La miré a los ojos y le pregunté ¿sabes hacer tortillas de harina?
sonrió con esa sonrisa orgullosa de quien se sabe triunfador y me respondió: Sí
Ahí supe que estaba irremediablemente condenado a amarla
jueves, 26 de febrero de 2015
jueves, 16 de octubre de 2014
20 de Noviembre ¡no se olvida!
Tal vez ustedes no lo recuerdan o no lo hayan vivido pero a principios de los 80 la economía del país empezó a irse al carajo vertiginosamente. Estaba en tercero de secundaria cuando el peso repentinamente se devaluó a cerca de 100 pesos por dolar y las cuentas en dólares de pronto se convirtieron en pesos, al tipo de cambio que al gobierno le dio la gana.
Durante estos días no se hablaba de otra cosa en nuestras casas que de lo difícil que se iba a poner la situación. Nosotros no éramos particularmente activos políticamente e incluso la sociedad de alumnos no era otra cosa que unos voceros al servicio de la dirección, tal y como lo requieren las buenas conciencias.
En medio de todo este ambiente llegaron los preparativos del desfile del 20 de noviembre, no solo con los ensayos sino también con los requerimientos de siempre: Tenis nuevos, pantalón y sudadera blancos y las pendejaditas adicionales para hacer el show.
No sé de quién fue la idea pero empezamos a discutir de lo innecesario de todos estos gastos y que el desfile muy bien se podía llevar a cabo con nuestro uniforme de la secundaria y así nuestros padres no tendrían que hacer esos gastos.
Poco a poco la idea fue tomando forma y decimos recabar firmas y presentar la propuesta en la dirección. Recuerdo que nos la pinteamos Guillermo y Loreto Talamantes, Homero Navarro y Yo y nos fuimos al parque y con una maquinita de escribir hicimos nuestra propuesta.
Los siguientes días fueron de mucha actividad convenciendo a los compañeros de que firmaran. No recuerdo cuantas firmas recabamos pero sí que la gran mayoría de a los que le pedimos firmaron.
Entregamos nuestra propuesta junto con todas las firmas creyendo sinceramente que era algo lógico y que no tendría mayor problema en que lo aceptaran. ¡Oh bendita inocencia!
Al día siguiente nos citaron en la dirección y nos reclamaron que por qué nos estábamos metiendo en cosas de política y que se notaba claramente que el escrito lo había hecho algún adulto que nos estaba manipulando. No sé si realmente estaba muy bien escrito o simplemente es el cliché con el que se pretende descalificar a cualquier movimiento estudiantil y que me ha tocado ver tantas veces repetido a lo largo de mi vida.
La discusión subió de tono y empezaron las amenazas. De nuestro lado que no íbamos a desfilar y del de ellos que si no desfilábamos nos bajarían calificación en matemáticas. Sin más que discutir salimos más bien confundidos. No entendíamos como la vanidad del desfile les impedía escuchar razones.
Años después entendí que la cuestión no era que les importara un carajo el dichoso desfile, sino que se sentían ultrajados por habernos atrevido a cuestionar su autoridad. Esto explica muchas cosas que estamos viviendo estos días.
De los maestros no recibimos mayor muestra de apoyo, solo la del Sergio Buelna, maestro de mecánica, que nos reclamó que no le hubiéramos consultado cómo hacer las cosas.
Ahora tienen que aguantarse como los hombres y no desfilar fue lo último que nos dijo.
No hicimos mayor trabajo de convencimiento con los compañeros para que no desfilaran, pero eso sí, nosotros cuatro no lo hicimos. Y tal y como nos lo habían advertido llegó David el prefecto al salón con un tono amenazador a preguntar quién no había desfilado y el porqué. El Guillermo y el Loreto muy valientes y retadores simplemente respondieron Porque no. El Homero no me acuerdo y a mí se me abrió un poquito la cajuela y dije que había estado enfermo.
Nos aplicaron el dichoso descuento en matemáticas pero no nos importó gran cosa. Ambas partes ahora sabíamos de qué estábamos hechos
Durante estos días no se hablaba de otra cosa en nuestras casas que de lo difícil que se iba a poner la situación. Nosotros no éramos particularmente activos políticamente e incluso la sociedad de alumnos no era otra cosa que unos voceros al servicio de la dirección, tal y como lo requieren las buenas conciencias.
En medio de todo este ambiente llegaron los preparativos del desfile del 20 de noviembre, no solo con los ensayos sino también con los requerimientos de siempre: Tenis nuevos, pantalón y sudadera blancos y las pendejaditas adicionales para hacer el show.
No sé de quién fue la idea pero empezamos a discutir de lo innecesario de todos estos gastos y que el desfile muy bien se podía llevar a cabo con nuestro uniforme de la secundaria y así nuestros padres no tendrían que hacer esos gastos.
Poco a poco la idea fue tomando forma y decimos recabar firmas y presentar la propuesta en la dirección. Recuerdo que nos la pinteamos Guillermo y Loreto Talamantes, Homero Navarro y Yo y nos fuimos al parque y con una maquinita de escribir hicimos nuestra propuesta.
Los siguientes días fueron de mucha actividad convenciendo a los compañeros de que firmaran. No recuerdo cuantas firmas recabamos pero sí que la gran mayoría de a los que le pedimos firmaron.
Entregamos nuestra propuesta junto con todas las firmas creyendo sinceramente que era algo lógico y que no tendría mayor problema en que lo aceptaran. ¡Oh bendita inocencia!
Al día siguiente nos citaron en la dirección y nos reclamaron que por qué nos estábamos metiendo en cosas de política y que se notaba claramente que el escrito lo había hecho algún adulto que nos estaba manipulando. No sé si realmente estaba muy bien escrito o simplemente es el cliché con el que se pretende descalificar a cualquier movimiento estudiantil y que me ha tocado ver tantas veces repetido a lo largo de mi vida.
La discusión subió de tono y empezaron las amenazas. De nuestro lado que no íbamos a desfilar y del de ellos que si no desfilábamos nos bajarían calificación en matemáticas. Sin más que discutir salimos más bien confundidos. No entendíamos como la vanidad del desfile les impedía escuchar razones.
Años después entendí que la cuestión no era que les importara un carajo el dichoso desfile, sino que se sentían ultrajados por habernos atrevido a cuestionar su autoridad. Esto explica muchas cosas que estamos viviendo estos días.
De los maestros no recibimos mayor muestra de apoyo, solo la del Sergio Buelna, maestro de mecánica, que nos reclamó que no le hubiéramos consultado cómo hacer las cosas.
Ahora tienen que aguantarse como los hombres y no desfilar fue lo último que nos dijo.
No hicimos mayor trabajo de convencimiento con los compañeros para que no desfilaran, pero eso sí, nosotros cuatro no lo hicimos. Y tal y como nos lo habían advertido llegó David el prefecto al salón con un tono amenazador a preguntar quién no había desfilado y el porqué. El Guillermo y el Loreto muy valientes y retadores simplemente respondieron Porque no. El Homero no me acuerdo y a mí se me abrió un poquito la cajuela y dije que había estado enfermo.
Nos aplicaron el dichoso descuento en matemáticas pero no nos importó gran cosa. Ambas partes ahora sabíamos de qué estábamos hechos
sábado, 4 de octubre de 2014
La pluma en forma de cebra
Por: Pedro Alfonso Paredes Pérez
Esta es la historia de Frank, un hombre común como muchos, pero inusual como pocos.Nuestra historia comienza en el año 1983 A.D.LT.(antes de los titanes), Frank trabajaba en una tienda de autos Volkswagen, no le pagaban mucho pero a él no le importaba el dinero. Él era un hombre feliz con todo lo que tenía.
Frank vivía con su perro Lucho, tenía un Volkswagen que le daba la compañía a cada empleado productivo después de cierto tiempo (no era un auto que digas ¡órale! que rico ha de ser ese hombre, pero un auto es un auto ¿no?). Tenía una hermosa casa en una fea ciudad (seamos realistas no todas las ciudades son limpias, con buen gobierno… creo que ya me expliqué ¿no?), una televisión que abarcaba todas sus necesidades y lo mejor de todo: era el MEJOR en su trabajo, nadie lo hacía con el ánimo de Frank, ¡¡¡hasta el gerente le tenía celos!!!
A Frank le gustaba en las mañanas un buen jugo de naranja con limón y piña (no me juzguen, eso le gusta a Frank y yo solo estoy relatando su historia), cuando se le acababan las frutas que usaba iba al mercado por más, pero ese día decidió tomar una ruta distinta, y vio que un compañero suyo llamado Judrogitón (no me mires así, ese nombre le pusieron sus padres ¿está bien? Yo solo narro la historia) que estaba haciendo una venta de garaje, ahí estaba también el gerente que al igual que Frank pasó por otra ruta y terminó ahí pero no venía con buen humor, él estaba furioso por una venta que no logró hacer y empezó a molestar a Judrogitón tirando cosas de sus mesas solo para irse 1 minuto con 27 segundos después de haber llegado sin siquiera haber saludado. Frank le ayudó a recoger todo y al estar recogiendo se encontró con un artículo muy particular: una pluma con forma de cebra.
Frank se interesó por la pluma y aunque Judrogitón no sabía qué era eso o de dónde lo había sacado Frank dejó que se lo llevara gratis
Llegando a su casa Frank se dirigió a resolver el crucigrama de la semana que venía en el periódico (nunca los hacía pero siempre hay una primera vez para todo y esta era la primera vez que él hacia un crucigrama), recordó la pluma que adquirió ese mismo día y se propuso a terminar el crucigrama con esa nueva pluma
Comenzando el crucigrama se quedó pensando en la primera pregunta: animal de 4 patas, grande, con piel blindada y con un cuerno (probablemente dirás; qué fácil pregunta, la respuesta es rinoceronte), en el mundo de Frank no existía tal cosa como un rinoceronte, es más, eran solo un mito en el espacio (si mundo, ¿ah verdad? ¿Pensaste que la tenías tan fácil?), pero Frank no pensaba si era un rinoceronte, él sabía lo que era exactamente: un ponycornio. Un ponycornio es una especie de pony fusionado con unicornio (si exacto, no me preguntes, solo sigue leyendo).
Frank de chico siempre quiso un ponycornio, ir volando sobre un volcán marino y cosas así. Pero se extinguieron así que no podía obtener uno. Frank escribió la palabra ponycornio en su crucigrama, momentos después la palabra había desaparecido y en su lugar apareció un: gran, blindado y con un cuerno de unicornio blanco, ponycornio. Al principio se asustó y pensó que estaba loco pero se dio cuenta de que no.
Durante un rato Frank siguió apareciendo cosas que necesitaba como una cama nueva, otra casa para Lucho y otras cosas más.
Al día siguiente Frank llevó la pluma al trabajo comiendo una que otra galleta de cuando en cuando porque ¿Quién no come galletas mientras trabaja en su oficina? (no cuentan maestros). Por fin le tocó un cliente, dejó sus galletas y cuando agarró su pluma para guardarla tuvo una visión de él en el futuro: era él con ese cliente vendiéndole un auto en específico, el cliente le dio las características de lo que buscaba y Frank lo llevo al auto de la visión. El cliente le sorprendió de lo que hizo Frank: no le dio el auto que pidió sino que le dio justo lo que quería en verdad.
Hizo la venta y el gerente hablo con él, que no lo llevó con el auto que el cliente había especificado y todo eso, pero luego se dio cuenta de lo feliz que estaba el cliente con su nuevo y asombroso auto (tenía radio, siiiii matracaaaa) y tuvo que concederle a Frank la razón.
Frank volvió felizmente a su hogar, sacó a pasear a su perro y su ponycornio (por más que un animal se extinguiera uno tenía la libertad que quisiera de tener a una especie en peligro de extinción) volviendo a su casa vio la televisión un rato y luego se preparaba un cereal cuando tocaron la puerta…
A Frank nunca nadie le había tocado la puerta, agarró la pluma para tener una visión y se vio a él cayendo con un hoyo en el pecho. Frank al ver esto no abrió la puerta pero aun así el hombre misterioso entró y trató de apuñalar a Frank. Frank estaba indefenso ante esta amenaza y estaba seguro que iba a tener una muerte lenta y desesperante. De pronto Judrogitón entró lanzándole una piedra al hombre misterioso aturdiéndolo y dándole tiempo a Frank de escapar. Frank subió al auto de Judrogitón, Lucho subió al auto también, huyeron de ese oscuro lugar: el cielo se oscureció y cayó un rayo cerca de las afueras de la ciudad apareciendo junto con él a muchos monstros.
Frank se dio por vencido, ni con las habilidades del mejor luchador del mundo podría vencerlos a todos, todos los monstruos eran rápidos y se iban hacia Frank con mayor velocidad de la que podía correr. Finalmente uno de ellos lo tacleó, y Frank aterrorizado se lamentó por no poder haber estado más tiempo con Lucho (que estaba persiguiendo un monstruo), por no haber ido a las carreras con el ponycornio y por no haber completado el crucigrama.
El monstruo saco de su bolsillo una navaja e hizo un hoyo en la camiseta de Frank quitándole la pluma, justo después de esto el cielo se volvió claro y los monstruos desaparecieron al instante.
Resulta que la pluma era un objeto que se le daba a la gente buena para que aprendieran que por más que un objeto les puede facilitar la vida deben vivirla como siempre la han vivido. Judrogitón era solo uno de los que entregaba los objetos a esos elegidos.
Frank aprendió la lección, volvió a su casa con Lucho, prendió la tele y continuó viendo su anime favorito shingeki no kyojin.
domingo, 20 de julio de 2014
Todo era nada
Todo era nada.
Y mientras tanto, creíamos que nada pasaba.
Creíamos que nada era grave.
Que nada nos afectaba, que nada nos tocaba.
Porque aunque todo pasaba, lo veíamos a través de pantallas.
Pantallas que convertían el suceso más dramático en simple entretenimiento nocturno.
Pantallas en las que los encargados de informar hablaban con tono de cirqueros.
Pantallas que convertían todo en nada.
Y mientras nada pasaba, fuimos perdiendo la capacidad de asombro.
Fuimos viendo el asesinato, la corrupción y la tortura como algo cotidiano.
El sexo, como un acto casual sin sustancia.
El amor, como una comedia ligera.
Mientras nada pasaba, nuestros gustos, deseos y ambiciones eran dictados a través de esa pantalla.
Y fuimos consumidores.
Nada pasaba mientras la pantalla nos decía que para ser felices, debíamos buscar que todos nos aceptaran.
Y fuimos inseguros, anoréxicos y metrosexuales.
Era la época en la que la pantalla nos mostraba un todo que no significaba nada.
Y la nada, era muy cómoda.
No había que preocuparse por leer, la pantalla lo hacía por nosotros.
No había que pensar en temas de plática, bastaba con encender la pantalla.
No había que esforzarse en educar a nuestros hijos, la pantalla lo hacía a la perfección.
Y fuimos autómatas.
Mientras nada pasaba, nos fuimos llenando de pantallas.
Pantallas en casa, pantallas en la oficina, pantallas en nuestros bolsillos.
Y las pantallas que veíamos nos cegaban ante lo que realmente pasaba.
Y por un tiempo, estar ciegos fue bueno.
Confortable.
Pero poco a poco, ese confort se fue conviertiendo en incomodidad.
Una incomodidad inexplicable.
Una incomodidad inquietante, sofocante, aplastante.
Una incomodidad que nos llevó a buscar respuestas.
A cuestionar lo que nos rodeaba.
Y en efecto, buscamos respuestas.
Pero las buscamos en las pantallas.
Así, el círculo se cerró y dejamos de avanzar.
Nos estacionamos sin saberlo, y tal vez, sin quererlo en la confortable sensación de que nada pasaba.
Y mientras nada pasaba, la estulticia se volvió nuestra compañera.
Y mientras nada pasaba, nuestra civilización se acababa.
Mientras nada pasaba, economías enteras se colapsaban.
Guerras se declaraban.
Los cuerpos se apilaban.
Las cabezas literalmente volaban.
Pero, como era cosa de todos los días, a nuestros ojos, nada pasaba.
Hasta que llegó el momento en que todo dejó de pasar en la pantalla.
Empezó a pasar cada vez más cerca.
Tan cerca, que nos empezó a tocar.
Tan cerca, que no tuvimos escapatoria.
Tan cerca, que ni siquiera las pantallas nos tranquilizaron.
Pero aún así, decíamos que nada pasaba.
Lo decíamos en un futil intento por tranquilizarnos.
Lo decíamos con la esperanza de que todo fuera un sueño.
Y mientras lo decíamos, los ejércitos sitiaron las ciudades.
Mientras lo decíamos, el sonido de las sirenas aumentaba.
Lo decíamos mientras el sonido de las balas se volvía más y más común.
Mientras ver cadaveres a nuestro alrededor era cotidiano y hasta trivial.
Decíamos que nada pasaba mientras la vida se nos pasaba.
RBoxer
Publicado en la Revista En Tanke Tsm de Tijuana, 2010 con ilustración de Luis Vicente Díaz
domingo, 6 de julio de 2014
La chancla de mi amá y el cinto de mi apá
En mis tiempos era común que las mamás nos dieran con la chancla, los papás con el cinto y en la escuela los maestros con el metro. Así es como era, punto. No había nada que reclamar, alégale al ampayer. De los maestros esta vez no voy a decir nada, pero no se me ha olvidado cabroncitos.
La chancla
Ya conocen la bonita tradición de las madres mexicanas de amenazar y muchas veces darle a los hijos con la chancla, pues bien, la situación es que las chanclas de mi amá eran de madera, probablemente de una pulgada de gruesa, con un cintillo de piel de color blanco, lo cual no es importante; que hayan sido de madera sí, estaban pesadas y duras.
Total que para no darle más vueltas al asunto resulta que un día no sé qué habría hecho que mi amá me iba correteando dentro de la casa y no me podía alcanzar, porque eso sí, mi política siempre fue si me vas a pegar me tienes que alcanzar, así que se quitó una chancla y me aventó con ella. Para mi mala suerte con tal puntería que me dio justo en la cabeza. Sonó como a hueco, lo cual no es extraño y la verdad me dolió un chingo. Mi amá cuando se dio cuenta del madrazote que me había dado se asustó todita y llegó corriendo con el típico ayyy mi'jito, ¿te dolió mucho?, no te quería pegar. Y sí, un accidente y un chichoncito, nada más.
El tanquecito
La otra vez que me acuerdo que me sonó duro fue todavía más accidental. Ya estaba yo en la secundaria, probablemente en segundo, en esa época en que ya eres medio adolescente pero todavía tienes algunas cosas de niño. En esos días estaban de moda unos llaveros de metal con figuras de armas que vendía el Toto, ¿o era el Carnitas?, sabe, el caso es que no solo eran llaveros sino además le ponías una especie de cuete y cuando disparabas hacían ruido y eso nos gustaba mucho. Yo tenía un tanquecito de guerra de aproximadamente el tamaño de una mandarina, pesado y sólido.
Esa tarde como muchas otras, había dejado los pantalones de mi uniforme tirados en el piso y que los agarra mi amá y me dice ¡ya te he dicho muchas veces que no dejes ropa tirada! y dicho esto que me da con el pantalón en la espalda y yo salgo corriendo gritando por el dolor y mi amá atrás de mi
No seas simple cristalito, no te dolió, a la otra te voy a dar con un calcetín para que no llores.
Después del dolor inicial regresé con ella y me quité la camisa y le dije
a ver revísame
ayyy mi'jito ¿qué te pasó? ¿quién te pegó?
¡pues tú!, ¿cómo que quién?
¿cuándo?
¡pues ahorita!
Y sacando el tanquecito de mi pantalón le dije
con esto me diste
no sabía que traías eso, pero además tú tienes la culpa para qué andas dejando las cosas tiradas
Y sí, debo de reconocer que tenía razón.
El hacha
Debo de haber tenido tal vez unos 10 años y siendo como era se me ocurrió que sería buena idea tumbar un pino salado de los que estaban a un lado de la casa. Mi apá tenía una hacha chiquita de metal, de una sola pieza a la que le decíamos el tomahak, probablemente aprendimos esa palabra del Aguila Solitaria o el Llanero Solitario. En fin, el caso es que estaba duro y dale con el tomahak tratando de tumbar el árbol, que no estaba tan chiquito y que lo más probable es que cayera encima de la casa y hubiera causado daños. ¿Qué por qué estaba haciendo eso? pos nooomaaas.
Y llegó mi apá por atrás sin que me diera cuenta y me arrebató el hacha. Inmediatamente salí corriendo pues los cintarazos eran inminentes, y mi apá atrás de mí gritándome que me parara, lo cual por supuesto no iba a suceder. Lo chistoso del asunto es que mi apá nunca soltó el hacha y atrás de él iban mis amigos corriendo gritando Lo va a matar!, lo va a matar!
La persecución
En cuarto año de primaria por alguna razón que mi memoria no alcanza a recordar nos tocó tener horario quebrado, entrabamos en la mañana, salíamos a las 12 y regresábamos en la tarde creo que de 2 a 4.
Ese día en particular el profe Valero no iba a poder darnos clase en la tarde así que la teníamos libre. No sé qué pasó que mi apá no fue a comer a la casa y llegó cuando yo debería de haber estado en la escuela pero en vez de eso me encontró jugando a las canicas. Lo vi bajarse del carro ya con el cinto en la mano
Espérate pá, deja te explico!
A mi no me vas a explicar nada! replicó mientras se acercaba con toda la intención de darme unos cabronazos. Huye venado!, y me di inmediatamente a la fuga.
Salí corriendo por detrás de la casa y seguí por el callejón de atrás de la casa de los Villafaña y el Arturo tiburón. A como pude me subí a la barda de la primaria y atravesé corriendo el patio de la primaria donde mis compañeros de salón jugaban fútbol. El plan era sencillo, llegar con mi amá a su tienda y que ella le explicara que todo era legal, que no había problema por estar jugando en horas de escuela. Casi lo logro, pero justo antes de entrar a la tienda de mi amá llegó mi apá en su pickup rojo bufando de coraje. Me le escapé por el callejoncito que estaba entre la tienda de mi amá y la del carnitas. Corriendo entré a la iglesia invocando asilo en sagrado, ingenuamente creyendo que me protegería de la furia de mí ya muy encabronado padre.
Y nada que, lo vi entrar a la iglesia con el cinturón en la mano y supuse que no le importaría gran cosa lo que el rey Ethelberto pensara así que no me quedó de otra que seguir huyendo. Me metí al cuartito de los monaguillos y me salí por la ventanita que tenía cerca del piso. Esto me compró unos cuantos segundos de ventaja que aproveché para subirme al árbol más alto que pude encontrar en el parque.
Bájate, gritaba mi apá como Shere Khan
No porque me vas a pegar!
No te voy a pegar, te voy a dar unos cariñitos nada más
Pues no me bajo!
Después de un rato de gritar y habiéndose convencido de que no me iba a bajar por mi propia voluntad mi apá decidió hacer como que se retiraba. Tomó su carro y se fue, pero estacionó su carro en un lugar donde suponía que no podía verlo, escondido esperando a que me bajara para sorprenderme. El problema con este plan es que desde arriba del árbol yo podía ver perfectamente todo esto y por supuesto que no me bajé.
Finalmente se aburrió y se fue. Yo decidí esperar hasta que fuera noche para regresar a la casa. No sé a qué horas regresé pero lo que recuerdo es que mi apá ya estaba dormido y al menos por esa vez había salido ileso.
Mi amá
Siendo sinceros mi amá me pegó pocas veces y de estas solo dos merecen mención. Empiezo con su chancla.La chancla
Ya conocen la bonita tradición de las madres mexicanas de amenazar y muchas veces darle a los hijos con la chancla, pues bien, la situación es que las chanclas de mi amá eran de madera, probablemente de una pulgada de gruesa, con un cintillo de piel de color blanco, lo cual no es importante; que hayan sido de madera sí, estaban pesadas y duras.
Total que para no darle más vueltas al asunto resulta que un día no sé qué habría hecho que mi amá me iba correteando dentro de la casa y no me podía alcanzar, porque eso sí, mi política siempre fue si me vas a pegar me tienes que alcanzar, así que se quitó una chancla y me aventó con ella. Para mi mala suerte con tal puntería que me dio justo en la cabeza. Sonó como a hueco, lo cual no es extraño y la verdad me dolió un chingo. Mi amá cuando se dio cuenta del madrazote que me había dado se asustó todita y llegó corriendo con el típico ayyy mi'jito, ¿te dolió mucho?, no te quería pegar. Y sí, un accidente y un chichoncito, nada más.
El tanquecito
La otra vez que me acuerdo que me sonó duro fue todavía más accidental. Ya estaba yo en la secundaria, probablemente en segundo, en esa época en que ya eres medio adolescente pero todavía tienes algunas cosas de niño. En esos días estaban de moda unos llaveros de metal con figuras de armas que vendía el Toto, ¿o era el Carnitas?, sabe, el caso es que no solo eran llaveros sino además le ponías una especie de cuete y cuando disparabas hacían ruido y eso nos gustaba mucho. Yo tenía un tanquecito de guerra de aproximadamente el tamaño de una mandarina, pesado y sólido.
Esa tarde como muchas otras, había dejado los pantalones de mi uniforme tirados en el piso y que los agarra mi amá y me dice ¡ya te he dicho muchas veces que no dejes ropa tirada! y dicho esto que me da con el pantalón en la espalda y yo salgo corriendo gritando por el dolor y mi amá atrás de mi
No seas simple cristalito, no te dolió, a la otra te voy a dar con un calcetín para que no llores.
Después del dolor inicial regresé con ella y me quité la camisa y le dije
a ver revísame
ayyy mi'jito ¿qué te pasó? ¿quién te pegó?
¡pues tú!, ¿cómo que quién?
¿cuándo?
¡pues ahorita!
Y sacando el tanquecito de mi pantalón le dije
con esto me diste
no sabía que traías eso, pero además tú tienes la culpa para qué andas dejando las cosas tiradas
Y sí, debo de reconocer que tenía razón.
Mi apá
Pedro Cervantes era bastante más sueltecito con el cinto que mi amá y por lo mismo tendría más historias que contar, pero vamos a dejarlas también en dos.El hacha
Debo de haber tenido tal vez unos 10 años y siendo como era se me ocurrió que sería buena idea tumbar un pino salado de los que estaban a un lado de la casa. Mi apá tenía una hacha chiquita de metal, de una sola pieza a la que le decíamos el tomahak, probablemente aprendimos esa palabra del Aguila Solitaria o el Llanero Solitario. En fin, el caso es que estaba duro y dale con el tomahak tratando de tumbar el árbol, que no estaba tan chiquito y que lo más probable es que cayera encima de la casa y hubiera causado daños. ¿Qué por qué estaba haciendo eso? pos nooomaaas.
Y llegó mi apá por atrás sin que me diera cuenta y me arrebató el hacha. Inmediatamente salí corriendo pues los cintarazos eran inminentes, y mi apá atrás de mí gritándome que me parara, lo cual por supuesto no iba a suceder. Lo chistoso del asunto es que mi apá nunca soltó el hacha y atrás de él iban mis amigos corriendo gritando Lo va a matar!, lo va a matar!
La persecución
En cuarto año de primaria por alguna razón que mi memoria no alcanza a recordar nos tocó tener horario quebrado, entrabamos en la mañana, salíamos a las 12 y regresábamos en la tarde creo que de 2 a 4.
Ese día en particular el profe Valero no iba a poder darnos clase en la tarde así que la teníamos libre. No sé qué pasó que mi apá no fue a comer a la casa y llegó cuando yo debería de haber estado en la escuela pero en vez de eso me encontró jugando a las canicas. Lo vi bajarse del carro ya con el cinto en la mano
Espérate pá, deja te explico!
A mi no me vas a explicar nada! replicó mientras se acercaba con toda la intención de darme unos cabronazos. Huye venado!, y me di inmediatamente a la fuga.
Salí corriendo por detrás de la casa y seguí por el callejón de atrás de la casa de los Villafaña y el Arturo tiburón. A como pude me subí a la barda de la primaria y atravesé corriendo el patio de la primaria donde mis compañeros de salón jugaban fútbol. El plan era sencillo, llegar con mi amá a su tienda y que ella le explicara que todo era legal, que no había problema por estar jugando en horas de escuela. Casi lo logro, pero justo antes de entrar a la tienda de mi amá llegó mi apá en su pickup rojo bufando de coraje. Me le escapé por el callejoncito que estaba entre la tienda de mi amá y la del carnitas. Corriendo entré a la iglesia invocando asilo en sagrado, ingenuamente creyendo que me protegería de la furia de mí ya muy encabronado padre.
Y nada que, lo vi entrar a la iglesia con el cinturón en la mano y supuse que no le importaría gran cosa lo que el rey Ethelberto pensara así que no me quedó de otra que seguir huyendo. Me metí al cuartito de los monaguillos y me salí por la ventanita que tenía cerca del piso. Esto me compró unos cuantos segundos de ventaja que aproveché para subirme al árbol más alto que pude encontrar en el parque.
Bájate, gritaba mi apá como Shere Khan
No porque me vas a pegar!
No te voy a pegar, te voy a dar unos cariñitos nada más
Pues no me bajo!
Después de un rato de gritar y habiéndose convencido de que no me iba a bajar por mi propia voluntad mi apá decidió hacer como que se retiraba. Tomó su carro y se fue, pero estacionó su carro en un lugar donde suponía que no podía verlo, escondido esperando a que me bajara para sorprenderme. El problema con este plan es que desde arriba del árbol yo podía ver perfectamente todo esto y por supuesto que no me bajé.
Finalmente se aburrió y se fue. Yo decidí esperar hasta que fuera noche para regresar a la casa. No sé a qué horas regresé pero lo que recuerdo es que mi apá ya estaba dormido y al menos por esa vez había salido ileso.
martes, 20 de mayo de 2014
Donando sangre
Eso de tener enfermero en casa es un arma de doble filo, o le pierdes el miedo a las inyecciones o les agarras pavor. Mi caso fue el segundo y es de un grado tal que no puedo ver ni siquiera que inyecten a un mono en las caricaturas. Hay ocasiones en las que me inyecto pero realmente me tengo que sentir muy mal para que eso suceda.
Así que donar sangre no crean que es algo sencillo para mí, de hecho es una de las cosas que me dan más miedo, sin embargo en un par de ocasiones he tenido que enfrentar la aguja frente a frente.
Cuando por fin llegó la morra a decirnos que los dos éramos aptos para donar ya habíamos desechado los planes de salir huyendo. Me pasaron primero a mí a la entrevista dichosa, ya saben, que si te inyectas drogas (JA!), número de parejas sexuales y todo tipo de perversiones que me hicieron sentir como si me estuviera entrevistando un sacerdote del Opus Dei. Al final empecé con las negociaciones
--Oye, te doy 20 dólares si pasas primero a mi hermano
--No, no puedo aceptarlos
--Ándale, ¿qué te cuesta?, es más, te doy 40
--Que no, como eres simple, ¿por qué quieres que pase el primero?
--Pues porque me da miedo, entre más me tarde mejor.
--Ya no seas llorón y fírmale de que viniste voluntariamente
--¿Voluntariamente?, ¿quién te dijo que vine voluntariamente?
--¿No vienes voluntariamente?
--¡No, claro que no!, vine a fuerzas porque van a operar a mi amá, si no pura nada que vengo
--De todos modos fírmale y ya no estés haciendo teatros
Cuando me senté en la cama y empezaron a alistar todo la realidad me golpeó con un upper, en unos minutos más iba a estar donando sangre. Cuando mis venas vieron ese pica hielos que dicen que era la aguja, decidieron esconderse y para que la enfermera las encontrara fue una odisea pero finalmente la sangre poco a poco empezó a fluir. Estaba sudando como condenado y la enfermera trataba inútilmente de tranquilizarme. Por fin, después de mucho sufrir en manos de esa versión moderna de Elizabeth Báthory por fin cumplí mi deber de llenar una bolsita de sangre y era turno de mi hermano que tampoco fue muy valeroso que digamos.
Anduve como 3 días con el brazo encogido y cada que lo estiraba me llegaban los recuerdos y mejor lo volvía a encoger. A la semana llegué al auditorio a buscar al Pedro que estaba jugando basket, me encontré al Ivanillo viendo el juego y me presentó a su novia y ella me dijo como en tono de confidencia
--Ves al güerito que trae la pelota? dijo señalando a mi hermano
--Si, ¿qué tiene?
--Fíjate que mi papá tiene un laboratorio y fue a donar sangre y no sabes que miedoso resultó
--¿En serio? a ver cuéntame
--No, pues dicen las muchachas que hasta se andaba desmayando cuando terminó de donar
--Oye, pero ya se ve grande, de más de veinte
--Si, pero lo peor es su hermano, ese si dicen que era bien miedoso
--¿Más grande el hermano o menor?
--Nooo, mucho más grande, como de treinta dicen
--No puedo creerlo que un hombre de treinta años ande haciendo panchos solo por donar sangre, si no pasa nada, de veras que es increíble que haya gente así, no entiendo para que va a hacer el ridículo si no se sabe comportar
Y mientras yo decía todo esto el Ivanillo estaba al borde de un ataque de risa haciendo hasta lo imposible por aguantarse. Y estábamos en eso cuando el juego se terminó y el Pedro llegó con nosotros
--¿Qué ondas carnal cómo estás?
--Bien, aquí el Ivanillo me acaba de presentar a su novia
--Ay, ¿tú eres el hermano miedoso?
Y soltamos la carcajada el Ivanillo y yo.
Por supuesto que la espera fue larga, ya saben el pequeño toque masoquista del químico para hacer su día más llevadero y tener de que platicar el viernes en el bar con los compas. O al menos eso creo. Cuando al fin me sentaron de nuevo estaba todo asustado y agarré mi teléfono y le empecé a marcar a todo mundo tratando de conseguir algo de apoyo moral. Y de nuevo el químico me quiso regañar por miedoso, me pregunto si les darán una materia en la escuela que se llame Regaños I o algo así. Total que lo paré en seco diciéndole
Mire doctor, a mi me da mucho miedo esta onda pero la sangre tiene que salir, así que usted haga lo que tenga que hacer para que la bolsita esa se llene y a mi déjeme hacer mis panchos. ¿Entendido? cada quien a su jale.
Y así después de engordar mi recibo del celular y sufrir mucho la bolsita se llenó y de nuevo duré con el brazo encogido como 3 días.
Así que donar sangre no crean que es algo sencillo para mí, de hecho es una de las cosas que me dan más miedo, sin embargo en un par de ocasiones he tenido que enfrentar la aguja frente a frente.
Primer Capítulo
La primera vez que doné fue para una operación de mi mamá, llegué al laboratorio del sanatorio del Carmen en Ensenada ya bastante asustado y nos tuvieron un buen rato esperando como para hacer la agonía más intensa. El primer capítulo fue bastante malo, en teoría solo me iban a sacar un poco de sangre para probar que pudiera donar pero yo vi que me sacaron una jeringota, me dolió mucho y me asusté más. Después pasó Pedro y cuando salió nos tiramos un rato en el jardín en lo que salían los resultados.Cuando por fin llegó la morra a decirnos que los dos éramos aptos para donar ya habíamos desechado los planes de salir huyendo. Me pasaron primero a mí a la entrevista dichosa, ya saben, que si te inyectas drogas (JA!), número de parejas sexuales y todo tipo de perversiones que me hicieron sentir como si me estuviera entrevistando un sacerdote del Opus Dei. Al final empecé con las negociaciones
--Oye, te doy 20 dólares si pasas primero a mi hermano
--No, no puedo aceptarlos
--Ándale, ¿qué te cuesta?, es más, te doy 40
--Que no, como eres simple, ¿por qué quieres que pase el primero?
--Pues porque me da miedo, entre más me tarde mejor.
--Ya no seas llorón y fírmale de que viniste voluntariamente
--¿Voluntariamente?, ¿quién te dijo que vine voluntariamente?
--¿No vienes voluntariamente?
--¡No, claro que no!, vine a fuerzas porque van a operar a mi amá, si no pura nada que vengo
--De todos modos fírmale y ya no estés haciendo teatros
Cuando me senté en la cama y empezaron a alistar todo la realidad me golpeó con un upper, en unos minutos más iba a estar donando sangre. Cuando mis venas vieron ese pica hielos que dicen que era la aguja, decidieron esconderse y para que la enfermera las encontrara fue una odisea pero finalmente la sangre poco a poco empezó a fluir. Estaba sudando como condenado y la enfermera trataba inútilmente de tranquilizarme. Por fin, después de mucho sufrir en manos de esa versión moderna de Elizabeth Báthory por fin cumplí mi deber de llenar una bolsita de sangre y era turno de mi hermano que tampoco fue muy valeroso que digamos.
Anduve como 3 días con el brazo encogido y cada que lo estiraba me llegaban los recuerdos y mejor lo volvía a encoger. A la semana llegué al auditorio a buscar al Pedro que estaba jugando basket, me encontré al Ivanillo viendo el juego y me presentó a su novia y ella me dijo como en tono de confidencia
--Ves al güerito que trae la pelota? dijo señalando a mi hermano
--Si, ¿qué tiene?
--Fíjate que mi papá tiene un laboratorio y fue a donar sangre y no sabes que miedoso resultó
--¿En serio? a ver cuéntame
--No, pues dicen las muchachas que hasta se andaba desmayando cuando terminó de donar
--Oye, pero ya se ve grande, de más de veinte
--Si, pero lo peor es su hermano, ese si dicen que era bien miedoso
--¿Más grande el hermano o menor?
--Nooo, mucho más grande, como de treinta dicen
--No puedo creerlo que un hombre de treinta años ande haciendo panchos solo por donar sangre, si no pasa nada, de veras que es increíble que haya gente así, no entiendo para que va a hacer el ridículo si no se sabe comportar
Y mientras yo decía todo esto el Ivanillo estaba al borde de un ataque de risa haciendo hasta lo imposible por aguantarse. Y estábamos en eso cuando el juego se terminó y el Pedro llegó con nosotros
--¿Qué ondas carnal cómo estás?
--Bien, aquí el Ivanillo me acaba de presentar a su novia
--Ay, ¿tú eres el hermano miedoso?
Y soltamos la carcajada el Ivanillo y yo.
Segundo Capítulo
Un par de años después la mamá de unas amigas muy queridas enfermó y la llevaron a Tijuana para su operación y requería donadores de sangre. Así que ahí les voy con todo el miedo del mundo haciendo de tripas corazón.Por supuesto que la espera fue larga, ya saben el pequeño toque masoquista del químico para hacer su día más llevadero y tener de que platicar el viernes en el bar con los compas. O al menos eso creo. Cuando al fin me sentaron de nuevo estaba todo asustado y agarré mi teléfono y le empecé a marcar a todo mundo tratando de conseguir algo de apoyo moral. Y de nuevo el químico me quiso regañar por miedoso, me pregunto si les darán una materia en la escuela que se llame Regaños I o algo así. Total que lo paré en seco diciéndole
Mire doctor, a mi me da mucho miedo esta onda pero la sangre tiene que salir, así que usted haga lo que tenga que hacer para que la bolsita esa se llene y a mi déjeme hacer mis panchos. ¿Entendido? cada quien a su jale.
Y así después de engordar mi recibo del celular y sufrir mucho la bolsita se llenó y de nuevo duré con el brazo encogido como 3 días.
lunes, 14 de abril de 2014
Fer se me olvidó bajar la pistola
Tenía 3 meses que había entrado a Softek cuando me mandaron a visitar a nuestro cliente a Los Angeles. El Fer, llevaba toda la semana dándome más recomendaciones que mi amá cuando salíamos de campamento o a competir en algún deporte. Entiendo que tal vez sería la costumbre de lidiar con gente del interior del país que no están acostumbrados a la frontera, o por lo que haya sido, la verdad es que tanta recomendación ya se merecía una buena broma. Karma le dicen.
Debo confesar que a pesar de habérmelo recordado tantas veces no saqué el mentado permiso I94, que se vayan a la fregada pinches Coreanos sangrones. Obvio que nadie me lo pidió, nunca he sabido de alguien al que se lo hayan pedido. ¿Ustedes si?. Total que sin mayores inconvenientes llegué hasta el estacionamiento del cliente. Pongo a Dios de testigo que hasta ese momento al estar escribiéndole un SMS se me ocurrió una buena broma y cambié mi mensaje original por el siguiente.
Yo sabía que el Fer estaba en ese momento en un curso marciano con gente de Monterrey así que estaría menos tranquilo que de costumbre. Inmediatamente sonó mi teléfono y le rechazé la llamada. Volvió a sonar y se la volví a rechazar. El Fer tenía todos los motivos para creer que el mensaje era real, para empezar venía yo de Tijuana y ya saben la fama que tenemos. Además había un par de detalles más que hacían al mensaje parecer real. Total que no lo hice sufrir mucho, me dió pendiente que a su edad le fuera a dar un infarto y le escribí de nuevo
E inmediatamente después recibí el siguiente mensaje
Y respondí
Ya no volvimos a hablar y me dediqué a trabajar con el equipo del cliente en el plan de trabajo del siguiente año. Todo muy bien, muchas horas de juntas, litros de café y unas cervezas al final del día. Al día siguiente al ir manejando de regreso a Ensenada recibí el siguiente mensaje
Yo pensé que estoy me había ganado el perdón total, pero estaba un poco equivocado. El lunes que me presenté a trabajar al darle mi reporte al Fer me escuchó con mucha atención y me hizo muchas preguntas sobre cómo estaríamos de chamba el siguiente año. Y que se me ocurre preguntarle
Oye Fer, ¿y qué ondas con el mensaje que te mandé?
Hijo de tu pinche madre!, hijo de tu pinche madre!, hijo de tu pinche madre!
Y así se quedó tildeado hasta que le tuve que dar un Ctrl+Alt+Del
Debo confesar que a pesar de habérmelo recordado tantas veces no saqué el mentado permiso I94, que se vayan a la fregada pinches Coreanos sangrones. Obvio que nadie me lo pidió, nunca he sabido de alguien al que se lo hayan pedido. ¿Ustedes si?. Total que sin mayores inconvenientes llegué hasta el estacionamiento del cliente. Pongo a Dios de testigo que hasta ese momento al estar escribiéndole un SMS se me ocurrió una buena broma y cambié mi mensaje original por el siguiente.
Yo sabía que el Fer estaba en ese momento en un curso marciano con gente de Monterrey así que estaría menos tranquilo que de costumbre. Inmediatamente sonó mi teléfono y le rechazé la llamada. Volvió a sonar y se la volví a rechazar. El Fer tenía todos los motivos para creer que el mensaje era real, para empezar venía yo de Tijuana y ya saben la fama que tenemos. Además había un par de detalles más que hacían al mensaje parecer real. Total que no lo hice sufrir mucho, me dió pendiente que a su edad le fuera a dar un infarto y le escribí de nuevo
E inmediatamente después recibí el siguiente mensaje
Y respondí
Ya no volvimos a hablar y me dediqué a trabajar con el equipo del cliente en el plan de trabajo del siguiente año. Todo muy bien, muchas horas de juntas, litros de café y unas cervezas al final del día. Al día siguiente al ir manejando de regreso a Ensenada recibí el siguiente mensaje
Yo pensé que estoy me había ganado el perdón total, pero estaba un poco equivocado. El lunes que me presenté a trabajar al darle mi reporte al Fer me escuchó con mucha atención y me hizo muchas preguntas sobre cómo estaríamos de chamba el siguiente año. Y que se me ocurre preguntarle
Oye Fer, ¿y qué ondas con el mensaje que te mandé?
Hijo de tu pinche madre!, hijo de tu pinche madre!, hijo de tu pinche madre!
Y así se quedó tildeado hasta que le tuve que dar un Ctrl+Alt+Del
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