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viernes, 18 de julio de 2025

La mujer que mataba payasos

Había un payaso nuevo en la plaza cerca de su casa, pensó que tendría cierta poesía terminar en el lugar donde todo empezó. Este payaso era diferente, no vendía nada, tenía una bocina y contaba chistes blancos para niños y cantaba algunas canciones. Era evidente que hacía buena conexión con los pequeños, durante la hora que estuvo viéndolo siempre hubo un grupo nutrido de niños a su lado. Ella rio en repetidas ocasiones al escuchar sus chistes, 'este tipo es muy divertido', se dijo. Además, era físicamente bien parecido, alto, musculoso, sin panza, en la plenitud de su juventud y con una sonrisa brillante que mostraba lo mucho que disfrutaba su profesión. E. siguió la misma táctica de la primera vez, y este payaso también se dispuso a seguirla. Con pasos lentos y seductores esta vez lo llevó hasta su apartamento y lo invitó a pasar. Ahí, delicadamente le quitó el maquillaje y después lo llevó a su cama donde procedió a montarlo hasta dejarlo agotado. Ella, después de concluir con su tarea, se acostó a dormir tranquilamente a su lado.

Entre sueños, empezó a recordar los sucesos importantes de los últimos años y cómo había llegado a esa noche. Como todo lo importante, tomó tiempo, método… y rabia.


E. estaba frustrada, llevaba años de militancia en el feminismo, y aunque percibía logros le parecía que todo se movía tan lento, la igualdad era todavía algo muy lejano en tantas y tantas cosas. Se dijo que tenía que hacer algo, una mujer como ella no podía quedarse sentada viendo que las cosas se movían a la velocidad de un glaciar. Pero no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Esa noche, mientras navegaba por el menú de Netflix sin decidirse, empezó a notar un patrón interesante: los asesinos seriales. Estos tienen un atractivo morboso y llaman la atención de todo mundo. Y en esto hombres y mujeres están lejos de tener condiciones de igualdad. Es cierto que la Mataviejitas alcanzó cierta notoriedad, pero nada comparable con Ted Bundy, Jack el Destripador o Charles Manson. Así, una fría noche de otoño, decidió que su aporte a la igualdad sería convertirse en una asesina de fama mundial y, desde ahí, desde una posición de poder, lanzar su manifiesto y revolucionar conciencias.

El primer paso, se dijo, sería escoger el tipo de víctimas. No podían ser personas al azar; tenía que haber algo que la hiciera sobresalir rápidamente. Esta decisión era crucial para el éxito de su misión.

Lo primero que se le vino a la mente fue matar políticos. Eso, sin duda, le traería fama inmediata. Pero descartó la idea casi de inmediato: era demasiado arriesgado. Si asesinabas al político equivocado, entonces sí te buscaban.

Luego pensó en artistas, pero esos siempre están rodeados de gente, y llaman demasiado la atención. Sería difícil eliminarlos sin testigos.

Y así fue tachando categorías de su lista: niños, vagabundos, sacerdotes, viejitos… un largo etcétera.

Pasó un mes y estaba a punto de abandonar su plan, cuando llegó —por fin— a lo que pensó que serían las víctimas perfectas: payasos.

Se le iluminó la cara de felicidad al sentir que ya tenía sus víctimas. Los payasos tenían ese componente de teatralidad que buscaba, y además muchas otras ventajas:  Los payasos no tenían guardias de seguridad que los cuidaran. Además, un payaso, una vez terminada su función y sin maquillaje, no llama mucho la atención: es una persona como cualquier otra. Tenían el balance perfecto entre impacto y riesgo. Emocionada, puso a calentar agua para el café, y se dispuso a trabajar en su plan. Pensó que lo aprendido en su maestría tendría que servirle para esto, y como buena analista procedió a elaborar una matriz FODA. 

Entre sus fortalezas enlistó que era bonita, delgada e inteligente. Se sintió un poco apenada por escribir esto, pero después de meditarlo y verse al espejo, concluyó que tenía que ser sincera, que no había espacio para la modestia en un plan tan riesgoso. Debía evaluar todo de la manera más objetiva posible. Para el recuadro de las oportunidades hizo uso de Google y Facebook Marketplace. Ahí, entre su ciudad y dos ciudades cercanas pudo enumerar a cerca de cincuenta payasos. Un número lo suficientemente grande para llamar la atención. Entre sus debilidades anotó precisamente eso, que no era grande ni fuerte, sin embargo, podía correr rápido y tal vez convertir esa debilidad en fortaleza. En cuanto a amenazas, lo primero que se le vino a la mente fue la policía, pero teniendo en cuenta la gran cantidad de desaparecidos que había en esos días, o tenían demasiado trabajo, o no eran muy buenos en este. Satisfecha, le dio un gran sorbo a su café y una mordida a su pan. Le pidió a Alexa que tocara Pagliacci con Ricardo Mutti, y se recostó a disfrutar de la música y de su plan. 

Los días posteriores los dedicó a afinar los métodos de ejecución, si quería alcanzar la fama, tenía que ser difícil para la policía dar con su modus operandi. En una plaza cerca de su casa había un payaso que vendía globos y hacía imitaciones, él sería su primera víctima. Lo seleccionó por su cercanía, quería estar en un terreno que le fuera familiar, entre menos variables estuvieran fuera de su control, mejor. Después de vigilarlo por varios días, se decidió a actuar. Esa tarde eligió un vestido de verano, escotado pero inofensivo, y unos tenis ligeros, por si tenía que huir. Llegó a la plaza y lo vio rodeado de niños, probablemente acababa de hacer algún truco divertido y decidió esperar a que se fueran. Estuvo rondándolo, como un depredador que ha aprendido a sonreír. Lo observaba sin mirar, pasaba cerca sin llamarlo, hasta asegurarse de que su futura víctima ya la había notado. Entonces se acercó, sin apuro, con una cadencia peligrosa en los pasos.

 - Buenas tardes, me da un globo, por favor.

- Claro señorita, ¿este está bien? 

- No, deme otro, ese está muy chiquito y me gustan largos y gruesos

El payaso tragó saliva y replicó

- Tengo justo lo que quiere, pero no se lo puedo dar aquí

- Entonces vuelvo cuando oscurezca para que me lo dé

- Aquí la estaré esperando

 E. regresó a su departamento a esperar que pasara el tiempo. Extendió su tapetito de yoga en el piso e hizo algunas posiciones para relajarse. Todo estaba saliendo de acuerdo con el plan y solo había que preocuparse por tener una ejecución impecable, y para esto, tenía que tener la cabeza fría.

El sol se acababa de ocultar cuando E. se acercó de nuevo a la plaza. El payaso estaba esperándola, ya listo y excitado. Ella se detuvo a unos cincuenta metros de él, esperó a que la viera y se dio media vuelta y empezó a caminar con un andar lento y sugerente. El payaso entendió el juego y fue tras de ella, sin apresurarse, pero acortando la distancia poco a poco. 

Ya estaba oscuro cuando E. entró a una casa en construcción. La había estado analizando durante días y sabía que a esa hora ya no habría albañiles, y que el velador no llegaría hasta pasadas las diez de la noche. Tenía todo el tiempo del mundo. Entró hasta lo que sería una recámara al fondo de la casa, y ahí esperó a su víctima. Él aceleró el paso y entró a la casa ya con la respiración agitada y el miembro erecto. Su cerebro había dejado de funcionar y ahora el instinto animal lo poseía por completo, pero aun así seguía manteniendo su rol en el juego. Despacio y en silencio la buscó por toda la casa en penumbras, hasta que lo empujaron de cara a una pared y escuchó una voz femenina

- Hola papacito, ¿me trajiste lo que te pedí? Dijo E. mientras lo abrazaba por la espalda

- Aquí lo traigo, chiquita: largo, grueso y duro, como te gustan

- ¡Ay qué rico! -dijo E. mientras le cortaba el cuello con un filoso cuchillo de cazador que había comprado para la ocasión.  

El payaso cayó inerme a sus pies sin alcanzar siquiera a gemir. Ella se puso en cuclillas con mucho cuidado para no pisar el charco de sangre que crecía a cada segundo, con una mano volteó la cara del payaso y pensó que antes no lo había visto bien y ahora quería memorizar su rostro. Como último gesto, se quitó los guantes de látex y se los metió en la boca. 

El corte había sido profundo y exacto. Originalmente había pensado en tirar el cuchillo, pero le había costado caro, y además le serviría de recuerdo de su primera víctima. Con cuidado lo guardó en una bolsa Ziploc que llevaba para la ocasión. Hizo unos ejercicios de respiración para tranquilizarse y con paso sereno, salió por la puerta lateral de la casa y se perdió en la noche.

E. cerró tras de sí la puerta de su departamento y se fue directo hacia el baño. Se paró bajo el chorro de la regadera sin desvestirse ni esperar a que saliera agua caliente. Solo la había salpicado un poco de sangre, pero con los ojos cerrados se imaginaba que por su cuerpo corrían ríos y ríos de sangre de payaso, que como se sabe, es la más roja de todas. El agua cambió de temperatura, y con esto su fantasía empezó a perder fuerza y la adrenalina poco a poco desaparecía de su cuerpo. Se desnudó, tomó el shampoo y cinco minutos más tarde, ya bañada y cambiada, echaba su vestido a la lavadora, y acto seguido bañó el cuchillo en alcohol y le prendió fuego, que no quedara ni una molécula de sangre que pudiera incriminarla.

Esa noche tardó en dormirse. Hizo el recuento del día una y otra vez, tratando de asegurarse de que no había dejado ningún cabo suelto que provocara que su gran plan se viniera abajo cuando apenas comenzaba. A la cuarta o quinta vez de haber repasado lo sucedido, terminó por convencerse de que todo había salido perfecto y que no tendría mayor problema. Todavía estaba un poco agitada, procedió a masturbarse, y media hora después dormía como si no hubiera pasado nada.

No fue sino hasta el tercer día que la noticia del payaso llegó a los periódicos. E. no entendía por qué había tardado tanto, pero decidió que no era importante, su plan era de largo plazo e iba a requerir paciencia. 

Su segunda víctima vino un mes después, se dijo que debía tener cierto ritmo para que la policía se diera cuenta de que estaba tratando con un mismo asesino. No quiso dejar alguna marca que sirviera de característica, para que pensaran, cuando eventualmente conectaran los puntos, que estaba tratando de permanecer en el anonimato. Pasaron cinco asesinatos y todavía nadie se había dado cuenta de que había un patrón. Su ánimo no era el mejor, pero todavía no estaba dispuesta a renunciar a su plan. Finalmente tuvo suerte en el sexto asesinato. Primera plana en los periódicos locales, alguien había dado con el patrón y en un amplio reportaje enumeraban cada uno de sus asesinatos y hacían hincapié en la fiereza y la inteligencia del asesino. ¡Ese fue un gran día!

Tres años después llevaba treinta asesinatos y empezaba a cansarse, ahora sí la policía le seguía la pista con fiereza. Su más reciente asesinato había sido bastante audaz: había llevado a cenar a su víctima a un restaurante, y ahí, en un descuido, había vertido veneno en su vaso. Ese payaso había muerto contorsionándose a la vista de todo mundo, mientras ella abandonaba el lugar como si no hubiera pasado nada. De las cámaras del lugar la policía pudo saber a quién buscaban, pero sus grandes lentes oscuros en forma de corazón ocultaron gran parte de su rostro, su identidad seguía a salvo, pero ahora tenían más pistas. Se prometió una última víctima, y ahora sí, con la atención del mundo puesta en ella, liberar su manifiesto.

 Pero el manifiesto no llegó a ver la luz del día. La mañana siguiente la despertó el ruido de la policía tumbando la puerta de entrada al apartamento. La sacaron esposada y semidesnuda. E. alcanzó a voltear a ver al payaso que se encontraba tirado en la cama en medio de un lago de sangre. 'Se ve tan tranquilo', pensó, 'parece que está dormido'. E. sonrió mientras la subían a la patrulla, recordó uno de sus chistes 'realmente era un tipo divertido'

miércoles, 4 de octubre de 2017

La muerte del Obispo

Siempre pensé que Dios me había jugado una mala broma cuando decidió concederme este don. Pero ¿quién soy yo para cuestionar sus designios? Debo de haber tenido unos 10 años cuando empezó a manifestarse, pero fue hasta los 18 que terminó de madurar hasta tomar su forma actual.

Tal vez lo correcto sería llamarla maldición en vez de don pues nunca me había traído otra cosa que desgracia y dolor. Y es que puedo leer los pensamientos de otras personas, pero solamente cuando están pasando por momentos de gran tensión y angustia. Y esta se me contagia, como si el leer sus pensamientos les sirviera de desfogue y su pena fuera menor al compartirla. Pero a mí me deja agotado púes voy por la vida amortiguando penas ajenas sin poder evitarlo.

A Jana la hija de mi vecina la conozco desde pequeñita, siempre ha sido una niña muy linda y estamos muy encariñados. A veces cuando su mamá tiene que salir la deja conmigo y nos divertimos mucho leyendo cuentos o jugando. Estar con ella es un descanso pues siempre está de buen humor y me contagia de alegría, lo cual me ayuda a liberar las tensiones y temores que voy levantando por la calle durante el día.

Jana acaba de cumplir diez años y Helga, su mamá, la empezó a mandar al catecismo como es normal en los niños de esa edad. Helga estaba feliz y orgullosa pues el obispo se había encariñado con Jana y le daba clases especiales cuando los demás niños ya se habían ido. A Jana esto no le parecía tan divertido y con el paso de los días empecé a sentir su angustia. Sin embargo no podía leer sus pensamientos. Esto me tranquilizaba un poco pues suponía que no debía de ser nada grave. Además no estaba seguro de que fuera algo relacionado con el catecismo, tal vez era simple coincidencia y tuviera problemas en la escuela o en su clase de cerámica.

Como no podía leer sus pensamientos y cada vez la sentía más angustiada, intenté que me contara qué le pasaba, pero ella simplemente me miraba fijamente y me abrazaba. Y así fui sintiendo su dolor cada vez más fuerte y más oscuro. Había días en los que me quedaba tirado durante horas después de abrazar a Jana, sin fuerzas y con ganas de llorar sin saber por qué, tan solo estaba seguro de que le estaba pasando algo malo.

Llegaron las vacaciones y Jana se iría a pasarlas a casa de unos tíos en otra ciudad.  Llegó muy contenta a despedirse y antes de abrazarme me dijo, Ahora sí te voy a decir. Y antes de pudiera preguntarle algo me abrazó y le abrió la llave a sus pensamientos. Entonces lo vi todo, en su completa, cruel y terrible inmundicia.

Horrorizado la tomé de los hombros y la vi a los ojos, 
- No te había dicho nada porque te estaba cuidando. No te preocupes, iré de vacaciones y estaré bien.
- Cuando regreses también estarás bien, apenas si atiné a decirle
- Yo sé, me respondió y salió corriendo sonriente, pues Helga le gritaba que se apurara.

Pasé los siguientes dos días encerrado llorando. En cuanto recuperé mis fuerzas salí a la ferretería y compré un marro de construcción, grande y pesado. Esperé a que oscureciera y entré a casa del obispo por el jardín trasero. Para mi fortuna la puerta de la cocina estaba sin llave y se alcanzaba a oír el ruido de la lavadora, supuse que la sirvienta estaría ahí y procurando no hacer ruido procedí a la búsqueda de la habitación del obispo.

Fue sencillo encontrarla, la casa si bien era elegante, no era demasiado grande. Tres recamaras, biblioteca, cuarto de oración, sala, cocina, comedor y cuarto de lavar. Entré al cuarto y me escondí detrás de la cortina a esperar que llegara el obispo. Los minutos corrían lento pero no me iba a desesperar. Que se tardara lo que quisiera, el resultado será el mismo. Finalmente llegó, lo oí desearle las buenas noches a su sirvienta y después cambiarse de ropa para dormir.

Prendió la lámpara de noche, se sentó en la cama y se dispuso a rezar. Lo observé un par de minutos rogar por el perdón de sus pecados. Sigilosamente salí de mi escondite, no me vio venir pues tenía los ojos cerrados y estaba concentrado en su oración, lleno de divino fervor. El primer marrazo se lo di en una rodilla. Cayó al suelo gritando retorciéndose del dolor sin saber todavía que estaba sucediendo. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, era una puerta grande, pesada y vieja, como de hacienda. Corrí el cerrojo y proseguí con mi tarea.

El obispo gritaba como marrano y me preguntaba por qué hacía eso. Yo no tenía humor de hablar con él, levanté de nuevo el marro y le destrocé la otra rodilla. Los marrazos caían sobre sus piernas uno tras otro a un ritmo constante, su terror fue aumentando hasta que pude leer su mente. Supongo que ya se habría dado cuenta que no iba a salir con vida pues lo que vi fue una larga colección de actos terribles que desfilaban a lo largo de la vida de tan infausto personaje.

Cuando dejé de darle en las piernas y los marrazos subieron a su torso el obispo ya no tenía fuerzas para gritar, afuera de la habitación, la sirvienta seguía gritando como loca y me advertía que la policía ya venía en camino y que Dios no me perdonaría lo que estaba haciendo.

Finalmente veinte minutos después llegó la policía; yo ya había terminado con la cabeza y me estaba asegurando de que no le quedara un solo hueso sano.
- ¡Abre la puerta y deja salir al obispo! ladró el policía desde afuera
- El señor obispo ya está con su creador le respondí tranquilamente
- ¡Abre la puerta y sal con las manos en alto o vamos a entrar por ti!  dijo el policía sin mucha convicción.
- Entren si quieren, pero aquí nos vamos a morir todos, y que Dios nos perdone dije tomando el marro con mi mano izquierda mientras con la derecha me santiguaba.

sábado, 29 de octubre de 2016

Hace cinco días

Hoy hace cinco días que nos dejaron un niño muerto en la entrada del edificio. Raquel encontró su cuerpecito desnudo de tintes azulados, no sé si por el frío o así sea la muerte, nunca me había tocado verla tan de cerca. Entró al departamento gritando como loca buscando una cobija para taparlo mientras marcaba a la policía, pero el teléfono se le resbalaba entre los dedos de la desesperación y los nervios. Bajé con ella y fui yo quien cubrió al niño con el cobertor más grueso que pudimos encontrar, como si esto le fuera a quitar el frío. Al verlo de cerca noté que su piel tenía cientos de cortadas muy finitas en patrones extraños pero no salía sangre de estas. Quise observar con más detalle pero la policía se acababa de estacionar enfrente y no quise causar alguna sospecha.

Llegó la ambulancia y se lo llevaron sin darnos mayor detalle; después un ministerial llegó a tomarnos la declaración. Se tomó su tiempo para sacar una dona de su bolsita, darle un trago al café, sentarse y con trabajo acomodar la libretita y la pluma, que se le resbalaba al hacer malabares con sus dedos regordetes por no querer soltar la dona. Realmente no teníamos gran cosa que decirle y él después de unos minutos prefirió regresar al calor de la estación de policía que resolver el asesinato de un niño de la calle.

Los primeros dos días después del suceso fueron difíciles para Raquel que no pudo dormir, ella tuvo una infancia muy difícil y esto le trajo recuerdos nada gratos. La noche del tercer día el teléfono empezó a timbrar como a eso de las 2 de la mañana; extraño, por lo regular le bajamos el sonido para que no nos despierte, esta noche se nos debe de haber olvidado. Decidí no contestar, estaba haciendo mucho frío a pesar de que apenas estábamos en Octubre, y no me dieron ganas de levantarme. Solamente timbró tres veces y ya no volvió a sonar, intenté volverme a dormir pero apenas habrían pasado unos cinco minutos cuando alguien tocó a la puerta desesperadamente. De un brinco me levanté, saqué la pistola del cajón y ante la mirada asustada de Raquel fui a ver qué sucedía.

-- Espérate, no abras Roberto
-- No voy a abrir, pero tengo que ir a ver qué es lo que pasa
-- Me da miedo
-- No va a pasar nada, llevo la pistola y no voy a abrir, si pasa algo le hablamos a la policía
-- Mejor les hablo de una vez, me da mala espina

En eso volvieron a tocar, está vez más fuerte y escuchamos una voz de mujer desesperada gritando
-- ¿Dónde está?, ¿dónde está?
Una vez más silencio

-- No me importa qué pienses, le voy a hablar a la policía
-- Sí, tienes razón, pero de todos modos voy a ir a ver 

-- Dicen que van a mandar una patrulla
-- Está bien pero no se ve nada
-- ¿Qué quieres decir?, ¿y la mujer?
-- No sé, acá afuera no se ve, voy a salir a buscarla
-- ¡Qué salir ni que nada, tú te quedas adentro hasta que llegue la policía!
-- Raquel, se oía bien desesperada
-- Esto no es una discusión, te estoy diciendo que no vas a salir y punto, esa puerta no se abre mientras no llegue la policía.

El teléfono volvió a timbrar y Raquel contestó

-- ¿Bueno?
-- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
-- ¡Ay Dios mío!  Gritó Raquel y soltó el teléfono, acto seguido arrancó el cable y se soltó llorando

-- Tengo mucho miedo  me dijo sollozando
-- No te preocupes, todo va a estar bien mentí porque yo también estaba muy asustado.

Para variar la patrulla no llegó y nos quedamos dormidos casi al amanecer. Nos fuimos a nuestros respectivos trabajos ya muy tarde y acordamos regresar juntos a casa al finalizar el día.

-- ¿No te da miedo entrar a la casa?
-- Sí, un poco pero me aguanto, para eso soy macho ¿no?
-- ¡Ja!, muy macho has de ser, no me hagas reír, pero bueno, tú vas por enfrente

Entramos a casa y todo se veía normal, cenamos y hasta pudimos ver una película tranquilamente. Todo parecía normal hasta que entré al baño y encontré que en el espejo estaba escrito ¿DÓNDE ESTÁ? con pintura negra. Me salí caminando de espaldas despacito, Raquel estaba preparando chocolate caliente y me gritó

-- ¿Qué pasó?, ¿todo bien?
-- Sí, no te preocupes
-- Bueno, vente a ver otra película, el chocolate ya va a estar
-- Ahorita voy, deja limpio algo que tiré en el baño
-- Te apuras
-- Sí amor, ya voy

Fui al cuarto de los cachivaches, tomé la lata de thinner y armándome de valor regresé al baño a borrar el mensaje. Afortunadamente la pintura no estaba muy pegada  y con un simple trapazo con poquito thinner se borró. No sabía si decirle o no a Raquel porque por fin tenía un rato de tranquilidad y no se lo quería echar a perder. Hacía poco que nos habíamos mudado a esta ciudad y no tenemos amigos con quienes nos pudiéramos ir a pasar la noche y nuestras maltrechas finanzas no daban para un hotel. Así que decidí mejor guardar silencio.

Esta es la quinta noche desde el suceso; la casa está tranquila y no hay llamadas ni mensajes por ningún lado, parece que por fin vamos a poder dormir. De nuevo hace mucho frío, Raquel me abraza y me dice al oído

-- Tengo mucho frío, ¿no puedes ir a hacer pipí por mí?
-- No, levántate no seas floja
-- Ash, no tengo ganas de levantarme
-- Ni modo, tejones porque no hay liebres

Y sin ganas y con frío se fue al baño; pero regresó casi inmediatamente

--Roberto, ven, ¡levántate!
-- ¿Qué pasó?
-- Que te levantes te digo, con una chingada hazme caso, hay un niño en la sala

Nos acercamos a la sala y ahí estaba el niño muerto viendo tranquilamente la televisión;  con su uniforme escolar desaliñado y tan solo faltaba su mochila tirada a un lado para que pareciera que acababa de llegar de la primaria.

-- ¿Qué estás viendo? le preguntó Raquel que siempre ha sido muy niñera
-- Bob esponja, me da mucha risa Patricio, respondió y volteo a vernos despreocupadamente como si nos conociera de toda la vida. Raquel se sentó a un lado como si fuera la cosa más normal, yo me quedé parado sin saber qué hacer. Después de unos minutos le preguntó
-- ¿No quieres que te prepare un chocolate caliente?
-- Sí muchas gracias, tengo mucho frío
-- Bueno, voy por un cobertor para que te calientes y luego te preparo tu chocolatito.

Cuando Raquel entró a la cocina la seguí y cerré la puerta para que el niño no nos oyera

-- Raquel ¿qué estás haciendo?
-- Un chocolate caliente, ¿quieres que ponga para ti también?
-- Raquel ese niño está muerto
-- ¿Te parece muerto a ti?, yo lo veo bastante vivo
-- ¿No lo viste tú también? es el niño que nos encontramos tirado afuera
-- Yo no sé nada, para mí es un niño con frío que está viendo Bob Esponja y solo eso, ya le llevé su cobijita, ahorita le llevo su chocolate y por favor no estés haciendo dramas.
-- Raquel ese niño está muerto
-- Ya madura Roberto, es un niño

Nos sentamos los tres a ver las caricaturas y de la nada el niño nos dijo

-- Ustedes me caen bien, ¿me puedo a quedar a vivir aquí?
-- No, le dijo Raquel, tienes que regresar con tus padres, tu mamá te anda buscando
-- ¡No por favor, no dejes que me encuentre, no dejes que me encuentre! 

Y se soltó llorando, Raquel lo abrazó cariñosamente tratando de calmarlo. Cuando por fin se tranquilizó un poco empezó a hablarle al oído; yo miraba la escena asombrado de ver cómo poco a poco le cambiaba el rostro a Raquel, sus facciones se endurecían y apretaba la quijada. En eso de nuevo tocaron a la puerta, los mismos golpes desesperados y los gritos

 -- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!  ¡¿DÓNDE ESTÁ?!  ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
 -- Hija de la chingada Dijo Raquel mientras se paraba de un brinco
-- ¡No dejes que me lleve! por favor, por favor,
-- Quédate aquí y no te muevas, y tú tampoco me dijo mientras me señalaba con el dedo de forma amenazante

Como un torbellino entró a la cocina, salió hecha una furia con el rodillo de las tortillas de harina en la mano, abrió la puerta de la casa y se encontró frente a frente con la mujer

-- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
-- Qué dónde está ni que la chingada  le dijo mientras la daba el primer golpe con el rodillo en la cabeza. Fue un impacto duro, directo y la mujer cayó de bruces. Como poseída le dió otros cuatro golpes fuertes, dos en la sien, uno en la nariz y otro en la boca; la mujer escupió algunos dientes y gimió despacito
-- A mi niño no lo vas a volver a ver, ¡¿me oíste perra?! Gritó Raquel y le dió una patada en la cara para enfatizar su punto.

Cerró la puerta, nos miró y nos dijo
-- Denme un minuto para reponerme del coraje
-- Está bien Asentimos los dos medio asustados.

Más tarde ya tranquilos todos Raquel le preguntó
-- ¿No te quieres ir a dormir? ya te preparé tu cama
-- Sí, gracias, ya tengo sueño
-- Vamos, te acompaño

Antes de irse al cuarto el niño me abrazó y me dijo
-- Gracias, eres muy bueno. Su cuerpecito estaba helado, de nuevo me asusté y no atiné a decir nada, él, notando mi nerviosismo solo sonrió y se despidió. Buenas noches

Raquel lo acompañó a su cuarto y se quedó un rato más platicando, yo solo alcanzaba a escuchar a veces las risas pero sin alcanzar a entender lo que decían. Cuando por fin salió del cuarto de visitas Raquel se miraba tranquila y contenta.

-- Tráete un slepping, vamos a dormir aquí en la sala
-- ¿Y eso?
-- Vamos a cuidarlo, y estando aquí me voy a sentir más tranquila

Por la mañana fui al cuarto a buscarlo, pero no estaba en su cama, tan solo estaban sus zapatos
-- Raquel el niño no está
-- Déjame dormir otro ratito
-- Pero te digo que el niño no está 
-- No te preocupes, Federico ya está bien
-- ¿Federico se llama?
-- Sí, dame cinco minutitos más ¿sí?

Y se dio la vuelta y se volvió a dormir. Más tarde mientras desayunábamos le dije
-- Dejó sus zapatos
-- Sí, son para ti, me dijo que son para que lo recuerdes, a mí me hizo un dibujito dijo divertida mientras se servía un vaso de jugo de naranja como si no hubiera pasado nada.



 

martes, 4 de febrero de 2014

No vayas abajo


Me despertó el frío. Un airecillo helado recorría mi cuarto haciendo que me doliera la nariz al respirar. Con toda la flojera del mundo me levanté a revisar las ventanas, primero una pantufla y luego a buscar bajo la cama dónde quedó la otra. Ya debo de dejar de hacer tanta desidia y comprar una alfombra.

Las ventanas están escarchadas, raro, no me enteré que fuera a hacer tanto frío. Tratando de no hacer ruido abro el closet y saco un calentóncito miniatura que no parece que me vaya a sacar de gran apuro. Más vale que saque también un cobertor San Marcos.

Realmente está haciendo mucho frío, tomo otro cobertor y me dirijo al cuarto de mi madre. Entro despacito y la veo bien dormida. Afortunadamente ella puso su calentón desde antes. Le pongo encima el cobertor y cierro la puerta sin hacer ruido.

De vuelta en mi cama me contraigo tratando de acumular calor pero para mi sorpresa el frío ya no me cala tanto. Tengo mucho sueño.

Algo no está bien. Me despierto nuevamente ahora con una opresión en el pecho. No se cuanto dormí pero todavía es noche cerrada. En eso escucho la voz mi madre que me llama.
Hijo, ven a ayudarme por favor, estoy en la cocina.
Trato de levantarme pero no lo consigo,  escucho de nuevo la voz de mi madre pero ahora viene del cuarto.
No vayas abajo hijo, yo también lo escuché.

Que está sucediendo?, trato de que se aclaren mis ideas pero de nuevo el sueño me vence.
Me despierta el ruido de la puerta al abrirse. Veo entrar a mi madre caminando con mucho cuidado como para no despertarme. Le pregunto, casi entre sueños
¿Que pasó mamá?
Nada hijo, no te preocupes, ya todo está bien. Pero no vuelvas a desobedecerme
Y mientras me acariciaba sentí una gota de un líquido caliente en mi mejilla, que escurrió de entre sus uñas que ahora son largas y afiladas.

No mamá, tú mandas. Musité apenas antes de quedarme dormido.