lunes, 15 de junio de 2026

El Pepillo y el Raimon

 Esta historia empieza en agosto del 86, yo acababa de llegar a estudiar a Ensenada y, como todo estudiante foráneo, no tenía idea de gran cosa, excepto que tenía que sobrevivir. No era completamente inútil, sabía cocinar algunas cosas y podía moverme en el transporte de la ciudad, aunque esto, siendo francos, no era demasiado complicado. Recuerdo que los primeros que conocí fueron a la Karin, Carnalla y Ramonetti, no sé si fue en la inscripción o qué era, pero el caso es que nos tocó sentarnos juntos en el gimnasio a la hora de hacer un trámite. Después conocí al Mireles, los horarios que pegaron en la pared estaban medio confusos y en nuestra primera hora de clases los de física de primer semestre no supimos dónde eran nuestras clases y terminamos sentados afuera del laboratorio B2 sin saber bien qué hacer. Ahí llegaron el Jarbi y el Mauro a marcar territorio, ellos iban en quinto y eran muy mamones. Después se acercaron otros más de su salón, entre ellos, el Pepillo.

El Pepillo, como fui dándome cuenta con el tiempo, era aficionado a ser mentor de los recién llegados. El primer recuerdo que tengo de él fue invitándome a subir al carro del Pichon, así, sin acento. El apodo, me explicó el Pepillo, venía de su apellido, Palomares, que en inglés traducía como Pidgeon houses, que inevitablemente terminó derivando en Pichon. Pero bueno, no nos desviemos. El Pichon nos dejó en el Elsa's, un restaurancito de comida corrida que quedaba por la Gastelum y segunda, ahí, el Pepillo procedió a darme sus consejos de dónde comer y los trucos para que el dinero me alcanzara. Al menos durante los primeros tres semestres el Elsa's era mi primera opción de comida corrida. A un lado estaba La Michoacana, que, aunque estaba más barata, la comida la verdad estaba bastante malita y no debo de haber comido allí más de tres veces.

La mayoría de los estudiantes de física éramos foráneos, y en aquellos tiempos de crisis y devaluaciones nos echábamos la mano bastante unos a otros. No quiero ser injusto con nadie, pues tuve varios mentores, pero además del Pepillo otra persona especial fue Ramón Michel. El Raimon fue el primero que conocí de la dinastía de los Micheles. Cuatro Micheles estudiaban en la facultad: Raimon, el mayor, había terminado física, Raúl estaba estudiando noveno semestre de física cuando yo entré. Rodrigo, a.k.a. Yoyigo, estudiaba biología y debe de haber ido en séptimo semestre o algo así. Por último René, que también estudiaba física e iba en tercer semestre. Todos ellos vivían en un departamento en el bulevar Ramírez Méndez, que fungía como sede para todo tipo de reuniones. En ese mismo depa años después vivieron la Isa y el Hugo, pero eso es parte de otra historia que no contaré hoy.

Pero regresemos con el Ramón, él estaba haciendo su tesis en el OAN, creo que con Manuel Álvarez, y era ayudante de Francisco Medina en la materia de Métodos experimentales de física, ahí fue donde lo conocí, pasamos muchas horas juntos en el laboratorio, donde me enseñó a graficar en papel logarítmico, a hacer las cosas con cuidado, sobre precisiones e incertidumbres, y a presentar reportes limpios y ordenados. Algo que me gustaba mucho del Raimon como maestro, es que se quedaba en el laboratorio con nosotros todo el tiempo que requiriéramos, creo que esa solidaridad era muy necesaria en el primer semestre de la carrera. El caso es que en esas largas sesiones en el laboratorio y gracias a su personalidad alegre y bonachona, el Raimon y yo nos hicimos amigos rápidamente.

Álvaro y el Raimon

En aquellos días éramos pocos en la facultad, tal vez en total seríamos unos 40 esudiantes, contando todos los semestres de la carrera. De primero éramos 20, pero este número disminuyó rápidamente. Así que todos nos conocíamos. Yo había aprendido a programar en Basic en la prepa, con una calculadora Casio PB-100 y el Pepillo y el Pichon eran de los expertos en el incipiente mundo de la programación en la facultad, esto nos dio otro punto de coincidencia. No eran los únicos, también le entraban a la programación: el Rul Michel, mi bro el Joel, y el Álvaro Álvarez. Algunos en CICESE, otros en Ciencias Marinas, y también en la facultad con una Commodore 64 del Álvaro, que a veces estaba en el laboratorio. Eran los tiempos de los 8088 y en la facultad todavía no había ni una sola computadora para los estudiantes. Como el Pepillo era de los expertos en computación, lo llevaron a Tijuana de consultor en el proceso de compra de las primeras computadoras para el futuro centro de cómputo de la facultad. Como les digo, el Pepillo y yo ya éramos amigos, y de alguna manera convenció a los directivos que me llevaran también a Tijuana como parte del equipo técnico. Recuerdo que el proveedor estaba en Plaza Río y eran unas oficinas pequeñitas. Ese día no regresé a la facultad con todo el contingente, sino que me fui a la Facultad de Química, coincidió que era la tradicional quema de batas y era un parizote, pero bueno, no nos desviemos y dejemos esa historia para otra ocasión.

El Lerma, Mauro, Pepillo, Pidgeon, Jarbi, Mackomish y Álvaro
No recuerdo si iba en tercero o cuarto semestre cuando el Pepillo me consiguió mi primer trabajo en Ensenada. Él y el Pichon daban clases en una escuelita técnica que estaba por la Gastelum entre 7 y 8, si mi memoria no me falla. Igual los días en el Colegio Ensenada se merecen su historia aparte, pero esta será contada en otra ocasión; por hoy solo queda decir que, a pesar de que no era mucha lanita, unos pesitos en la bolsa no me caían mal, pues en esa época siempre andaba muy piojo. Pepillo me heredó el trabajo de maestro y entró a trabajar al OAN. No sé si el Pichon también lo hizo al mismo tiempo, pues recuerdo que coincidimos de maestros.

Meses después Pepillo me consiguió mi segundo trabajo, y este fue uno que marcaría mi vida. Lo recuerdo diciéndome "Poncho, en el Observatorio andan buscando un asistente de cúpula, te puedo recomendar si te interesa, es buena chamba" En ese momento yo no tenía idea de qué hacía un asistente de cúpula, ni qué influencias podía haber tenido el Pepillo para poderme recomendar, yo solo escuché dinero y dije que sí.

Ahí en el Observatorio me sentí como en casa, y tuve dos etapas como asistente de cúpula, para la segunda el trabajo ya no me lo consiguió Pepillo sino que fui a hablar con Rafael Costero, que ahora era el director del OAN, y de alguna manera lo convencí de que me recontratara. Quiero pensar que en mi primer tour en el Observatorio no lo había hecho mal, y además el hecho de hablar inglés me debe de haber ayudado. Para ese entonces Ramón ya había emigrado a Los Angeles y fui a visitarlo varias veces a su departamento de Bell Flower. No recuerdo de qué trabajaba en esos días, pero estoy seguro que como la gran mayoría de los inmigrantes tuvo que empezar desde abajo.

En una de esas ocasiones lo acompañé a comprar su primer carro de agencia; un Toyota sedán de color azul, el más barato que había en el mercado. Confieso que en ese momento no estaba consciente de lo importante que debe de haber sido esto para el Raimon, después de mucho esfuerzo su score crediticio era lo sufientemente bueno para comprar un carro. Él ya sabía qué carro iba a comprar y llevaba la chequera lista para el down payment. Cuando llegamos a la agencia primero nos iba a atender un gringuito, pero como nos vio cara de paisas mejor nos asignaron a un vendedor que hablara español. Nefasto el tipo, se la pasó renegando de que carro era tan barato que él no ganaba casi nada de comisión por atendernos, yo nomás pensaba que no era como que el wey estuviera haciendo la gran labor de venta, el Ramón ya sabía qué carro quería, cuánto costaba, y lo único que necesitaba del vendedor es que hiciera el papeleo. Le corrió su historial de crédito y todo estaba en regla, solo había que hacer el trámite administrativo. Este debe de haber tomado un par de horas, que a mí me parecieron una eternidad porque traía muchísima hambre. Finalmente le entregaron el carro, el último paso era que el vendedor nos acompañara a echarle gasolina al carro, creo que 10 dólares. El tipo seguía renegando y yo con el hambre ya traía la paciencia bastante delgadita. Cuando llegamos a la gasolinera el Raimon le pidió le que le echara de la gasolina súper premium, el vendedor volvió a renegar que esa gasolina no le iba a servir de nada al carro este porque era un modelo económico. El Ramón, emocionado como niño con bicicleta nueva en navidad le contestó con una sonrisa 'No importa, quiero ver cómo se siente' El vendedor volvió a hacer un gesto de desagrado y hasta ahí llegó mi paciencia 'compa, que te valga madre si le sirve o no, el carro es de mi compa y él quiere que le pongas de esa gasolina' El wey como que no estaba acostumbrado a que le renegaran, le puso la gasolina que quería el Raimon, lo llevamos de vuelta a la agencia, y con el Ramón feliz y contento con su carro nuevo fuimos a comer un pollito del KFC.

El Pepillo no era muy bueno para las materias teóricas y tuvo problemas para pasar Electrodinámica I, yo le ayudé a estudiar. No fue tanto la resolución de problemas sino explicarle los conceptos. No le fue sencillo, pero finalmente pasó, y quiero pensar que con esas clases le retribuí un poco toda la ayuda prestada a lo largo de los años. Al Raimon igual lo ayudé un poco con unas clasesillas sobre esféricos armónicos (si mi memoria no me falla). Ocupaba entender eso para unas cosas de evolución estelar y andaba un poco oxidado en matemáticas y yo en ese momento era ayudante de Luis Salas en el curso de Funciones Especiales y Transformadas Integrales.

Después la vida nos llevo a cada quien por su lado. Las últimas veces que hablé por teléfono con el Pepillo le recomendé que le bajara a su ritmo de trabajo. Eran demasiadas cosas las que estaba haciendo y pensé que eso le iba a pasar factura en su salud. Desafortunadamente no me equivoqué. El estress le cobró factura y falleció muy joven.

Al Ramón la vida lo llevó a Nuevo México, a trabajar en el Sandia National Laboratories. Cuando hablábamos le preguntaba que si qué estaba haciendo e invariablemente él me respondía que no me podía decir porque era algo clasificado. Y de nuevo, yo le respondía con "no te agüites, Raimon, se sabe que tienen que tener un mexa trapeando los pasillos, no hay nada de malo, es un trabajo honrado" y soltaba la risa. Esa era nuestra broma particular desde que trabajaba haciendo no sé qué de óptica en California.

Ramón tenía problemas fuertes de salud y todos los años iba a Nevada a una revisión exhaustiva. Hablamos un par de veces durante los días de su última revisión. Nos estábamos poniendo de acuerdo para irlo a visitar cuando regresara a su casa. Él estaba en lista de espera para un par de transplantes, pero no pensaba que fuera a suceder pronto. De la nada, un día antes de regresar a su casa le avisaron que se alistara para operarlo, que los órganos estaban listos. Me avisó por mensaje de Whatsapp. No hablamos, pero nos mensajeamos mucho ese día, su último mensaje antes de entrar a quirófano fue para presumirme que su comida había estado muy sabrosa. Quedamos de hablar cuando saliera de la operación. Nunca pudimos volver a hablar, estuvo en coma durante meses y finalmente falleció. 

A ambos los extraño mucho. Cada uno fue una persona extraordinaria a su manera. Los dos contribuyeron a que terminara la escuela, y el joven rebelde e inquieto que ellos ayudaron a formar, les vivirá eternamente agradecido.

 

sábado, 11 de abril de 2026

Olivia Cervantes

 Recibí la llamada con la noticia de la muerte de mi madre el miércoles a las dos de la mañana. No me tomó por sorpresa, tenía pocos días de haberla visto y realmente se miraba muy deteriorada. En las últimas semanas había pasado por un par de operaciones por una fractura en el tobillo, y su cuerpo estaba haciendo todo lo posible por recuperarse, pero para mí era claro que era una batalla con pocas probabilidades de éxito. No quise saber detalles, pero entiendo que murió en paz, o al menos eso es lo que quiero creer. Su via crucis ya llevaba tiempo.

Mi madre hasta el último día fue la persona que ustedes conocieron, fiel a su carácter. Cuando iba a ser la primera de sus operaciones del tobillo, su principal preocupación era que le avisáramos a sus amigas de Guerrero Negro. Estoy seguro de que nunca fue tan feliz como esas mañanas en su tienda platicando con sus amigas: Toñita, Estela Patiño, Socorro Valencia, Lety Ríos, Tere Baiza, Chata de Meza y un largo etcétera. Salía de la casa con la jarra de café lista para compartir, el trabajo no era más que un pretexto para ver a sus amigas.
No solo sus amigas llegaban al café, tal vez ustedes recuerden a Don José un señor invidente ya mayor que solía andar por el pueblo, él también llegaba al café con cierta frecuencia. Una vez llegaron unos auditores de Hacienda a revisar las cuentas de la tienda, mi madre, que era buena para el asunto del protocolo mandó comprar unos choux para invitarles con un café a los auditores. Coincidió que llegó Don José a saludar, y mi mamá le invitó su choux y su café y lo atendió igual que a los auditores. Al final, cuando se iban los inspectores, le dijeron que habían encontrado un error en el pago de IVA, pero que no la iban a multar, porque atendió a don José igual que a ellos, sin hacer diferencia. Eso lo aprendimos de mi abuela.

Mi madre era una persona compleja, le gustaba mucho tener la razón, y en raras ocasiones admitía no saber algo, pero también podía ser una persona muy generosa, como dan cuenta los comentarios que he recibido estos días sobre ella. Permítanme contarles una breve historia. Estábamos de vacaciones en Chiapas, yo debo haber tenido unos doce años. Estábamos haciendo fila para comprar boletos de autobús para San Cristóbal de las Casas, y frente a nosotros estaba una señora indígena, se miraba ya mayor, y quería también un boleto para San Cristóbal y el tipo de la taquilla no le quería vender un asiento, si quería, se tenía que ir parada. La pobre mujer imploraba que se lo vendiera porque ya estaba mayor y ya no aguantaba a irse parada. A mi mamá le empezaron a cambiar las facciones del rostro, y el tipo tuvo la mala idea de dirigirse a ella y decirle “¿cómo ve estos indios? Antes se iban a pie y ahora hasta se quieren ir sentados” Mi madre nunca fue parca de palabras, explotó y le puso una maltratada de proporciones épicas, el tipo no hallaba dónde meterse. Mi mamá pagó nuestros boletos y el de la señora, con asiento los tres, eso sí. El tipo, espero, haya cambiado su actitud después de esto, aunque sea un poco.
Mi mamá era cien por ciento de Guerrero Negro, pero al mismo tiempo se sentía con linaje de realeza española, de esto estoy seguro de que muchos de ustedes se habrán dado cuenta. En una ocasión estábamos igual de vacaciones, pero ahora en La Paz, los más viejos recordarán el hotel Gran Baja. Yo debo haber tenido unos quince años entonces. Como era española se le ocurrió pedir un gazpacho andaluz, el problema es que mi mamá nunca aprendió a comer, y las verduras no eran lo suyo; y el gazpacho… pues es un gazpacho, es decir, un licuado de verduras frío. Obviamente no le gustó, y con un gesto altanero le habló al mesero, que era un jovencito no mucho mayor que yo
- Joven, venga para acá
- Sí, dígame, señora
- Por favor llévese esta porquería, mi abuela era de Andalucía y el gazpacho que preparaba no se parecía en nada a esto
El pobre muchacho se puso rojo de pena, y atropelladamente procedió a levantar el plato. A mí me caía muy gordo cuando mi mamá se ponía en ese plan, y le dije en voz alta para que el mesero me escuchara
- No, amá, mi nana no era de Andalucía, era de Cachanía
Mi mamá me echó tremenda mirada de odio, mientras el mesero hacía todo lo posible por aguantarse la risa. Les juro que valió la pena. Como solía decir ella: “espero que mis palabras no la jinetellen”, pero así somos los humanos, llenos de claroscuros.
 
Cuando era niño mi mamá me tenía muy consentido, y en la navidad siempre me llenaba de regalos, la tienda se lo permitía y yo me aprovechaba. Pero cuando iba en la universidad eso ya había cambiado. Trabajé un tiempo en el observatorio de San Pedro Mártir y el sueldo era bueno, así que me permitía ahorrar y yo quería comprarme un carro. Para acelerar un poco el proceso agarré un número de una cundina de mil dólares con Tere Baiza. Me tocó un buen número, creo que el cuatro o algo así. Con mis ahorros y lo de la cundina me compré mi primer carrito, un hondita Accord 88. Seguí pagando puntualmente los números de la cundina, que eran de 50 dólares quincenales. Cuando me faltaba el último mi mamá me dijo "Este lo pago yo, que sea mi cooperación para lo de tu carrito" Yo acepté sin pensarlo mucho. Meses después llegó a visitarme a Ensenada, llegamos en mi carrito al mercadito Delante, ese que era de 24 horas. Me estacioné justo enfrente, y al momento de pagar, la cajera, que era como de mi edad, y estaba bastante guapita, me dijo "qué bonito está tu carro" Obvio yo ya estaba listo para invitarla a dar una vuelta, cuando mi mamá me tomó del brazo y le dijo a la muchacha "se lo compró su mamá" Se me cayó la quijada como en chiste de Condorito, pensé "no chingues, de qué hablas, pusiste 50 dólares!" El daño ya estaba hecho, ni modo de invitar a salir a la muchacha después de eso. Amá, ¡esa me la debes!
 
Tal vez la mayoría de ustedes no sepan esto, pero los últimos años de su vida, mi mamá tuvo mucho sobrepeso, y cuando digo mucho, me refiero a muuuuucho. Durante todo este tiempo, mi tía Yochi intentó, sin mucho éxito, controlarle su dieta para que bajara de peso, pero era más su afición por los dulces y la coca cola que su deseo de estar bien. Finalmente, dejó de caminar y tuvo que moverse en silla de ruedas.
Una tarde, hace unos tres años, estábamos todos sentados a la mesa, disponiéndonos a comer, y me ordenó.
- Sírveme coca. - Del otro lado de la mesa, mi tía respondió.
- No puedes tomar eso, Olivia.
- ¿Por qué no? - preguntó como si esa conversación no la hubiéramos tenido decenas de veces.
- Porque estás muy gorda. – le respondió mi tía
- Mi cuerpo, mi decisión – respondió mi mamá, siempre tan afecta al drama
- No. – dijo mi tía – No es solo tu decisión, porque nosotros somos los que te andamos cargando, bañándote y cambiándote, y estás muy pesada y es muy difícil moverte
- ¡Si tanto les estorbo, tírenme en el arroyo! – Respondió mi mamá, que era la mismísima reencarnación de Libertad Lamarque cruzada con Marga López
- A ver, amá – le dije – Ahorita pasamos al Oxxo, te compro tu cocón de dos litros y te dejo en tu silla de ruedas ahí en el arroyo, ¿y luego? ¿qué sigue? ¿cuál es el plan?
- Sírveme tantita limonada, pues – respondió resignada. 

Sus últimos años los pasó en Ensenada con mi tía Yochi, su días pasaban entre hablar con sus amigas de Guerrero Negro, leer, y ver videos en You Tube. Se volvió muy fan de Rodrigo de la Cadena, un joven que se dedica a promover la musica de boleros. Si pueden, échenle un ojito a sus videos en You Tube. A mi madre le gustaría esto.