hubiera sido pensar en alguna explosión, pero no, nada. Por un momento pensé en ir a tratar de averiguar de dónde había venido la luz, pero después de pensarlo un poco concluí que no soy tan valiente. Después pensé en echar todo al carro y salir huyendo, pero de nuevo, después de pensarlo un poco concluí que no soy tan cobarde. Así que me senté, me persigné, y tomé un burrito para que se me pasara el susto.

Estaba por servirme el café cuando de entre las matas salió un tipo extraordinariamente alto, seguro de más de dos metros. Caminaba lentamente, como si le costara trabajo levantar las piernas, llevaba unas botas que parecían ser demasiado calientes para una noche fresca de otoño, su pantalón parecía de mezclilla y llevaba una chamarra que igual se miraba demasiado gruesa. Llevaba puesto un casco que le cubría toda la cabeza, este parecía estar relleno de un gas ligeramente fosforescente y no se alcanzaban a distinguir sus facciones. Se detuvo a escasos dos metros de donde me encontraba, empecé a respirar agitadamente y quise salir corriendo pero mis piernas no me obedecieron, sentí que iba a desmayarme y apenas atiné a sentarme. El visitante hizo lo mismo, lentamente se sentó en una piedra del otro lado de la fogata. No sé cuánto tiempo pasó, pero finalmente pude tranquilizarme, el café todavía estaba calientito y me serví una taza, le di un sorbo, serví otra taza e hice un gesto para invitarle a mi visitante. Se paró para tomarla, pude ver de cerca su enorme mano y no solo la piel se miraba diferente, sino que además tenía cuatro falanges, definitivamente no era humano. Abrió la mochila que traía en la espalda y sacó un instrumento que parecía electrónico. Metió la punta de este al café y presionó un botón. Un par de segundos después el aparatito encendió una luz azul. El gas dentro de su casco pareció iluminarse. Del casco emergió un tubo y a través de este mi visitante empezó a tomarse su café. El gas cambiaba de colores, parecía feliz.

Cuando nos terminamos el café nos quedamos viéndonos el uno al otro en silencio. Finalmente abrí la boca para decirle ¿Qué ondas, compa? ¿qué anda haciendo por acá? El visitante me respondió con sonidos en lo que supongo sería su lenguaje. No sé si él me entendería, pero a cada frase mía él me respondía con una andanada de sonidos que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes. Así estuvimos ‘platicando’ un par de horas, hasta que, cosa increíble, me dio sueño. Saqué mi slepping de la casa de campaña y bajé otro del carro. Tendí ambos uno a un lado del otro, apagué la fogata y me acosté dentro de uno, el visitante hizo lo propio. Antes de que me quedara dormido el visitante me señaló hacia un lugar en el cielo, supongo que de allá vendría. Hice una seña con el pulgar hacia arriba y él respondió con un gesto similar, pero con el puño.

Cuando me desperté en la mañana mi compa parecía todavía dormido, tratando de hacer el menor ruido posible prendí la fogata y puse el café. Lo había terminado de colar cuando mi compa se levantó. Le acerqué su taza y esta vez la empezó a beber sin antes checarla con su aparatito. Cuando la hubo terminado, abrió su mochila, echó dentro la taza y sacó un papel con un dibujo y me lo dio. Me quitó mi gorra de Dodgers y también la echó a su mochila. El gas en su casco se iluminó más intensamente que antes, volvió a hacer la señal con el puño, se dio la media vuelta y caminando lentamente se alejó. No me atreví a seguirlo.


Días más tarde, después de revisar un rato el regalo que me había dado el visitante, me di cuenta de que no era otra cosa que una simple calcamonía, y por la imagen del tipo sosteniendo lo que parece ser una pelota supongo que será de su equipo deportivo favorito. Limpié bien la ventana trasera mi foringo y la pegué orgulloso. A los curiosos que me preguntan de dónde la saqué, por la imagen tan rara y porque brilla de noche, simplemente les digo  me la regaló un compa que vive lejos.

 

 

 


Lo que ni el protagonista de esta historia, ni su visitante sabían, es que, en ese momento, mientras ellos compartían una taza de café, a cuarenta años luz, el

se convertía en campeón de liga por primera vez en 30 años, después de derrotar en la final a su eterno rival, el 
por un contundente marcador de 17-4.