lunes, 3 de enero de 2022

El Onasis

El Onasis siempre fue mi amigo a pesar de la diferencia de edad; no sé si fue el beisbol o lo traviesos lo que nos unió, pero desde que vivíamos en Guerrero Negro jugábamos beis y hacíamos babosadas y nos reíamos muy a gusto. Aunque cuando convivimos más fue en nuestros días de universitarios. Aquí les dejo tres bonitas anécdotas de esos tiempos.

Tú, tú y tú 

Onasis Talamantes
Como ustedes bien saben, el Onasis era muy bueno para pichar y en Ensenada jugaba con el equipo de la UABC. En la ocasión que les voy a contar, andaba en un nacional de universidades e iba a ser el picher abridor de la final. Un día antes del juego estaba acostado en un catre a un lado de la piscina del hotel. Ya había varios botes vacíos a su lado. En eso pasó el rector, junto con el director del Dadyr (departamento de deportes de la UABC), y el Güero Martinez, que creo que en esos días era algo de bienestar estudiantil. Oye, ¿ese no es tu picher estrella, el que va a abrir mañana? le preguntó el rector al del Dadyr, y este respondió tartamudeando, Ahorita le voy a hablar a su entrenador. 

El Onasis había escuchado la conversación y les dijo, no, no, no, al Sibori ni lo molesten, y les voy a dar tres razones: una, no me está pichando las cheves, dos, no me está haciendo manita de cochi para que me las tome, y tres... después de batallar un poco, no pudo encontrar una tercera razón y finalizó,  además tú, tú y tú chinguen a su madre, les dijo al rector y compañía. El día siguiente pichó su último juego para la UABC

Los Choyeros

Resulta que una vez se nos ocurrió hacer equipos de softbol y basket para el torneo intramuros de la UABC con pura raza de Guerrero Negro. Tal vez se me pase alguno pero hasta donde recuerdo estábamos: El Gabino, la Foquita, el Tony, el Onasis, el Pepe Ibarra, el Nando, el Baiza, el Pizcuacho, el Cuak y yo.

El primer día nos tocó doble juego, primero de basket y luego de soft. El de basket lo perdimos apenitas, pero en el de soft nos pusieron una chinga unos batos de contabilidad y administración. El Onasis los conocía y nos dijo que eran puro bato de la selección. De cualquier modo no nos deprimimos y nos fuimos muy contentos a echarnos unas cervezas a la casa del Onasis por la Ruiz. No sé a quién se le ocurrió rentar una película, y con pizza y cerveza en mano nos dispusimos a ver Los pelotones de mi general. Ya saben, éramos pura gente fina y conocedora.

Y pues ahí nos tienen rumiando las derrotas de la mejor manera posible cuando oímos al Gabino hablando al radio

- Buenas tardes señorita, quisiera ver puede mandar un saludo
- Sí, cómo no, ¿a quién?
- Somos un equipo deportivo de Guerrero Negro, en Baja California Sur, vinimos a competir en softbol y basketbol y hoy quedamos campeones en ambas cosas
- ¿Y cómo se llama el equipo?
- Somos los Choyeros de Guerrero Negro
- Va pues un saludo para los Choyeros, un equipo que vino de lejanas tierras a competir, ¡y se va con primeros lugares!

 Y mientras tanto nosotros atacados de la risa y la Nina haciendo corajes con el Onasis quién sabe por qué

Incendio en el aeropuerto

Esa vez el Onasis había ido al oculista a que le hiciera quién sabe qué cosa y Zarina no lo dejaba salir y ya tenía días encerrado y estaba muy, pero muy enfadado. Total que me habló por teléfono al trabajo y urdimos un plan. Iba a pasar yo por él y le íbamos a decir a su mamá que me tenía que acompañar a la biblioteca a sacar un libro porque mi credencial de estudiante estaba vencida y no la había renovado todavía. 

Llegué por el Onasis con la cara más inocente que tenía, Zarina me echó una mirada de desconfianza pero finalmente accedió a darle permiso, sospecho que el hecho de que mi mamá fuera su comadre influyó en la decisión. Por supuesto que no fuimos a la biblioteca sino nos fuimos derechito al Hussong's. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de bohemias. Era temprano, tal vez las cuatro de la tarde y el changarro estaba solo, así que el bar tender estaba con un ojo al gato y otro al garabato poniéndole atención a nuestra conversación, y es que nos estábamos riendo muy a gusto. La anécdota que me estaba contando era de cuando trabajó en Exportadora de ayudante de soldador o algo similar, y una tarde estaba chambeando en el hangar del aeropuerto del pueblo. Una chispa provocó un pequeño incendio y el jefe le pidió al Onasis que llevara agua para apagarlo, pero con los nervios por el incendio en vez de ir a buscar agua tomó una cubeta con un líquido transparente que se encontró a la mano. Para su fortuna algo lo hizo ser un poco precavido y en vez de aventar toda la cubeta de golpe, tomó un poco con la mano y lo aventó al fuego. El problema es que no era agua sino turbosina, y el incendio creció enormemente. Cuando el Onasis dijo esto y yo me carcajeaba de la risa, el bar tender preguntó riéndose ¿Quién fue ese pendejo? Yo, respondió el Onasis con una sonrisa incómoda. Ah dijo el bar tender y se fue para el otro lado de la barra después de haber metido la pata.

Total que finalmente pudieron apagar el incendio pero se quemó toda una pared del hangar. Llegó el ingeniero Bremer cuando todavía estaba echando humito. Preguntó qué había pasado y pues le dijeron la verdad cruda y dura. Se le quedó viendo al Onasis y le dijo Te me haces conocido. Soy hijo del Tita. Esto terminó por salvarlo y no lo corrieron.

Salimos del Hussong's como a las 9 y le di raite a su casa, con lo que no contaba es que se iba a hacer loco y no iba a entrar. Cuando me fui se esperó un momento y se regresó a la Primera y Ruíz. Al día siguiente me platicó que llegó a su casa como a la una. Por supuesto que nunca volví a pedirle permiso a Zarina de que lo dejara salir a jugar.

 

viernes, 13 de agosto de 2021

Valentina

 Fue una llamada extraña, el Güero y yo no éramos amigos cercanos así que su invitación a esa fiesta me tomó de sorpresa. A decir verdad tampoco éramos extraños y acepté con gusto. Ver gente y bailar un rato me iba a caer bien. Pasaron por mí en un carro lleno. Me tocó hacerme bola en el asiento trasero, era un auto pequeño y atrás tenía espacio para tres personas, pero nosotros éramos cinco. Yo fui el último en subirme y me tocó junto a la puerta, todo apretado. No conocía a nadie del grupo, pero entre ellos parecía haber bastante familiaridad. El Güero me presentó con sus amigos y resultó que la chica que estaba a mi lado era Valentina, su novia. Se notaba que cuando llegaron por mí ya se habían tomado unas cervezas, la música sonaba fuerte y bromeaban entre si.

Me alcanzaron un bote pero tenía los brazos hechos nudo y no podía abrirlo. Valentina rio, me hizo el favor de destaparlo, se acercó a mi oído y me dijo abrázame para que estés más cómodo.Con mucho trabajo pasé el brazo por su espalda, ella tomó mi mano y la bajó hacia su cintura; ya no la soltó.Le di el primer trago. 

 

La fiesta era en un salón a la orilla de la ciudad, por allá por donde las calles ya no tienen pavimento. El plan era dejar el carro en un estacionamiento a tres cuadras del salón y llegar caminando, no es que el carro del Güero llamara mucho la atención, pero no se le fuera a ocurrir a algún ratero estropearnos la noche.  No pude abrir la puerta, es que tiene maña  dijo Valentina y se inclinó sobre mí para abrirla. Ves?, Tiene maña te digo, y se acercó de nuevo a explicarme al oído porque la música todavía sonaba fuerte. Lo único que tienes que hacer es dejarte llevar  y dicho esto me dio una pequeña mordida en la oreja mientras me pasaba por encima para bajarse. Rumbo al salón toda la clica iba enfrente y yo los seguía un par de metros atrás con el corazón acelerado por lo que acababa de suceder.


 

Valentina parecía no haberle dado la mayor importancia, reía divertida festejando las bromas de sus amigos y le daba otro trago a su cerveza. Yo trataba de disimular que la examinaba con detalle pero para mi mala suerte me descubrió un par de veces mientras lo hacía. Y es que era imposible no hacerlo. Se miraba tan hermosa a pesar de ser bajita, tal vez mida 1.60, traía un vestido entallado sin mangas que le permitía lucir su cuerpo. Es atlética, tiene los brazos torneados y sus hombros forman un hermoso marco para su bella cara. Tiene rasgos ligeramente orientales, unos labios que gritan bésame y una sonrisa que ilumina por donde camina. No es delgada en extremo pero no parece tener un gramo de más. Su cintura sirve de preámbulo a su trasero, firme, generoso, glorioso, que descansa en un par de piernas que causarían la envidia de Afrodita. La deseaba, eso era claro, y debo de reconocer con vergüenza que no me importaba traicionar a mi amigo; ni somos tan compas, además no le pone mucha atención y es mucha vieja para él,  me dije para justificar mis intenciones. 

 

Todavía envuelto en su encanto, di un par de pasos rápidos para alcanzarlos, quería tenerla cerca y volver a respirar su perfume mezclado con el aroma de su cuerpo. No tuve suerte. El Güero en ese momento la abrazó y la movió hacia el lado contrario de donde yo caminaba. Sentí la primera punzada de celos.

 

Finalmente llegamos al salón, encontramos una mesa e inmediatamente Valentina se llevó al Güero a bailar. Segunda punzada de celos. Fui por otra cerveza y recorrí el salón con la mirada buscando a alguien conocido o alguna chica guapa que me acompañara en la pista de baile. Fallé en el primer intento de encontrar una chica, pero al menos me encontré a unos compañeros de la oficina y me quedé a platicar. Tres cervezas después, me animé a sacar a bailar a una muchacha, todo iba bien hasta que la vi bailando muy abrazada de su novio (en este momento ya no lo consideraba mi amigo). Tercera punzada de celos. Qué  estoy haciendo aquí en esta situación, mejor me voy a la chingada que esto no es manda. Terminó la tanda, dejé a la muchacha en su mesa y me despedí.

 

Salí del salón con un nudo de celos en el estómago, no había tomado las suficientes cervezas para estar borracho, sin embargo no era completamente dueño de mí. Era una noche templada, agradable para caminar, tomé rumbo hacia el carro sin haber planeado si iba a esperar al Güero para regresarme con ellos o simplemente tomaría un taxi y me olvidaría del asunto. Me sorprendió ver a un par de los muchachos de la bola, que se me habían adelantado, no hice el menor intento de alcanzarlos, ¿para qué?, ya los alcanzaría en el carro. Tratando de distraerme pateé un bote de cerveza como si tratara de meter gol entre dos árboles, el bote salió volando, pegó en la orilla de uno y rebotó hacia adentro de la portería imaginaria Goool grité en mi mente y levanté los brazos en señal de triunfo imaginando que un estadio entero me aclamaba. ¿Qué estás haciendo, loquito? Entre asustado, avergonzado, y esperanzado volteé para toparme a Valentina que se acercaba sonriente. Venía sola, no le pregunté por el Güero porque no me interesaba, lo importante es que estaba aquí conmigo. Nada, iba rumbo al carro, me aburrí en la fiesta y no sabía qué hacer. Te acompaño, respondió y empezó a caminar a mi lado. Pasamos por una calle y vimos a escasos treinta metros una barda que medio ocultaba un terreno baldío. Nos lanzamos una fugaz mirada de complicidad pero seguimos caminando hacia donde habíamos dejado estacionado el auto. Cuando llegamos, sus amigos ya habían abierto la cajuela y tomaban unas cervezas de una hielera que traían ahí de respaldo. Valentina me dijo en voz alta para que sus amigos la escucharan ¿Vamos a buscar al Güero? y antes de que alguien dijera algo me tomó del brazo y empezamos a caminar de vuelta al salón. Caminamos juntos sin decirnos gran cosa, nuestra respiración se empezaba a agitar y los dos lo notábamos. Cuando llegamos a la calle del baldío, sin decir nada dimos vuelta a la izquierda, nos olvidamos del salón, del Güero y de todo y solo queríamos un poco de privacidad. Para nuestra mala suerte, el baldío no era tal, estaba ocupado por unos tipos que estaban echándole mecánica a un carro. Enfrente había un cuarto que parecía nos protegería de miradas indiscretas. Aceleramos el paso y en cuanto nos sentimos ocultos nos empezamos a besar con desesperación. Mis besos se mudaron a su cuello con intención de llegar a sus tetas lo antes posible. Me tomó la cabeza y la empujó hacia abajo. Me arrodillé, el suelo estaba lodoso pero no me importó en lo más mínimo, le metí las manos por debajo del vestido, le bajé los calzones hasta las rodillas y metí mi cabeza por dentro de su vestido. El sonido de camión del repartidor de gas me despertó en ese momento.


Me tomó varios segundos entender qué estaba sucediendo, todavía podía sentir su aroma envolverme, pero la realidad es cabrona y no estaba hincado en una calle lodosa de las afueras con la nariz metida en el paraíso, sino acostado en mi cama con el camión del gas despertando a todos los vecinos en una apacible mañana de sábado. Me masturbé imaginando lo que hubiera pasado si el sueño hubiera continuado, pero en el mundo real no existe Valentina y el Güero tiene años casado con Rosa María, tienen un par de hijas y hace más de diez años que no lo veo. Me metí a bañar y al salir tenía un mensaje de mi novia esperándome. Preparé un café antes de contestarle, me sentía un poco sucio, como si la hubiera engañado, pero soñar con una persona imaginaria no es infidelidad, ¿o sí?


El día transcurrió con tranquilidad, era un sábado de verano, nublado y lluvioso, mi novia se encontraba fuera de la ciudad en un curso y tardaría todavía cinco o seis semanas en regresar, era completamente dueño de mi tiempo. Por la tarde fui a caminar al cerro y allá me agarró la lluvia, regresé a casa empapado y cansado pero contento. Me bañé de nuevo, preparé una taza de té y me dispuse a ver una película, pasada una media hora los personajes se me empezaron a mezclar, la caminata había mermado mis energías y estaba que me caía de sueño a pesar de ser temprano. Sin molestarme en quitarme la ropa me tiré sobre la cama y dejé que el sueño me llevara a donde quisiera.


Estaba parado en medio de una calle desconocida, buscando a alguien, no estoy muy seguro de a quien, pero sabía que necesitaba verlo. Los carros me pasaban por un lado como si no existiera, no disminuían la velocidad ni siquiera me gritaban algo, simplemente me ignoraban. De pronto alguien me alcanzó por la espalda. ¿Qué estás haciendo aquí, loquito?, ven, te va a machucar un carro. Me tomó de la mano y de pronto ya estábamos caminando por la acera. Era Valentina, me llevaba de la mano y caminaba apresuradamente. Después de un par de cuadras dimos vuelta en un callejón y empezamos a subir por unas escaleras de metal pintadas de colores chillantes. Los escalones se desprendían de la escalera después de que los hubiéramos pisado. Valentina no me decía nada, solo apuraba el paso y me jalaba cada vez más fuerte. La escalera terminaba en una puerta de madera con unas letras pintadas con brea en un idioma que no alcancé a descifrar, entramos y la escalera terminó de derrumbarse. Así nadie nos va a molestar  dijo mientras me llevaba hacia el sillón de lo que parecía ser la sala de un pequeño estudio. Se sentó frente a mí y me bajó los pantalones, se echó de espaldas, llevaba puesto el mismo vestido de la vez pasada solo que esta vez no traía calzones, entré en ella y me abrazó con sus piernas. Una vez que hubo pasado la tempestad, todavía abrazados, musitó, anoche me dejaste con las ganas. Pensé que no volvería a verte respondí. Shh, todo va a estar bien, todo va a estar bien.

 

Empecé a verla casi a diario en mis sueños, una noche después de hacer el amor me dijo con su tono de travesura te voy a dejar un recuerdo para que pienses en mí mañana y acto seguido me mordió fuertemente cerca del cuello, me desperté del dolor y me llamó la atención que me siguiera doliendo a pesar de estar despierto. Pura sugestión, me dije, y me preparé un té en lo que se me pasaba y me volvía a dormir. Valentina ya no apareció esa noche, lo que sí vi con gran sorpresa la mañana siguiente fue la marca de sus dientes en mi cuello; confundido, me puse una camisa de cuello de tortuga para irme a la oficina a trabajar. Ya en la oficina fui tres o cuatro veces al baño para checar que el chupete seguía ahí y no me lo había imaginado. Tres días me duró la marca.


Esa noche era especial, se cumplía un mes de que estábamos juntos y Valentina quería celebrarlo en grande, me llevó a un restaurante a la orilla de una playa. Llevaba un vestido rojo escotado y sus pechos esa noche se miraban más grandes que de costumbre, Es tu regalo, me dijo cuando se lo hice notar. El vestido resaltaba su cuerpo y brillaba un poco con el reflejo de la luna, olas luminosas recorrían sus caderas y les juro que nunca había visto una mujer tan hermosa y tan feliz. Su risa me iluminaba más que la luna misma. En eso sonó el teléfono y me despertó; era mi novia, estaba en la fiesta de clausura de su curso, estaba un poco tomada y se puso sentimental, me dijo que me extrañaba y que quería verme, al día siguiente tomaría el avión de vuelta a casa. Traté de hacer la conversación lo más corta que pude para regresar con Valentina, pero ya no hubo manera de volver a verla.

 

Pasaron los días desde que mi novia regresó a la ciudad y Valentina no aparecía en mis sueños, ni ella ni nada relacionado. Finalmente, una semana después me encontré afuera del edificio de su departamento, pero las escalaras no estaban ahí, tan solo la puerta de entrada allá arriba, inaccesible. Una manada de coyotes cruzó la calle, riéndose y disolviéndose en el aire al tocar la acera del otro lado de la calle. Eso debía de significar algo, pero ni idea de qué. Pasaron dos semanas más sin que volviera a saber de ella y ya estaba muy desesperado, las horas del día se me hacían largas y en las mañanas despertaba frustrado de no haberla visto. Mi novia se empezó a hartar de mi comportamiento y pedía explicaciones que yo no estaba seguro de poder o querer darle. Cada día aumentaba su presión hasta que finalmente exploté y terminé mi relación con ella. Esa noche me fui a dormir triste, había sido más de un año de noviazgo y realmente no nos llevábamos mal hasta que empezó a presionarme.


Esa noche el cuarto de Valentina estaba igual a la última vez que estuve ahí, la única diferencia era una foto de nosotros juntos enmarcada, sobre la mesa del café en la sala. Valentina no estaba por ningún lado, pero al menos ya estaba de vuelta en su intimidad. Me dieron ganas de llorar de felicidad pero me contuve. Caminé por todo el departamento reconociéndolo, a un lado del refrigerador había un hoyo en el piso que no estaba antes, parecía un río subterráneo, la brisa me golpeó agradablemente la cara y sin pensarlo me lancé de cabeza. Aparecí en una playa de arena blanca que parecía no tener fin, me metí al mar hasta que el agua me llegó a la rodilla, en eso escuché su voz Así que aquí estás, ¿por qué no me esperaste en el depa?, solo salí a comprar leche. Me abalancé hacia ella, cerré los ojos y la abracé muy fuerte, había tenido tanto miedo de no volverla a ver. Cuando los volví a abrir ya estábamos de vuelta en su departamento. 

¿Por qué tardaste tanto en venir? 

¿Que dices?, si eres tú la que no se ha aparecido en un mes, llevo todos estos días buscándote como loco. 

Tú sabes por qué no me habías visto, no te hagas el desentendido. 

¿Estabas celosa? 

Yo a mi hombre no lo comparto con nadie.

Lo siguiente que sentí fue el pinchazo de una aguja en mi espalda, estábamos en un estudio de tatuaje donde me decoraron la espalda con su cara y un texto que se lee 'Propiedad de Valentina A.'. Cuando me desperté en la mañana lo primero que hice fue revisar mi espalda, el tatuaje estaba ahí. Esta vez, sonreí orgulloso.

 

Pasó el tiempo y cumplimos un año desde la primera vez que nos vimos, me llevó de nuevo al restaurante en la playa y llevaba el mismo vestido rojo. Me vas a reponer la que me debes, dijo riéndose mientras se servía una copa de vino. Más tarde, mientras hacíamos el amor, a un lado de la cama aparecieron túneles como el que me había llevado a la playa. No hagas caso, concéntrate en mí, me susurró al oído. Más tarde, sudorosos y felices, nos jurábamos amor eterno

Quédate aquí conmigo para siempre

¿Cómo puedo hacer eso?

Tú sabes cómo

No creo que se pueda

Lo que pasa es que no me quieres

Claro que te quiero, te amo

¿Entonces?, ¿no valgo la pena correr el riesgo?, tengo miedo de que un día te vayas por un túnel y no sepa dónde encontrarte

 

Y aquí estoy amigos míos, preparándome para dormir para siempre. No sé si voy a estar con ella o no, pero no tengo miedo, hay veces en la vida de un hombre en las que tiene que jugársela toda. Les dejo mi historia para que no lloren por mí, tal vez estoy muy feliz con el amor de mi vida. O tal vez no.





lunes, 31 de agosto de 2020

San Pedro Mártir: Los primeros días

 El Pepillo siempre fue como mi ángel guardián en aquellos días, él me consiguió mi primera chamba de maestro y él fue quien me recomendó para el puesto de asistente de cúpula, u operador de telescopio como se llama ahora. Me dijo que había una oportunidad en la sierra y que la paga era buena, que si me animaba. No lo pensé tres segundos, inmediatamente le dije que sí.

En Ensenada primero me entrevistó el Paco, que básicamente me dijo que ya había pasado mi solicitud al Dr. Carrasco y que él quería entrevistarme en San Pedro Mártir, así que agarré mis cosas y me preparé para un viaje de 3 o 4 días a la sierra.

Llegamos a medio día justo a la hora de la comida y entramos directo al comedor, ahí me encontré a David Hiriat, un astrónomo que me había dado cálculo IV el semestre anterior.

- ¿Qué pasó Poncho, qué andas haciendo acá?

- Vine a que me entreviste el Dr. Carrasco para el puesto de asistente de cúpula

- Ahhh, qué bien, ojalá que te den el trabajo. ¿Es la primera vez que subes verdad?

- No, acuérdate el año pasado que vinimos de la escuela, aquí andabas

- Tienes razón, pero hace mucho de eso. Mira, puedes comer lo que quieras, pero te recomiendo que comas poquito, como tu cuerpo todavía no está acostumbrado te puede caer mal.

La Toya, Nacho, Pidgeon y Edgar en el comedor
 Yo volteé a ver los contenedores de metal rebosantes de comida y pensé para mis adentros No mames, traigo un pinche hambrero y si no me dan el trabajo quién sabe cuando vaya a volver a comer así, total si me muero ya estaría de Dios.  Y procedí a atascarme varios platos de una cremita de almeja de campeonato. 

En aquellos días se acababan de jubilar los antiguos asistentes de cúpula después de muchos años de trabajo y los dos nuevos asistentes de plano estaban muy novatos; el Gaby era quien llevaba más tiempo en el puesto y apenas tenía dos o tres meses haciéndose cargo del telescopio.  

Me prestaron chamarra y botas y me subí al telescopio con el Gaby a poner la hora sideral; esto es una especie de calibración que se le tiene que hacer al telescopio todos los días antes de usarse, y consiste en apuntar el telescopio a una estrella brillante conocida y actualizar la computadora de control con sus coordenadas cuando ya la tienes bien centrada. Todo esto me estaba explicando el Gaby mientras lo iba ejecutando, solo que hubo un problema; al momento de asomarse por el telescopio, no se miraba absolutamente nada. Todo estaba oscuro y el Gaby no sabía el porqué. 

Los minutos empezaron a transcurrir y el Gaby cada vez estaba más nervioso. Igual yo estaba inquieto, 'no vayan a pensar que yo lo madrié, y no he tocado nada', pensé. Así deben de haber pasado tal vez unos quince minutos y subió el Dr. Carrasco a ver qué estaba pasando, si ya estábamos listos para empezar a trabajar. Con un nudo en la garganta el Gaby tuvo que reconocer que no veía nada y que no tenía idea qué estaba sucediendo.

- ¿Ya checaste las tapas del espejo primario?

- Ahhhhh, eso es, respondió el Gaby apenado, pero al mismo tiempo tranquilizándose de no haber descompuesto nada. Como les digo, él también era novato.

El 2 metros

Finalmente pusimos la hora sideral y empezamos a hacer las primeras observaciones. Yo estaba bien emocionado de ver una galaxia en vivo, y le ponía mucha atención al Gaby en todas sus recomendaciones. Pasadas un par de horas y ya con la chamba desarrollándose normalmente, me habló el Dr. Carrasco para la famosa entrevista. Probablemente ustedes no lo sepan, pero los astrónomos no miran directamente al telescopio, ellos están en un piso abajo cachando los datos desde sus computadoras, tomando café caliente y sin sufrir las inclemencias del tiempo; perrearla con el frío es la chamba del asistente.

Total que bajé y me recibió el Dr. con una serie de preguntas sobre la escuela, en particular le preocupaba que tendría que estar 15 días al mes en la sierra, con las consiguientes faltas. Me hizo algunas preguntas en inglés y unas pocas de astronomía básica. Me preguntó si quería hacer un doctorado en astronomía, y le respondí que quería hacer un doctorado, pero todavía no sabía en qué.

Al final me preguntó por qué debía contratarme, que tal vez me haría más mal que bien por todas las faltas en la escuela. En esa época yo trabajaba de mesero en un bar y me salió del alma decirle 'pues es esto o seguir batallando gringos borrachos en un bar, usted dígame dónde voy a aprender más'

- Tienes razón  me dijo, me estrechó la mano y finalizó Estás contratado

Y así, sin mayor ceremonia, empezó mi aventura en la sierra

lunes, 3 de agosto de 2020

Irina me sigue amando

Este cuento tiene una historia previa que si no han leído tal vez sería prudente que lo hicieran. La encuentran en la siguiente liga
Irina (Primera Parte)

Irina me sigue amando

Habían pasado 20 años desde que la dejé esperándome. Los primeros meses fueron muy difíciles pues debo de reconocer que estaba profundamente enamorado de esa androide; sin embargo, como en veces anteriores, decidí no regresar antes que verme atrapado en una relación en la que quisieran controlarme. Ese eterno estira y afloja nunca me había gustado y no iba a empezar a soportarlo de una máquina.

Sin embargo la amaba, y ese amor me hizo hacerme cargo de ella aunque fuera de forma remota. Nunca dejé de pagar los servicios de la casa; ni sus actualizaciones ni cargos de mantenimiento; por correo le hice llegar una tarjeta para que tuviera para sus gastos corrientes, lo que fuera necesario para que ella estuviera bien y sin problemas. En esos veinte años ella tan solo había solicitado a la fabrica pelo nuevo un par de veces, y un nuevo conjunto de manos. Los pagué sin chistar y ella debe de haberlos recibido sin ningún problema.

Me la encontré una tarde por casualidad, estaba sentada en un parque leyendo tranquilamente, igual de hermosa que la última vez que nos vimos, tan solo había cambiado su pelo, que ahora era rojizo. Yo sin embargo soy otro; ya viejo y cansado, paso mis días leyendo y extrañando un poco del contacto humano al que en mis días de juventud no fui muy afecto.

Me quedé ensimismado viéndola sin atinar bien qué hacer, ella volteó y nuestras miradas se cruzaron. Sonrió y se levantó corriendo hacia mí. Me abrazó fuertemente y casi me tumba. Para mi sorpresa empezó a pedirme disculpas; que si los celos; que ya había cambiado; que le habían actualizado el software; en resumen, que la perdonara y que volviera a la casa. Yo para entonces, después de haberla abrazado durante escasos treinta segundos ya estaba de vuelta enamorado; amor de viejo si ustedes quieren, pero enamorado otra vez.

Llegamos a casa, todo estaba como cuando me fui, me preparó algo de cenar, platicamos un rato como en los mejores días y nos fuimos a acostar. A pesar de que ya no estoy en edad nos desnudamos y tuvimos la que probablemente sea mi última batalla, o tal vez no, veremos qué opina el viagra.

Los días siguientes fueron de fervorosa actividad; entregar mi actual departamento para mudarme de vuelta a casa; vender los muebles; cancelar contratos y hasta comprar ropa nueva para los dos. Era un nuevo comienzo. Hasta luna de miel tuvimos, nos fuimos unos días a pasear a Costa Rica, fue un poco extraño el proceso para los tipos de migración, pero nosotros íbamos de muy buen humor y no nos importó hacer los trámites y responder todas las preguntas de los impertinentes agentes.

Ya han pasado tres años desde que estamos juntos de nuevo y estoy muy feliz; mis días grises ahora están llenos de color. Interminables conversaciones llenas de risa y alegría, paseos por las tardes tomados de la mano y los fines de semana siempre encontramos algo divertido que hacer. Irina se ha convertido en una esposa de las de antes; siempre al pendiente, buena cocinera y de mano curativa para atenderme en todos mis achaques, que a esta edad ya no son pocos.

Este domingo promete ser grandioso, tenemos planes de ir a la playa y después al cine para celebrar nuestro aniversario de que estamos juntos; ese es nuestro ritual en las fechas importantes porque nos recuerda nuestra primera cita, somos un par de cursis. Podría decirse que es el aniversario de que la compré pero tiene mucho tiempo que dejé de verla como un objeto y ahora puedo decirles orgulloso que la siento como mi esposa. Saboreando esto en mi mente, abro las cortinas para dejar entrar a una hermosa mañana de verano y me repito lo afortunado que soy. Irina por lo regular se levanta antes que yo, y cuando bajo ya está listo el desayuno y el café. Pero cosa curiosa, hoy no se oye ruido abajo.

Bajé las escaleras y me recibió el olor a café recién hecho. Irina no estaba ahí pero sobre la mesa me había dejado un mensaje
Ahorita regreso, voy por unos Kotex.


Dedicado con aprecio para mi compa Efra Patiño, que me imagino se habrá reído muy a gusto con el final.

domingo, 19 de julio de 2020

El Rafa en el Reyes

El Reyes es un gimnasio de pelea. Los cuatro pilares, ya saben: box, muay thai, BJJ y lucha. Nada de ondas místicas del zen de las artes marciales, ni meditación ni nada que se le parezca. Recto, gancho, rodilla derecha, doble redonda derecha, switch, rodilla izquierda, redonda izquierda y así todos los días hasta el infinito, que el cuerpo lo haga sin pensar.
Cuando vas llegando te recibe el rítmico pat-pat-pat de los golpes contra las manoplas y como por arte de magia el cansancio del día de trabajo desaparece mientras te pones las vendas.
Gente feliz de entrenar

Tal vez ustedes puedan pensar que este es un ambiente muy rudo lleno de puros batos feos con cara de malos. Bueno, yo sí estoy feo con cara de malo, pero esa es otra historia y es meramente accidental. La verdad es que va gente de todo tipo, con diferentes motivaciones: Peladores profesionales, gente que quiere bajar de peso, morritos que no quieren que les hagan bullying en la escuela, chavas que quieren aprender defensa personal por protección, y otros a los que simplemente nos gustan el deporte de las artes marciales mixtas. Va gente de todas las edades, colores, pesos, y por supuesto de preferencias sexuales. Lo único que tenemos en común es que todos hacemos muchas lagartijas, y cuando digo muchas, lo que quiero decir es... muuuuuuchas.

El Rafa es uno de nosotros. Llegó al gym ya fuera del closet, con sus guantes rosas y su camiseta de la Wonder Woman. Nunca ocultó sus preferencias y nadie le puso peros. Soy una niña delicada, bromea y te tira un chingadazo. No pide un trato especial ni se lo damos, es uno más de la clica.

Un día llegó el Rafa a pedirle al profe Miguel permiso de usar el ring para darse un tiro con unos tipos de una clínica y nos contó todo el mitote. Resulta que el Rafa es estilista y a un lado de su estética hay una clínica médica y tiene una muy buena relación con la esposa del doctor dueño de esta. Un día estaba el Rafa, el doctor, su esposa y varios empleados de la clínica platicando. Salió el tema de que el Rafa entrena madrazos y pues a los batos no les pareció; qué es eso de alguien a quien le gusta disfrazarse de princesa de Disney ande practicando deportes de hombres. No sé si sería la primera vez que hablaban de esto o ya lo tendrían enfadado, pero esta vez las cosas escalaron a un reto; un round de box con cada uno a ver si aguantaba. Ahí intervino la patrona, que no era justo que no hubiera recompensa para el Rafa por pelearse con cinco. Se armó el reto; un round contra cada uno y si aguantaba los cinco rounds cada uno le daría 200 dólares; aceptaron y empezaron los preparativos

El profe le prestó el gym y se fijó la fecha para el pleito. Estábamos terminando de entrenar cuando empezó a llegar la gente, llevaron sillas, sabritones, sodas y algunas cervezas. El ambiente era
El público listo para ver las peleas
festivo y nosotros divertidos porque no sabíamos que iba a haber público, pero al final habría tal vez unas 20 personas viendo los pleitos.

Calentaron y empezaron las hostilidades. El primer round fue contra un familiar del Rafa, se dieron con ganas pero sin odio, todo pasó sin pena ni gloria.

El segundo round fue otra historia; el bato estaba torote, casi de 1.90, fuerte, se notaba que se la pasaba en el gimnasio haciendo pesas, ya saben, macho alfa lomo plateado, y pues no iba a dejar que un jotito le pegara; mucho menos en público enfrente de sus compañeros de trabajo. El Rafa no está ni chiquito ni débil, tal vez mide 1.80 y pues igual las lagartijas se le notan.
Sonó la campana y ahora sí había odio, se empezaron a dar con ganas, hasta que el Rafa lo fintó con un jab arriba y remató con recto a la boca del estómago. Ahí el bato este aprendió en un instante que los chingadazos de las princesitas de Disney también duelen. Lo que siguió fue una serenata de chingazos y el macho alfa se bajó del ring todo atarantado y con la dignidad hecha harapos.
El Rafa listo para pelear

El tercer round fue con un bato flaquito que se notaba que en algún momento de su vida había entrenado, pero estaba muy chiquito y sin cardio suficiente como para poder hacerle algo. Sin temor a equivocarme puedo decir que el Rafa lo indultó; si le hubiera tirado un chingadazo fuerte, capaz que recogemos su cabeza por allá cerca del área de los thai pads.

Yo supongo que en el plan original no estaba que las hostilidades llegaran al cuarto round, porque el gordito que se subió después apenas si se podía mover; 30 segundos más tarde tiró la toalla.

Del quinto pleito ya no les puedo platicar nada, porque quien quiera que haya sido decidió no subirse. Pagó sus 200 dólares sin hacer gestos.

Meses después hubo revancha con el macho alfa. No le fue mejor, pero ya se le quitaron las ganas de molestar al Rafa y entiendo que ahora son buenos amigos.




La moraleja de la historia es sencilla, no molesten a nadie, no porque tal vez sepa pelear, sino porque simplemente es la forma decente de andar por este mundo. Que les valga madre si le gusta vestirse de princesa.

miércoles, 1 de abril de 2020

Visa a Kuwait

Llegamos a la embajada de Kuwait en El Cairo a mediodía, en aquel lejano 2005 no teníamos relaciones diplomáticas entre México y Kuwait y nos iban a dar visa como favor personal del embajador de Kuwait al embajador mexicano, porque eran compas y él abogó por nosotros.

El edificio de la embajada estaba bastante pinche, una larga pared blanca que remataba en una puerta negra de grueso metal. Tocamos el timbre y se abrió una ventanita en la puerta. Un militar nos preguntó qué queríamos y le respondí en inglés con toda la historia. Abrió la puerta y nos dejó pasar.

Entramos a un pequeño patio al aire libre que tenía en el medio un detector de metales, había que pasar por este antes de entrar al edificio de la embajada propiamente dicho. El militar, un jovencito de apenas unos 25 años, nos dijo muy serio mientras nos apuntaba con su AK 47.
- Quítense todo lo que traigan de metal y pasen por el detector, más les vale que no suene.
Estuve a punto de encuerarme, pero me armé de valor y solo me quité: cinto, zapatos y todo lo que traía en las bolsas del pantalón.

Una vez que pasamos el detector, el militar se relajó, bajó el arma y se portó amable. Nos presentó con una muchacha que le iba a hacer saber al embajador que ya habíamos llegado. Nos dejaron solos esperando en un largo pasillo con ventanas pequeñitas y sillas de plástico, que daban la impresión de ser un hospital del IMSS vacío; así de pinche.

Transcurrieron unos veinte minutos hasta que finalmente llegó el cónsul, un tipo delgado, muy amable, que nos hizo saber que él nos atendería por encargo del embajador. Nos invitó a pasar a su oficina, mientras nos explicaba que el trámite iba a tomar más de lo normal por el tema de la falta de relaciones diplomáticas entre nuestros países. En eso reparó en mí y dijo
- oh, trajeron intérprete y le respondí
- no, soy mexicano
- nahh, qué mexicano vas a ser, tú eres del barrio de [inserte aquí nombre de barrio en El Cairo] y dicho esto, me empezó a hablar en árabe
- en serio, soy mexicano,  le respondí mientras le mostraba mi pasaporte. Me lo regresó mientras me examinaba con una mirada divertida de desconfianza.

Atravesamos un patio interior y llegamos a su oficina donde nos invitó un té. Y ahí empezaron mis compas, chingue y chingue con que si en Kuwait había alcohol. Nos trajeron un té riquísimo y de ahí agarré vuelo en la plática con el cónsul. Resultó que alguna vez había venido a Puerto Vallarta a pescar, me recomendó lugares para ir a cenar en Kuwait City, me preguntó cómo era el desierto de Baja California. Y mientras tanto, mis compas chingue y chingue con el alcohol. No, no se puede pistear en Kuwait, ya, contentos?.

Nos trajeron más té y yo encantado, entró alguien y saludó en árabe, como no supe responder, el cónsul me empezó a dar clases de árabe

- Con esa cara no puedes andar en la calle sin saber saludar, además todavía no me convences de que eres mexicano.

Finalmente nos trajeron los pasaporte visados y mis compas todavía necios con el alcohol. Cuando nos íbamos el cónsul me tomó por el brazo y me dijo muy serio

- mira, tus amigos si quieren conseguir alcohol en Kuwait lo van a poder hacer, pero es un riesgo muy grande, no los acompañes.
- no, no te preocupes, mi tiempos de borrachera ya pasaron, no me molesta estar días sin una cerveza
- bueno, espero no te metas en problemas, pero si te metes en problemas, háblale a mi primo, dile que yo te di su tarjeta, él es una persona muy influyente allá y te puede ayudar.

Me dio su tarjeta y la del primo, nos despedimos, me dijo algo en árabe y le respondí en español
- Sale pues bato, muchas gracias por el té!






domingo, 1 de diciembre de 2019

Zarzuela en el Trevi

En tiempos antiguos, cuando todavía existía el hotel Regis, mi mamá y yo éramos clientes fieles del café Trevi. Todos los veranos en las vacaciones llegábamos a comer al café; a mi mamá ya la reconocían los meseros y era amiga de varios; le contaban sus historias, y como a ella le encanta el mitote hasta la fecha las recuerda con alegría.

En estos días que he estado trabajando en la CDMX, me recomendó que no dejara de ir a tomarme un café al Trevi, que el café era bueno. La verdad pensé que después del terremoto lo habrían tirado pero no quise dejar de buscarlo. Para mi mamá tendrá más nostalgia, pero yo también tengo buenos recuerdos de ese lugar.
Interior del Trevi


Y bien, el Trevi sigue ahí; me entero que sobreviviendo a una fuerte embestida gentrificadora, después de sobrevivir el terremoto del 85 espero que esta no lo tumbe. A un lado del Trevi hay una cafetería que lleva de nombre Regis como el hotel, incluso usa el mismo tipo de letra, pero esta no existía en tiempos antiguos. Estaba indeciso entre a cuál de los dos entrar cuando escuché una voz hermosa que venía desde dentro del Trevi. Esto lo decidió de inmediato.

No había piano; una bocina y un teléfono acompañaban a la cantante. Una mujer de unos 45 años cantaba una canción de las clásicas del repertorio popular fino de la música mexicana. Una voz hermosa y mucho sentimiento. Pedí rápido una taza de café y la mesera me vio con algo de enfado.
Terminó la canción y la cantante recorrió la mesa con su copa pidiendo cooperación, cuando llegó conmigo le habían dado apenas unas cuantas monedas. Como me vio aplaudirle emocionado me preguntó si ya me iba a ir, respondí que había entrado a escucharla.

- Bueno, por lo regular solo canto tres canciones, pero si entró a escucharme le puedo cantar un par de canciones más. ¿Qué quiere oír?
- Algo de zarzuela respondí contento recordando a mi mamá, que es gran aficionada al género.

Sonrió y me dijo Aquí tengo algo  y empezó con una hermosa canción, creo que de La Gran Vía, aunque pudiera estar equivocado. Cuando terminó siguió con una de Andrea Bocelli. Las canciones de Bocelli, así como las de José José requieren del cantante cierto valor pues el reto es grande.

A la cantante con su vestido humilde y su bocina medio traqueteada se le notaba que la vida la ha puesto a prueba. Tal vez por ello es capaz de transmitir tanto sentimiento en sus canciones aunque a ratos la técnica le falle.

Terminó de cantar y se acercó a despedirse

-Le gustó?
- Muchas gracias, me has hecho muy feliz le respondí y le di una generosa propina

Me quedé unos minutos a terminarme mi café y saborear el momento que acababa de vivir. El café estaba malito; la experiencia sin embargo, inolvidable