lunes, 16 de enero de 2017

Irina


Esta historia tiene una segunda parte y la puedes encontrar aquí
https://desiertodesal.blogspot.com/2020/08/irina-me-sigue-amando.html

Irina


Siempre fui un tipo solitario, más bien tímido, tal vez por eso nunca tuve suerte con las mujeres. Sí bien tuve un par de novias, en cuanto las cosas empezaban a ponerse serias algo salía mal y terminábamos. Puede sonar a cliché eso de que las historias siempre tienen dos versiones, pero es cierto, y en mi caso en cuanto empezaba a sentir que me querían controlar salía huyendo.

En general me sentía tranquilo con mi soledad pero ustedes saben que el cuerpo tiene sus necesidades y a veces en las noches de frío no entiende de razones. Así que un buen día decidí comprarme una androide sexual. Real Doll se había asociado con una compañía nueva de robótica de unos ingenieros jóvenes y muy inteligentes, y habían sacado al mercado una nueva serie de muñecas robóticas que ya podían caminar, subir escalones y hablar como si fueran humanas. Transferí dinero a mi cuenta de pay pal y me dispuse a ver el catálogo. No me costó mucho trabajo elegir una muñeca de tez blanca, ojos verdes, voluptuosa y casi de mi estatura. Hice el pago electrónico y el recibo decía que en dos semanas más estaría recibiendo el paquete en mi casa.

Un sábado por la mañana recibí el paquete, pensé que vendría desarmada pero no, era una gran caja con la muñeca en una sola pieza. Firmé de recibido y con curiosidad y morbo procedí a sacarla de la caja. Como pude la senté en el sillón, pesaba casi tanto como una mujer normal, sus fabricantes habían hecho todo lo posible para que no pareciera una muñeca sino una mujer verdadera. En la caja venía un pequeño instructivo para activarla. Primero se instalaba una aplicación en el teléfono, se ingresaba el número de serie de la muñeca y algunos detalles de configuración como el idioma, el acento, su nombre y después se pasaba por un proceso de entrenamiento con mi voz para que aprendiera a obedecer solo a su dueño.

Después de unos quince minutos ya estaba lista. La llamé Irina y hablaba español con un acento ruso bastante sexy. Presioné el botón de encendido, se levantó y dio unos pasos torpemente como si se estuviera calibrando, me dijo Hola y caminó hacia mi, ahora sí, de forma completamente natural como cualquier persona. La abracé y le di un beso, su piel se sentía casi normal. Me sorprendió que no estuviera fría, hasta esos detalles habían cuidado. Así, impresionado y emocionado procedí a disfrutar de mi recién adquirida compañera.

Irina no era un androide tonto, todo lo contrario, conforme pasaban los días iba evolucionando y cada vez su comportamiento era más complejo y a ratos me descubría teniendo conversaciones con ella sin recordar que era un androide. Y es que la arquitectura de su software era tal que aprendía de su entorno y además cada mes puntualmente recibía actualizaciones. Se sentaba, cerraba los párpados y se quedaba totalmente quieta mientras emitía un sonido electrónico que funcionaba de aviso que estaba siendo actualizada y que no se podía mover.

En diciembre salió a la venta una actualización de software para que hiciera también las labores domésticas. Curioso, nunca pensé en ella como una sirvienta pero la actualización no estaba cara y ciertamente la casa se vería mejor un poco más limpia. Di click al botón de comprar y al día siguiente cuando llegué de trabajar el piso estaba recién trapeado y todos los platos limpios
Irina


Los meses fueron pasando y entre el aprendizaje y las actualizaciones Irina parecía cada vez más humana. En las tardes que regresaba a casa me la encontraba sentada en la sala tranquilamente leyendo un libro. Me parecía muy extraño verla leer pero nunca le pregunté nada; curiosamente a pesar de ser una máquina me parecía una invasión a su privacidad. Platicábamos un buen rato y después me preparaba la cena. A veces jugábamos ajedrez pero no era tan divertido porque no le costaba ningún trabajo ganarme y se aburría un poco.

Un sábado se me ocurrió que no sería tan mala idea salir como si fuéramos una pareja normal. Salimos a caminar a la playa e Irina iba feliz de salir de la casa, se mojó los pies en el mar y hasta corrió un poco. Después fuimos al cine, me sentía un poco incómodo de que alguien notara que era un androide, sin embargo creo que más bien nos miraban porque era raro ver de la mano a una mujer tan guapa con un hombre mucho mayor. Irina no lo notó o no le dio importancia. Nos sentamos a ver la película como cualquier otra pareja. Me gustó esta película dijo tranquilamente al salir como si fuera la cosa más natural del mundo y me abrazó bien fuerte. Debo de confesar que nunca había sido tan feliz.

Teníamos un poco más de un año juntos cuando recibí una llamada de unos amigos de la universidad que vivían en España e iban a estar de visita en mi ciudad. Sin pensarlo les ofrecí hospedaje y ellos aceptaron de inmediato. Eran muchos años sin vernos y teníamos mucho de que platicar. Pero estaba el asunto de Irina, ¿qué iba a hacer con ella?. No tenía ganas de dar explicaciones; además ¿qué les iba a decir?, ¿que vivía con una androide y que fuera del trabajo prácticamente solo hablaba con ella?. Así decidí apagarla mientras estuvieran mis amigos en casa.

Irina se sorprendió un poco cuando me vio sacar del cuarto de los trebejos su caja, no la había vuelto a ver desde el día que la encendí. Dejé la caja en el piso y con el teléfono en mano volteé a verla. Cuando se dio cuenta lo que iba a suceder me miró fijamente con un gesto de tristeza ; no pude evitar sentirme culpable pero de todos modos procedí de acuerdo al plan; la puse en su caja, la arrastré al cuarto de los trebejos y la dejé ahí junto con las cajas de adornos de navidad que tenían años sin usarse.

Cuatro días después la volví a encender.
¿Cuántos días me tuviste apagada?
Cuatro, es que estuvieron unos amigos de visita y tenía mucho tiempo sin verlos
¿Y? ¿te avergüenzas de mí?
 No es eso, es que es complicado,
¿Es complicado?, a ver, explícame la complicación
Mira, es que... bueno ya pues, perdóname no pensé que te fuera a molestar
Te perdono pero ni creas que se me va a pasar el enojo así de fácil 

La vida retomó su curso casi normal, pero hubo algunos cambios en el comportamiento de Irina. Empezó a hablarme al trabajo en vez de al celular, como si quisiera asegurarse que estuviera ahí. Si a las ocho no había llegado a la casa invariablemente sonaba mi celular con el consabido ¿a qué horas vas a llegar?, ya es muy tarde para que estés trabajando.

No salía con frecuencia de la ciudad por cuestiones de trabajo, pero esta vez iría a un curso a Canadá y estaba bastante emocionado; no conocía Vancouver y además necesitaba unas vacaciones.
Oye bonita, voy a salir de la ciudad por unos días, voy a Vancouver a un curso
¿Me vas a apagar?
No, ¿por qué, ¿quieres que te apague? pregunté sorprendido
¡Haz lo que quieras! me respondió mientras se daba media vuelta y se metía al cuarto dando un portazo.

A mi regreso de Vancouver su comportamiento se tornó aun más paranoico, ya no pasaba la noche acostada a mi lado sino se quedaba sentada a un lado de la puerta vigilante. Quise desactivar esto mediante la aplicación pero no funcionó.

Al día siguiente durante el desayuno me espetó
Me quisiste cambiar la configuración anoche
Sí, has estado muy intranquila y quise ver si podía mejorar esto 
Pues no me gusta eso y me desactivé esa función  dijo retadora
Tomé aire, reflexioné en silencio cerca de un minuto y le respondí
Ahorita regreso, voy por unos cigarros
A Irina esto le pareció un poco raro porque sabía que nunca he fumado. Tal vez si fuera un poco más humana habría entendido.

martes, 13 de diciembre de 2016

Regalos Olivia

Uno de los primeros recuerdos de mi vida y el primero de la tienda de mi amá es de antes de que esta estuviera en el local que ustedes conocieron. Regalos Olivia empezó pequeñito en un cuartito en lo que ahora es la entrada de nuestra casa. Recuerdo un anaquel de tablas con poquitos dulces y haberle pedido a mi mamá si podía agarrar un paquetito de bolitas de colores rellenas de chocolate y que me dijo que sí. Eso es todo, un breve recuerdo, casi como una postal. Tiempo después vino la compra del local para la tienda al Sr. Ibarra que estoy seguro algunos recordarán como El Lengua de Trapo. A un lado tenía la panadería y del otro la tienda del Carnitas

En la tienda mi mamá vendía artículos para el hogar, como vajillas azucareras y cosas de esas. También tenía su sección de perfumes, otra de joyería de fantasía, relojes, por supuesto juguetes pero mi sección favorita eran las revistas. Eran otros tiempos y nos entreteníamos de otra manera y mi mamá vendía muchas revistas. Lo que más se vendía era el Kalimán, al desempacar la revista lo primero que había que hacer era separar los apartados de los clientes regulares, del Kalimán recuerdo que le guardábamos el suyo al Toto, al Porfi y también al Alfredo Romero para que nos llevara a vender las asaderas tan buenas que hacían en su rancho. El Kalimán por mucho era mi revista favorita. Salía semanalmente y las aventuras duraban unos 30 episodios, casi al final de cada aventura cuando las cosas ya se estaban poniendo muy feas para Kalimán me ponía muy nervioso de que lo fueran a matar y se acabara la revista, pero casi al terminar una aventura partían la revista en dos y empezaban con la nueva aventura antes de terminar la anterior. Esto me hacía sentir aliviado de que al menos iba a haber una historia más.

Había varias otras revistas en el mismo formato que el Kalimán, las dos más famosas eran el Aguila Solitaria y por supuesto el Lagrimas y Risas. Esa no la leía pero hasta la fecha recuerdo que la historia de Rarotonga hizo época. Me gustaba mucho también Batú, que venía en un formato de bolsillo pequeñito. Inolvidable también el Chanoc y las aventuras de la Bruja Hermelinda y el Brujo Aniceto; menos cerca de mi corazón pero tampoco me perdía estaban: la revista Duda llena de ovnis y fenómenos inexplicables, la Zorra y el Cuervo, la Pequeña Lulú, el Pato Donald, y el Condorito. Mención especial merece la Familia Burrón, favorita de mi mamá y que he leído toda la vida, desesperándome por el poco carácter de don Regino, riéndome de las locuras de Borola que por más que la vida le jugara chueco se pandeaba pero no se rompía. Increíble su aventura cuando hizo un helicóptero de madera con el motor de la licuadora que siempre la sacaba de apuros. Podría hacer un recuento de todos sus personajes pero eso será historia de otra ocasión.

Las fotonovelas también tenían mucho éxito, casi todas eran historias de amor con excepción de la fotonovela del Santo que se peleaba contra los malos en fotos a blanco y negro. De las revistas políticas recuerdo el Siempre y los primeros años del Proceso. También vendía revistas para mujer como el Cosmopolitan, Vanidades y Kena. Lo que nunca pude entender por qué se vendía tanto era el Alarma, revista de nota roja con un lenguaje muy peculiar y con más sangre que tinta.


La navidad era una época especial para mi familia y para la tienda. En aquellos tiempos eran épocas de mucho trabajo. La sala de la casa se llenaba completamente de cajas hasta el techo y había que desempacar, verificar que coincidieran los pedidos, checar apartados, ordenar todo en la tienda. Llegaban todo tipo de cosas pero a mí lo que más me emocionaba por supuesto eran los juguetes. La verdad es que en ese sentido fui privilegiado. Tenía un chorro de juguetes, sobre todo soldaditos de plástico, aunque esos no eran regalos de navidad, cada que podía le pedía una bolsa de a dólar a mi mamá, y llegué a tener dos ejércitos de regular tamaño que poníamos a combatir usando canicas como artillería.

La tienda en esos días era un hervidero de gente, durante todo el año la tienda la atendía mi mamá ayudada primero durante unos años por Lidia Verdugo y después Socorro La Güera Valencia. Pero en la temporada navideña siempre le ayudaban algunas muchachas, a veces hasta 6 porque era mucho lo que había que empacar. Recuerdo, aunque pudiera equivocarme a Cristina Zamora, Paty Davis, Lupita German, Lupita Sánchez. Disculpen las que me faltan, fue hace muchos años.

El mero 24 mi mamá siempre cerraba más tarde y llegaba muerta a la casa a cenar, ya saben, el tradicional pavo con un relleno que le quedaba riquísimo a mi abuela, llegaban amigos a saludar a la casa o nosotros salíamos un rato. Mi padrino Agustín Martínez y mi madrina China, Wulfrano Mendoza, Salvador Cruz, los Baiza, Pancho y Estela Ibarra, Rodolfo y Lety Ríos son algunos de los amigos que recuerdo que veíamos en esas fechas.

Para mi mamá creo que la tienda no fue nunca un negocio sino un pretexto para ver a sus amigas. Todas las mañanas salía rumbo a la tienda con su jarra de café para las visitas. El grupo de amigas no siempre sería el mismo pero si llegaban a la tienda a las 11 de la mañana seguro encontraban a dos o tres amigas tomándose un café y comentando las novedades del pueblo. Muy probablemente serían Tere Baiza, Toñita Flores, Estela Patiño o Lety Ríos, pero como les digo, a lo largo de tantos años fueron muchas amigas las que circularon por ahí. Ahora la tienda ya está cerrada y mi mamá vive en Ensenada, pero a sus amigas las sigue teniendo en el corazón y les habla cada que encuentra pretexto, aunque ya no tomen café juntas.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Los amorosos en Tijuana

Llegué a Tijuana unos meses antes del primer festival hispanoamericano de guitarra. En aquellos tiempos Ensenada ya era una ciudad con una vida cultural rica y de Tijuana no sabía muy bien qué esperar. El primer evento al que asistí fue a dicho festival; iba a tocar Pepe Romero así que me supuse que el Cecut iba a estar abarrotado. Nada más lejos de la realidad. La sala estaba prácticamente vacía, tal vez seríamos unas 10 personas, 15 exagerando. Pepe se había cortado un dedo y nos pidió disculpas porque iba a batallar para tocar pero no se rajó. Fue un concierto muy bonito, ahora sí que íntimo, como diría una doña pretensiosa; éramos tan poquitos que, como si estuviéramos en un bar hubo hasta complacencias y un par de bromas con el público. Salí confundido; era Pepe Romero, de los Romero ¿y fueron diez personas a verlo?, ¿en serio este es el público de este pueblo?

Tiempo después, no recuerdo cuánto, en el Cecut se iba a presentar Jaime Sabines a leer su poesía. El evento empezaba a las 5 de la tarde y yo a las 4:45 todavía estaba en la oficina. En esa época trabajaba en Otay, cerca de la garita y el Cecut no me quedaba cerca, pero no me preocupé, si para un evento de guitarrra no fue nadie, seguro que a una lectura de poesía menos van a ir. Supuse que el evento empezaría tarde y que habría lugar de sobra para sentarme.

Llegué al Cecut a las 5:15 aproximadamente y había una turba en la entrada. Las puertas estaban cerradas y ya no podía entrar nadie. ¿Qué pasó?, ¿acaso están regalando billetes de 20 dólares?. Tal vez estaríamos unas ciento cincuenta personas tratando de entrar a la sala principal del Cecut, muchos gritando y reclamando ¡Queremos cultura!. Estabamos incrédulos de lo que estaba sucediendo, ¿en serio no íbamos a poder entrar?. Y empezaron los empujones y los gritos aumentaron de tono.
Abran la puerta putos!, queremos cultura!
Y empezaron a empujar la puerta y como en concierto de rock hubo portazo. No les quedó de otra a los del Cecut que abrir la puerta.

Cuando entré a la sala Don Jaime ya estaba en el escenario, sentado en una mesita sencilla, con un vaso de agua y en sus manos un ejemplar del Nuevo recuento de poemas. Por supuesto que ya no había asientos libres, los intrusos nos sentamos en el pasillo tratando de ocupar el menor espacio posible para que cupiéramos todos. Un maestro idiota se quiso poner a explicarle a sus alumnos algo pero lo callamos de inmediato. Habrase visto la imprudencia.

Don Jaime leía y todos calladitos escuchando sus versos tan familiares, compañeros de amores y de tristezas. Impresionado de estar viendo una leyenda perdí la noción del tiempo. Cuando terminó de leer hubo la oportunidad de pedirle un autógrafo. Se hizo una fila larga, larga, larga. Yo no llevaba libro para que me autografiara pero aproveché que todo mundo se levantó para sentarme cerca del escenario y estuve un rato viéndolo firmar y pensando en lo mucho que me había sorprendido Tijuana esa tarde.

sábado, 29 de octubre de 2016

Hace cinco días

Hoy hace cinco días que nos dejaron un niño muerto en la entrada del edificio. Raquel encontró su cuerpecito desnudo de tintes azulados, no sé si por el frío o así sea la muerte, nunca me había tocado verla tan de cerca. Entró al departamento gritando como loca buscando una cobija para taparlo mientras marcaba a la policía, pero el teléfono se le resbalaba entre los dedos de la desesperación y los nervios. Bajé con ella y fui yo quien cubrió al niño con el cobertor más grueso que pudimos encontrar, como si esto le fuera a quitar el frío. Al verlo de cerca noté que su piel tenía cientos de cortadas muy finitas en patrones extraños pero no salía sangre de estas. Quise observar con más detalle pero la policía se acababa de estacionar enfrente y no quise causar alguna sospecha.

Llegó la ambulancia y se lo llevaron sin darnos mayor detalle; después un ministerial llegó a tomarnos la declaración. Se tomó su tiempo para sacar una dona de su bolsita, darle un trago al café, sentarse y con trabajo acomodar la libretita y la pluma, que se le resbalaba al hacer malabares con sus dedos regordetes por no querer soltar la dona. Realmente no teníamos gran cosa que decirle y él después de unos minutos prefirió regresar al calor de la estación de policía que resolver el asesinato de un niño de la calle.

Los primeros dos días después del suceso fueron difíciles para Raquel que no pudo dormir, ella tuvo una infancia muy difícil y esto le trajo recuerdos nada gratos. La noche del tercer día el teléfono empezó a timbrar como a eso de las 2 de la mañana; extraño, por lo regular le bajamos el sonido para que no nos despierte, esta noche se nos debe de haber olvidado. Decidí no contestar, estaba haciendo mucho frío a pesar de que apenas estábamos en Octubre, y no me dieron ganas de levantarme. Solamente timbró tres veces y ya no volvió a sonar, intenté volverme a dormir pero apenas habrían pasado unos cinco minutos cuando alguien tocó a la puerta desesperadamente. De un brinco me levanté, saqué la pistola del cajón y ante la mirada asustada de Raquel fui a ver qué sucedía.

-- Espérate, no abras Roberto
-- No voy a abrir, pero tengo que ir a ver qué es lo que pasa
-- Me da miedo
-- No va a pasar nada, llevo la pistola y no voy a abrir, si pasa algo le hablamos a la policía
-- Mejor les hablo de una vez, me da mala espina

En eso volvieron a tocar, está vez más fuerte y escuchamos una voz de mujer desesperada gritando
-- ¿Dónde está?, ¿dónde está?
Una vez más silencio

-- No me importa qué pienses, le voy a hablar a la policía
-- Sí, tienes razón, pero de todos modos voy a ir a ver 

-- Dicen que van a mandar una patrulla
-- Está bien pero no se ve nada
-- ¿Qué quieres decir?, ¿y la mujer?
-- No sé, acá afuera no se ve, voy a salir a buscarla
-- ¡Qué salir ni que nada, tú te quedas adentro hasta que llegue la policía!
-- Raquel, se oía bien desesperada
-- Esto no es una discusión, te estoy diciendo que no vas a salir y punto, esa puerta no se abre mientras no llegue la policía.

El teléfono volvió a timbrar y Raquel contestó

-- ¿Bueno?
-- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
-- ¡Ay Dios mío!  Gritó Raquel y soltó el teléfono, acto seguido arrancó el cable y se soltó llorando

-- Tengo mucho miedo  me dijo sollozando
-- No te preocupes, todo va a estar bien mentí porque yo también estaba muy asustado.

Para variar la patrulla no llegó y nos quedamos dormidos casi al amanecer. Nos fuimos a nuestros respectivos trabajos ya muy tarde y acordamos regresar juntos a casa al finalizar el día.

-- ¿No te da miedo entrar a la casa?
-- Sí, un poco pero me aguanto, para eso soy macho ¿no?
-- ¡Ja!, muy macho has de ser, no me hagas reír, pero bueno, tú vas por enfrente

Entramos a casa y todo se veía normal, cenamos y hasta pudimos ver una película tranquilamente. Todo parecía normal hasta que entré al baño y encontré que en el espejo estaba escrito ¿DÓNDE ESTÁ? con pintura negra. Me salí caminando de espaldas despacito, Raquel estaba preparando chocolate caliente y me gritó

-- ¿Qué pasó?, ¿todo bien?
-- Sí, no te preocupes
-- Bueno, vente a ver otra película, el chocolate ya va a estar
-- Ahorita voy, deja limpio algo que tiré en el baño
-- Te apuras
-- Sí amor, ya voy

Fui al cuarto de los cachivaches, tomé la lata de thinner y armándome de valor regresé al baño a borrar el mensaje. Afortunadamente la pintura no estaba muy pegada  y con un simple trapazo con poquito thinner se borró. No sabía si decirle o no a Raquel porque por fin tenía un rato de tranquilidad y no se lo quería echar a perder. Hacía poco que nos habíamos mudado a esta ciudad y no tenemos amigos con quienes nos pudiéramos ir a pasar la noche y nuestras maltrechas finanzas no daban para un hotel. Así que decidí mejor guardar silencio.

Esta es la quinta noche desde el suceso; la casa está tranquila y no hay llamadas ni mensajes por ningún lado, parece que por fin vamos a poder dormir. De nuevo hace mucho frío, Raquel me abraza y me dice al oído

-- Tengo mucho frío, ¿no puedes ir a hacer pipí por mí?
-- No, levántate no seas floja
-- Ash, no tengo ganas de levantarme
-- Ni modo, tejones porque no hay liebres

Y sin ganas y con frío se fue al baño; pero regresó casi inmediatamente

--Roberto, ven, ¡levántate!
-- ¿Qué pasó?
-- Que te levantes te digo, con una chingada hazme caso, hay un niño en la sala

Nos acercamos a la sala y ahí estaba el niño muerto viendo tranquilamente la televisión;  con su uniforme escolar desaliñado y tan solo faltaba su mochila tirada a un lado para que pareciera que acababa de llegar de la primaria.

-- ¿Qué estás viendo? le preguntó Raquel que siempre ha sido muy niñera
-- Bob esponja, me da mucha risa Patricio, respondió y volteo a vernos despreocupadamente como si nos conociera de toda la vida. Raquel se sentó a un lado como si fuera la cosa más normal, yo me quedé parado sin saber qué hacer. Después de unos minutos le preguntó
-- ¿No quieres que te prepare un chocolate caliente?
-- Sí muchas gracias, tengo mucho frío
-- Bueno, voy por un cobertor para que te calientes y luego te preparo tu chocolatito.

Cuando Raquel entró a la cocina la seguí y cerré la puerta para que el niño no nos oyera

-- Raquel ¿qué estás haciendo?
-- Un chocolate caliente, ¿quieres que ponga para ti también?
-- Raquel ese niño está muerto
-- ¿Te parece muerto a ti?, yo lo veo bastante vivo
-- ¿No lo viste tú también? es el niño que nos encontramos tirado afuera
-- Yo no sé nada, para mí es un niño con frío que está viendo Bob Esponja y solo eso, ya le llevé su cobijita, ahorita le llevo su chocolate y por favor no estés haciendo dramas.
-- Raquel ese niño está muerto
-- Ya madura Roberto, es un niño

Nos sentamos los tres a ver las caricaturas y de la nada el niño nos dijo

-- Ustedes me caen bien, ¿me puedo a quedar a vivir aquí?
-- No, le dijo Raquel, tienes que regresar con tus padres, tu mamá te anda buscando
-- ¡No por favor, no dejes que me encuentre, no dejes que me encuentre! 

Y se soltó llorando, Raquel lo abrazó cariñosamente tratando de calmarlo. Cuando por fin se tranquilizó un poco empezó a hablarle al oído; yo miraba la escena asombrado de ver cómo poco a poco le cambiaba el rostro a Raquel, sus facciones se endurecían y apretaba la quijada. En eso de nuevo tocaron a la puerta, los mismos golpes desesperados y los gritos

 -- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!  ¡¿DÓNDE ESTÁ?!  ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
 -- Hija de la chingada Dijo Raquel mientras se paraba de un brinco
-- ¡No dejes que me lleve! por favor, por favor,
-- Quédate aquí y no te muevas, y tú tampoco me dijo mientras me señalaba con el dedo de forma amenazante

Como un torbellino entró a la cocina, salió hecha una furia con el rodillo de las tortillas de harina en la mano, abrió la puerta de la casa y se encontró frente a frente con la mujer

-- ¡¿DÓNDE ESTÁ?!
-- Qué dónde está ni que la chingada  le dijo mientras la daba el primer golpe con el rodillo en la cabeza. Fue un impacto duro, directo y la mujer cayó de bruces. Como poseída le dió otros cuatro golpes fuertes, dos en la sien, uno en la nariz y otro en la boca; la mujer escupió algunos dientes y gimió despacito
-- A mi niño no lo vas a volver a ver, ¡¿me oíste perra?! Gritó Raquel y le dió una patada en la cara para enfatizar su punto.

Cerró la puerta, nos miró y nos dijo
-- Denme un minuto para reponerme del coraje
-- Está bien Asentimos los dos medio asustados.

Más tarde ya tranquilos todos Raquel le preguntó
-- ¿No te quieres ir a dormir? ya te preparé tu cama
-- Sí, gracias, ya tengo sueño
-- Vamos, te acompaño

Antes de irse al cuarto el niño me abrazó y me dijo
-- Gracias, eres muy bueno. Su cuerpecito estaba helado, de nuevo me asusté y no atiné a decir nada, él, notando mi nerviosismo solo sonrió y se despidió. Buenas noches

Raquel lo acompañó a su cuarto y se quedó un rato más platicando, yo solo alcanzaba a escuchar a veces las risas pero sin alcanzar a entender lo que decían. Cuando por fin salió del cuarto de visitas Raquel se miraba tranquila y contenta.

-- Tráete un slepping, vamos a dormir aquí en la sala
-- ¿Y eso?
-- Vamos a cuidarlo, y estando aquí me voy a sentir más tranquila

Por la mañana fui al cuarto a buscarlo, pero no estaba en su cama, tan solo estaban sus zapatos
-- Raquel el niño no está
-- Déjame dormir otro ratito
-- Pero te digo que el niño no está 
-- No te preocupes, Federico ya está bien
-- ¿Federico se llama?
-- Sí, dame cinco minutitos más ¿sí?

Y se dio la vuelta y se volvió a dormir. Más tarde mientras desayunábamos le dije
-- Dejó sus zapatos
-- Sí, son para ti, me dijo que son para que lo recuerdes, a mí me hizo un dibujito dijo divertida mientras se servía un vaso de jugo de naranja como si no hubiera pasado nada.



 

martes, 25 de octubre de 2016

Sombras

Los eventos que procedo a relatar sucedieron tal y como los cuento; unos pensarán que son fantasía, otros que les quiero tomar el pelo y algunos, no sé si muchos o pocos, caminarán con más cuidado en las noches frías de  Guerrero Negro.

El Beto Gutierrez es mi amigo desde los tiempos en que yo era estudiante y él prefecto de la prepa. En ese entonces lo visitaba con frecuencia y cuando me fui a estudiar a Ensenada en las vacaciones que regresaba a Guerrero su casa era visita obligada. Platicábamos mucho de política y de literatura, también un poco sobre ciencia y tecnología, a ambos, tal vez influenciados por Aldous Huxley nos preocupaba el futuro aunque estábamos lejos de prever lo mucho que iba a cambiar nuestro entorno.

Por lo regular llegaba de visita en la tarde y me quedaba hasta ya entrada la noche. Me regresaba caminando a mi casa sin ningún pendiente puesto que en aquella época en Guerrero Negro no pasaba nada. No estaba tan cerca como antes que vivía a una cuadra de mi casa; el Beto ya se había mudado cerca del Cet del Mar y nosotros habíamos dejado la casa de exportadora para irnos a vivir a un lado del Carnitas, pero de todos modos eran solamente unos quince minutos caminando, nada de qué preocuparse.
El Beto en la entrada sur de la prepa


Una de estas noches camino de regreso a mi casa, ya casi para llegar a la Marcelo Rubio me dieron ganas de orinar, iba por el baldío que está a un lado de la escuela y como vi una sombra de alguien que venía atrás de mí pensé en esperar a que me pasara para encontrar un rinconcito en lo oscuro y relajar el cuerpo.

Disminuí el paso para que me pasara porque ya me andaba, pero entonces la sombra también lo hizo. Entonces ya no me gustó y me detuve y me volteé a  ver quién era. Pero solo estaba la sombra detenida en la misma posición que la mía. Dí un par de pasos y la sombra los dio también, así que debía ser también sombra mía pero algo había raro en el ángulo en que se proyectaba. Me detuve y se detuvo. De pronto levanté un brazo y la agarré descuidada y tardó un poco en levantarlo también. Alguien debía de estarme jugando una broma pero miraba las casas alrededor y no miraba nada que pudiera producir esta sombra.

Como de plano ya no aguantaba me valió gorro la sombra y agarré un rinconcito para orinar, ahí de plano la sombra ya no se preocupó en copiarme, solamente estaba parada a un lado mio. Terminé mi asunto y empecé a caminar y la sombra de nuevo a seguirme. Iba yo muy valiente pero al llegar a la primaria la luz de los focos de la calle ya no llegaba e iba a entrar a un área oscura. Ahí fue donde me agarró el miedo. Me solté corriendo como loco y no me detuve hasta llegar a la carretera por detrás de la gasolinería del Humberto Ibarra. Un par de segundos después llegó la sombra que también venía corriendo. Afortunadamente en eso pasó mi compa Rogelio Beltrán y me dio raite a la casa y esa noche la sombra ya no me molestó. No estaba tan asustado, pero debo de reconocer que sentí alivio de no volverla a ver esa noche.

Regresé de mis vacaciones a Ensenada y una noche regreso de casa de mis compas los Micheles me la encontré de nuevo, esta vez no hizo ningún intento de imitarme, al contrario, levantó un brazo en seña de saludo. No lo pensé mucho y salí corriendo, llegué a la casa y prendí todas las luces esperando verla entrar por debajo de la puerta. No fue así. Menos mal.

Después de esta ocasión no la he vuelto a ver, no sé que era y no tengo ganas de averiguarlo.


*Dedicada con cariño para el Beto.


sábado, 8 de octubre de 2016

El Gigio

El Gigio me dio clases de música en la secundaria y sin lugar a dudas fue el maestro que me dejó una huella más profunda de aquellos tiempos en los que estábamos más ocupados en reírnos, vagar y hacer desmadres que otra cosa. Tal vez porque estaba chavo resultaba más o menos fácil verlo un poco menos intimidante que el resto de los maestros; sin embargo, a pesar de la confianza que nos teníamos el trato siempre fue el de maestro y alumno, algunas veces bromeábamos pero siempre manteniendo el debido respeto.

El Gigio de maestro en la secundaria (1982)
 En primer año nos enseñó a leer una partitura y por supuesto a tocar la flauta dulce, esa de la que tantas bromas acerca de su utilidad se hacen ahora. No sé cómo pero me volví un apasionado de tocar la flauta. A mi familia no le debe de haber hecho gracia porque la tocaba a todas horas y no les daba un momento de descanso. Y así, después de mucho ensayar entré a la estudiantina.

A la estudiantina íbamos a ensayar por las tardes, hombres y mujeres de los tres grados. Teníamos un tololoche, un acordeón, unas mandolinas, muchas guitarras y flautas y por supuesto el coro. El ambiente en los ensayos era muy bonito; bromeábamos pero practicábamos duro y con seriedad y supongo que esto se notaría a la hora de tocar. Con la estudiantina nos invitaban a tocar a cuanto evento había en el pueblo: el grito, 20 de noviembre en el estadio, día de las madres, visitas de alguna autoridad y seguido en la asamblea de los lunes. Una vez fuimos al Vizcaíno creo que a un concurso de interpretación del himno nacional, pero no me crean mucho, no me acuerdo tan bien.

Cuando iba en primer año hubo un concurso de grupos musicales de escuelas secundarias a nivel nacional. La primera fase consistía de ir a La Paz y el ganador ahí iría al Distrito Federal a una presentación. Allá para nuestra fortuna ya no sería concurso, como pudimos atestiguar después.

Ir a competir a La Paz se nos hacía complicado porque en esa época tenían fama de localistas y sinceramente no pensábamos en ganar, pero de todos modos ensayamos con mucho entusiasmo. Nuestro prestigio no lo íbamos a devaluar por culpa de los jueces. Para nuestra sorpresa ganamos, de hecho del viaje a La Paz lo único que recuerdo es el momento en que Eva Luz me abraza y me dice que éramos ganadores y entramos corriendo emocionados al teatro. ¡Vámonos al DF!

No sé qué tanto habrán tenido que hacer el Gigio y el resto del personal de la secundaria para costear el viaje, supongo que exportadora habrá puesto una buena lana, porque éramos muchos y nos fuimos en avión, pero por mucho que haya puesto exportadora, estoy seguro que debe de haber sido muy grande el esfuerzo y a más de 35 años del evento creo que se siguen mereciendo un aplauso.

En el DF primero llegamos a un hotel que mis recuerdos me dicen que era la casa del estudiante sudcaliforniano, aunque parecía más hotel que otra cosa. Estábamos bastante cómodos pero la comida era muy mala y nos hartó muy rápido. Se me ocurrió subirnos al techo para desde ahí buscar otro lugar dónde comer. Como a 3 o 4 cuadras se miraba un parquecito y le dije al Everardo que seguro a un lado del parque habría dónde comer y un grupito como de 6 o 7 chamacos nos dimos a la tarea de ir en una expedición al parque en busca de comida menos mala. Encontramos un burguer king y devoramos lo que nos sirvieron, en la mesa de al lado estaban sentadas unas chilanguitas también de secundaria fumando bien tranquilas y quitadas de la pena. Esto nos impresionó mucho porque para nosotros fumar tenía el aire de travesura y era algo que se tenía que hacer a escondidas.

El evento duró tres días y a nosotros nos tocó presentarnos el segundo día. Como la entrada era gratis fuimos a ver a las otras secundarias el primer día. Realmente había grupos muy buenos, del DF había más de una secundaria y me parece justo porque realmente traían muy buen nivel, algunos de plano casi casi eran orquestas, con violines, tubas, clarinetes y cuanta cosa se puedan imaginar. Les digo, ¡qué bueno que no era concurso!

Al día siguiente nos tocó nuestro turno, el Gigio estaba super nervioso, creo que el resto de nosotros no tanto, tocar en la sala principal de Bellas Artes en nuestra ignorancia no era tan impresionante. Después del concurso en La Paz a una de las canciones que tocamos le añadimos un corito para que sonara más alegre, pero justo antes de salir a escena el Gigio nos pidió que lo canceláramos, creo que se le hizo muy solemne el escenario y nosotros muy poquitos como para que hiciera diferencia.
Yo en el pasillo de Bellas Artes

Cuando salimos a escena nos presentaron como la secundaria que venía del rincón más alejado del país y creo que no estaba muy equivocado el presentador. Y ahí nos ven, a unos 20 chamaquitos de Guerrero Negro parados en el escenario de la sala Benito Juárez del palacio de Bellas Artes. Me gustaría poder nombrar a todos los que fuimos, pero la verdad es que estaba muy chavo y mi memoria me traiciona.

El Gigio agarró aire y con cara de ¡ayúdanos Dios mío! empezó a mover la batuta y nosotros a tocar. Todo salió bien, nadie se equivocó y nos aplaudieron mucho y el Gigio pudo relajarse. Hasta ahí todo bien, lo malo vino después que tuvimos que cambiarnos de hotel y fuimos a dar a un hotelito de mala muerte pero eso ya era lo de menos.

De regreso a Guerrero Negro nos invitaron a tocar en muchos lados, es más, ¡hasta en el canal 8 salimos! Por supuesto que el siguiente año estábamos todos emocionados de ir a competir, incluso empezamos a ensayar para esto pero algo sucedió que de un día para otro el Gigio nos dijo que no íbamos a ir ni siquiera a La Paz porque estaba muy complicado. Apenas los que vivieron la organización de estos viajes saben el tamaño del problema. Obvio que nos dolió pero no nos deprimimos, ni dejamos de tocar. Junto con el Porfi Duarte y Rogelio el Guto Beltrán formamos el trío Galaxia y tocábamos música latinoamericana cada que había oportunidad. El Gigio solo nos supervisaba y nos daba consejos de cuando en cuando pero ya éramos más bien independientes.

Ahora bien, el Gigio antes que maestro era músico, esa era su pasión y siempre anduvo correteando el éxito, a veces con grupos y a veces como solista. No sé cuántos discos grabaría, será cuestión de revisar los cassetes de mi amá porque en casa siempre compramos su material. Qué ganas de escuchar de nuevo la canción de Hey doc Lagarde. Sus temas eran los míos.

No puedo decir que después de la secundaria nos frecuentábamos, pero cuando nos veíamos nos daba mucho gusto y platicábamos un buen rato. Yo siempre le tuve gran aprecio y admiración y estoy seguro que él se sentía orgulloso de que hubiera sido su alumno.

Me dicen que antes de su fallecimiento había sido seleccionado para participar en La Voz México. No sé los detalles y me duele mucho que su gran oportunidad se le haya escapado de esta manera. Sin embargo nos dejó su ejemplo, su alegría, su amor por la música y nuestro pueblo y por eso querido amigo, te doy las gracias.




sábado, 24 de septiembre de 2016

El Carnitas


Hablar de un personaje como Francisco Artemio Baiza mejor conocido como El Carnitas, no es cosa fácil y tal vez como en muchas otras ocasiones lo mejor será empezar por el principio. El Carnitas llegó a Guerrero Negro junto con el Toto, no sé si Pancho trajo al Toto o al revés, creo que la respuesta depende de a quién le pregunten. El caso es que es uno de los comerciantes fundadores de Guerrero Negro.

Los Baiza siempre han sido muy cercanos a mi familia, Sofía fue mi compañera durante toda la escuela, Rubén (el Panchito) y yo compartimos casa durante varios años en la universidad, mi mamá y Tere son comadres y por supuesto Pancho, el Carnitas siempre ha tenido un lugar especial en nuestra casa. Además la tienda del Carnitas está a un lado de la de mi mamá, así que fui su cliente desde siempre.
Sofía, Rubén, Lety y Carla
El Carnitas y su tienda son personajes inseparables en mi memoria, esa tienda mágica donde no solo había dulces y futbolitos sino cuanta cháchara se puedan ustedes imaginar. Era punto de reunión de mi tío Alfonso, Memito González y muchos otros personajes del pueblo.

Los primeros recuerdos que tengo del Carnitas y su tienda  son de las famosas cartitas de luchadores. ¡Dios, cómo me gustaban esas cosas! Primero comprabas el álbum donde venían espacios para todos los luchadores.
Si lo llenabas lo podías cambiar por alguno de los premios que Pancho tenía pegados en la pared atrás de la caja. Ya visto a la distancia no entiendo por qué alguien cambiaría su álbum todo chingozote por un premio que hasta donde mi memoria alcanza estaban medio chafones; pero en fin, así eran las cosas. Las cartitas de los luchadores venían en unas hojas grandes como de estampillas y te las vendía volteadas cara abajo, así no podías saber qué luchadores te iban a tocar en los 5 pesos de cartitas que comprabas. Por supuesto que te salían muchas repetidas y pues a cambiarlas por las que te faltaran. No recuerdo cuales eran las más difíciles de conseguir, supongo que serían Santo y Blue Demon, la más común por mucho era la del Matemático, de ese canijo cada que compraba de seguro me salía al menos una.



De los futbolitos como tantos otros chamacos también fui un adicto. Se llenaba la tienda de morros haciendo reta: de apuesta, de él que pierda paga, sin parar la pelota, uno contra uno, dos contra dos. Aprendí a jugar más o menos bien y hasta la fecha es raro que pierda un juego contra alguien que no sea de Guerrero Negro. Cuando estábamos en la universidad y compartíamos casa en Ensenada el Rubén y yo nos íbamos a un bar que tenían un futbolito a jugar de apuesta de cerveza. Pagábamos la primera cerveza cuando llegábamos y las siguientes siempre eran cortesía de los incautos que aceptaban jugar contra nosotros.

Pero regresemos a Guerrero Negro. La partida de futbolitos costaba un peso y te salían 5 pelotas, por supuesto que chamacos a fin de cuentas, tratáramos de hacer trampa para jugar más sin pagar. Había tres métodos: El primero era meter la mano rápido por la portería cuando alguien metía gol. El segundo era meter un fleje de metal por encima de la palanca para levantar el seguro y poder presionar sin echarle dinero y el último y más difícil era meter la mano por donde salían las pelotas y levantar el seguro. Yo nunca pude pero un amigo que no voy a nombrar porque ahora es maestro y para que no diga que lo quemo con sus alumnos, era buenísimo para esto, en menos de dos segundos se agachaba metía la mano y pum!, mágicamente salían las pelotas. Existe la leyenda urbana de que podías echarle una moneda amarrada con un hilo pero nunca vi que alguien lo hiciera.

Por supuesto que esto no le hacía gracia a Pancho, que se daba sus vueltas para regañarnos y hacer un poco de coraje. Quihubo quihubo cabrón!, decía cuando descubría a alguien haciendo trampa. Lo cual era cosa de todos los días. Me gusta pensar que se divertía un poco de batallarnos, así me siento menos culpable de los corajes que le hacíamos pasar.

Pancho era muy peludo y le encantaba andar sin camisa. Además no le hacía mucho el frío; cuando estábamos en la secundaria y tomábamos el camión muy temprano en la esquina de la capitanía de puerto seguido veíamos a Pancho acostado encima del cofre de su carro sin camisa esperando que salieran Sofía y Lety para llevarlas a la secundaria y nosotros muertos de frío nomás de verlo. Era tan peludo que una vez se rasuró una cruz en el pecho, y si le preguntabas el por qué te contestaba medio en serio medio en broma Yo no fui, fue un milagro.

Pancho, Sofía y Carla
 Ya en la prepa iba con Pancho por sodas y a platicar un rato, y en las fiestas de navidad y año nuevo siempre iba a la casa a pasar un rato con nosotros. La última vez que lo vi fue en la boda de Sofía y mi negro. Ya está muy grande y no me reconoció. No te preocupes Pancho, yo no te olvido. Un abrazo.

Con cariño para toda la familia Baiza.