martes, 6 de diciembre de 2022

El Toronto

Contraesquina de la plaza, ajena a este mundo moderno, vi una oficina de telégrafos. Me causó un poco de gracia, ¿quién en su sano juicio en estos días enviaría un telegrama? Una lona deslucida anunciaba otros servicios con los que pretendían escabullirse de su inminente muerte. ¿pago de servicios? eran los últimos estertores de un dinosaurio que se rehusaba a morir. Alguien debería de enderezar esa viga de soporte antes de que se les venga el techo encima, pensé. Aunque luego caí en cuenta que tal vez eso es lo que están esperando para finalmente cerrar sus puertas, un gran final, como si fuera una ópera.

Me quedé un buen rato viendo el edificio antes de decidirme a entrar. Sobre el techo descarapelado de lámina se encontraba el letrero que anunciaba Telecomm Telégrafos; Montado en una estructura que le quedaba grande en extremo, y de colores azul y verde, parece una calcamonía pegada al aventón en una foto antigua. Finalmente me decidí a entrar, sería un bonita curiosidad enviarle un telegrama a mi madre, a ella le gusta el pasado, seguro le causará gracia. Abrí mi perfil de Amazon, tomé sus datos del listado de direcciones de envío y abrí la puerta hacia el pasado.

Detrás de un mostrador con una cubierta de vidrio amarillento se encontraba un hombre enjuto de unos 60 años, ahorita lo atiendo me dijo mientras terminaba de anotar algo en un cuaderno. Procedí a examinar con cuidado la oficina. Sobre el mismo mostrador se encontraba una alcancía de plástico de un color amarillo chillante que desentonaba con el resto del local. El piso era de madera vieja y crujía un poco cuando lo pisabas, descarapelado pero limpio. Cosa curiosa, las ventanas parecían opacas y no alcanzaba a ver hacia afuera. ¿en qué puedo ayudarle? preguntó mientras se levantaba con algo de esfuerzo de su silla.

- Quisiera enviar un telegrama

- ¿un telegrama? mmmh, entiendo, bueno, lléneme esta forma con los datos 

Procedí a escribirle un mensaje genérico de saludos a mi madre y con mucho cuidado anotar su dirección para que no batallara el mensajero en dar con la casa. Listo, respondí mientras entregaba la forma, el telegrafista le dio un vistazo y declaró,   

- son ciento veinte pesos.  

- un poco caro, ¿no cree? 

- es el costo del servicio especial, créame que el servicio lo vale

Me dio ternura la convicción con la que el caballero defendía su anacrónico servicio y le pagué en efectivo sin poner mayor objeción. Me dio mi recibo y me sonrió cálidamente, que disfrute su viaje. Gracias atiné a decir confundido por lo extraño de la frase. Apuré el paso y salí de la oficina.

Primero fue una sensación que no alcanzaba a ubicar, siempre he sido muy distraído y me tomó unos segundos darme cuenta que la gente era diferente, su ropa se veía de otro tiempo. Mis sentidos se agudizaron y empecé a tomar conciencia de todo: las calles estaban sin pavimentar, no había carros circulando, tan solo una carreta tirada por caballos que ofrecía pescado. El edificio del municipio tampoco estaba y tampoco  había cables de electricidad o teléfono, y así muchos detalles fuera de lugar. Casi entro en pánico. Quise volver a entrar a la oficina de telégrafo pero la puerta estaba cerrada con llave. Un tipo que pasaba se acomidió a informarme

- Hoy no abrieron, el telegrafista está malo y se quedó en su casa. 

- ¡Pero yo acabo de salir de aquí! 

- Se debe haber equivocado, amigo, el encargado es mi vecino y desde anoche se puso mal

- Gracias, respondí mientras trataba infructuosamente de encontrar alguna respuesta en mi teléfono cuya pantalla estaba completamente negra.

Crucé la calle con rumbo a la plaza. Me senté en una banca para tratar de tranquilizarme, mi teléfono se rehusaba a encenderse y no tenía idea de en qué año estaba. Había más gente que en mi presente y la calle estaba mucho más viva. El pueblito se sentía vibrante y los gritos y bromas llenaban el ambiente. Me recordaba a los días de mi infancia en que lo visitaba con mi abuelo, pero estaba seguro de haber aterrizado en un pasado más lejano. A pesar de que la gente me miraba de reojo con curiosidad, nadie se acercó a preguntarme nada, mi ropa les debe de haber parecido extraña y más de uno me vio presionar frenéticamente el botón de encendido de mi celular. Cerré los ojos y me dije Tal vez esto es solo un sueño y si espero un poco despertaré en mi cama. Hice un recuento de los últimos días y mis recuerdos estaban todos ahí en perfecto orden. Y aún más atrás, desde el principio del año, mi primer trabajo, mis años escolares, todo estaba ahí, definitivamente no era un sueño. Abrí los ojos y seguía en la plaza en un año indeterminado. Del otro lado de la calle me pareció ver un rostro vagamente familiar, una muchacha joven y guapa que se parecía a mi tía Elisa. Me levanté inmediatamente y procedí a seguirla desde lejos. Le calculé unos 23 o 25 años, si en efecto era mi tía entonces me encontraba a mediados de los 40s. A pesar de su juventud los rasgos de mi tía Elisa eran inconfundibles, así que no me sorprendió verla entrar a la casa de la esquina de Calle 6 y Sarabia. Pasé por enfrente de la casa y la vi platicar con una señora mayor que supongo sería mi nana Matilde. Pensé en quedarme un rato a ver si llegaba mi tata Hilario o mi abuelo, pero tuve miedo que me traicionaran los nervios y seguí caminando para tranquilizarme. 

Entré al mercado municipal a tomarme un café y fue cuando la realidad me golpeó en la frente, no tenía dinero. En mi cartera traía escasos 200 pesos en billetes del futuro.¿Y ahora qué hago? No tenía ni un peso, ni donde dormir, ni una identificación, ni a quien pedirle ayuda. Casi tuve un ataque de pánico pero de nuevo pude controlarme. Seguí caminando y llegué a calle 8 banquetas altas, me senté de nuevo a tratar de trazar un plan. Los problemas que tenía que resolver no eran pocos y hacerlo iba a requerir de inteligencia, trabajo y suerte. Me pasó mi abuela por un lado, Buenas tardes  me dijo y se metió a su casa. Me dio mucho sentimiento, mi abuela jovencita me acababa de pasar por un lado y no me reconoció. ¿Pero cómo habría de hacerlo? si tal vez todavía ni se casaba con mi abuelo. Empecé a llorar despacito haciendo lo posible por no perder el control pero la situación me sobrepasaba. Por si fuera poco nada de lo que sé hacer me servía en este pasado lejano para ganarme la vida. Mi esperanza de no morirme de hambre era que cuando el telégrafo volviera abrir pudiera regresar de nuevo a mi tiempo y mi vida.

Vagué un rato por el pueblo tratando de reconocer lugares y gente. ¿Ese niño que va por calle 6 será mi tío Cachora? ¿Esa señora será mi nana Rosa? Pero la distancia en el tiempo era mucha. Empezaba a tener hambre y todavía no tenía idea de cómo iba a resolver mi supervivencia. Hay días en que la suerte es generosa y esta vez lo fue conmigo. Entré a una tienda en calle 5 llamada La Ciudad de Álamos, supuse que tal vez podría ayudarles en algo a cambio de un poco de comida. Un par de gringos estaban pasando las de Caín para darse a entender con el encargado y me acerqué a ayudar. Les traduje todo lo que necesitaban y ellos y el tendero quedaron muy agradecidos. Los gringos me dieron un dólar de propina, en circunstancias normales no hubiera aceptado un penny por ayudarles, pero en ese momento ese dólar me salvaba la vida, o al menos me daría de comer por ese día. La fortuna no estaba dispuesta a abandonarme todavía y se me acercó un hombre que estaba también de cliente en la tienda preguntándome dónde había aprendido inglés, con la mente trabajando a mil por hora me inventé una historia en la que venía de Canadá afectado después de haber estado en la guerra, que llegué a Sonora buscando a un pariente pero que ya había fallecido y decidí venir a Santa Rosalía a buscar trabajo pero en el camino había perdido mi identificación y mi dinero. El tipo de debe de haber visto la angustia en el rostro y me dijo con una sonrisa compasiva No se preocupe amigo, deje hablo con Conchita mi esposa y seguro encontramos donde pueda vivir al menos temporalmente, y estoy seguro que el doctor Sánchez y algunos amigos más estarán encantados de recibir clases de inglés, yo soy maestro y seguro me van a servir. No le podremos pagar mucho, pero aquí la gente buena no se muere de hambre. El tendero también se apiadó de mí y me dijo Igual acá puedes trabajar, el pago será poco y la chinga mucha, pero de algo te servirá. Y así empezó mi aventura en los 40s.

Habían pasado ya algunas semanas y me estaba acostumbrando a mi nueva vida, esta no era fácil pues a pesar de estar tan lejos se sentían los efectos de la guerra, pero la gente era buena y había caído en blandito. Los primeros días iba diario al telégrafo tratando de encontrar mi camino de vuelta a casa, pero ya estaba resignado a que no sería así. Todavía no era parte del pueblo pero ya tenía mi apodo, me llamaban 'El Toronto' pero todos estábamos conscientes de que era algo meramente temporal en lo que me encontraban uno realmente bueno. Por las tardes daba mis clases de inglés, y a mediodía salía a comer muy puntual. Me apresuraba para estar libre y verla pasar por enfrente de la casa del profesor. Suponía que esa era su hora de comida del trabajo pero todavía no sabía ni su nombre ni dónde trabaja.Pasaba dando pasos cortitos y apresurados, saludaba a doña Vicky, la señora de enfrente que siempre se encontraba en su cocina dando los últimos toques a su comida y desde dentro le gritaba Adiós hija, me saludas a tu mamá,  después volteaba disimuladamente a verme, bajaba la mirada, sonreía y seguía su camino.

Me encontré a doña Vicky el domingo saliendo de misa. Con una sonrisa cómplice me tomó del brazo y me dijo Ella viene a misa de 8, se llama María Teresa y trabaja en el correo. Muchas gracias, doña Vicky, es usted un amor. Lo sé, muchacho, lo sé. La mañana siguiente me levanté muy temprano a bañarme, me puse mi ropa del futuro, la que tenía de este mi nuevo presente estaba bastante


traqueteada. El plan era durante mi hora de comida ir al correo a poner una carta y dejar que la suerte hiciera su parte. Aguantando la respiración por los nervios entré a la oficina de correos. La puerta rechinó y tuve que levantarla un poco para que abriera, tal vez algo de aceite no le caería mal, pensé. Ahí estaba ella en el mostrador, con su sonrisa iluminando todo el cuarto. No hizo gesto alguno de sorpresa al verme, tal vez doña Vicky también acá habría hecho su parte. Llevaba un vestido blanco con algunas florecitas de colores y el cabello recogido con unas pincitas. Un pequeño crucifijo adornaba su cuello y en las orejas unos aretes de perla. El que supongo era su jefe le habló y ella dejó el mostrador para ir a hablar con él, esto me dio unos segundos para recuperar el aliento y empecé a recorrer con la mirada el resto del local. Estaba recién pintado y el mostrador lucía reluciente. El piso también era de madera y desentonaba un poco con el resto pues ahí no había llegado el mantenimiento y su pintura era vieja y descarapelada. Al fondo se encontraban los casilleros de los apartados postales. Las paredes estaban vacías con la excepción de un mapa de la república sobre el que se podía leer Correos de México. . Finalmente regresó al mostrador con su sonrisa toda perfecta por delante. Le pedí estampillas para enviar una carta a un pariente ficticio en Veracruz. Me respondió un poco sorprendida

 - ¿Veracruz? Pensé que iba a enviarla a Canadá

- No, le estoy escribiendo a una tía allá en mi tierra a ver si me manda copia de mi acta o algo que me sirva para identificarme. ¿por qué pensó que iba a enviar algo a Canadá?

- Te dicen el Toronto, ¿no?

- Sí, así es, de allá vengo pero soy originario de Veracruz, le respondí sin titubear, la historia ficticia de mi origen veracruzano era algo que había estado construyendo durante días. Por supuesto que noté su tuteo y para que no le quedara ninguna duda de mi interés le pregunté ¿Te llamas María Teresa, verdad?. María Teresa Meza para servirle. De la oficina de adentro su jefe carraspeó para hacerse notar.

- Bueno, te dejo para que no te regañen, ¿vas a ir el sábado al baile en la progreso?

- Todavía no sé. Si me ves allá es que sí fui. Me respondió con una risa coqueta

Eché la carta al buzón y me apresuré a salir. Cuando abrí la puerta me sorprendió ver una Tacoma nuevecita por la calle y una niña de unos 13 años con los audífonos puestos y la mirada fija en su celular. Con un pie dentro y otro afuera aún no acababa de procesar esto cuando escuché la voz de María Teresa. Ya lo decidí, ¡si voy a ir al baile!.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Jackie

 La despedida de Jackie fue para nosotros un evento importante, fueron años de verla entrenar a nuestro lado las semanas anteriores a sus peleas y llegó la hora de su último baile. Nos persignamos y pedimos una cerveza antes de que sonara la campana.

Jackie cuando tenía pelea iba a entrenar a nuestro gym. Y aquí debo de hacer una pausa para recalcar un par de cosas, para todo el mundo es Jackie Nava, para nosotros simplemente es Jackie, puedo decir que mis compañeros del gym y yo somos unos privilegiados pues durante años nos tocó ver de cerca como se construye la grandeza. Para el mundo es el gym Reyes, para nosotros es nuestra segunda casa. Pero bueno, volvamos al tema. Por supuesto que ella entrena diario en su gym, pero ya a la hora de afilar los cuchillos para la batalla la podían encontrar por las tardes entrenando con el profe Miguel. La mayoría de las veces a la hora que yo llegaba ella ya había terminado de entrenar y ya estaba en su sesión de abdominales. ¿Han visto sus cuadritos que a ella tanto le gusta presumir? Bueno, a nosotros nos toca ver cómo se construyen, y créanme cuando les digo que no es cosa fácil. Cientos o tal vez miles de abdominales de todos colores, sabores y grados de dificultad.

Obvio que ella es la superestrella en el gym y que tiene prioridad para usar el ring o lo que necesite, pero, y esto siempre me ha causado mucha admiración, no ocupa mucho espacio, humilde trabajando duro mientras sus niñas corretean alrededor. Jackie es seria pero de sonrisa fácil, el que es la mera botana es el Mario, su esposo, que hace malabares en esas visitas al Reyes apoyando como entrenador a Jackie, chambeando de padre de familia con sus niñas y dándose tiempo para bromear un poco y reírse del Adán. Ella es generosa con su tiempo y era común verla entrenar y hacer sparring ligero con las chicas que apenas empezaban a recorrer el duro camino del box.

Listos para el último baile

Para todos nosotros su última pelea fue algo muy emotivo, no atinábamos ni a organizamos para comprar los boletos. Cuando fui por ellos ya no había de donde escoger y terminamos sentándonos donde pudimos. El auditorio estaba a reventar, todo el pueblo se había reunido para despedir a su princesa. Las peleas preliminares estuvieron buenas con excepción de la del Maromerito, que, lamentablemente, se presentó nomás a cobrar su cheque. El ambiente aumentó de intensidad cuando llegó Julio Cesar, el momento cumbre se acercaba. El sonido había sido terrible toda la función, con los audios tan saturados que se distorsionaban y no se entendía nada. Afortunadamente el de presentación de Jackie venía bien y todo salió a la perfección. Subió al ring acompañada de humo de copal y unos sacerdotes aztecas haciéndole honor a su mote.

Se acabó!

Sonó la campana y dio inicio la pelea. La rival, una argentina muy rápida, rápidamente demostró que no había venido a Tijuana a pasearse y para mi gusto, ganó los primeros tres rounds. El tiempo se puso viscoso y los segundos empezaron a pasar más lentos. A la argentina se le cansó el caballo, Jackie se asentó en el ring y las aguas tomaron su nivel. Round tras round, Jackie empezó a imponer su dominio hasta que fue muy claro que la noche iba a tener un final feliz. Sonó el último campanazo y respiramos tranquilos y contentos.  

El siguiente fin de semana nos reunimos en casa del profe para celebrar. Fue una noche para recordar. Jackie feliz, no hay una sola foto donde no salga sonriendo.

Ustedes no se quieren pelear con estas morras

Éramos felices y lo sabíamos. Cantamos, bailamos, y nos reímos mucho. El Aarón cantó, Yamileth casi se muere de hambre porque le habían pospuesto ya un par de veces su pelea y seguía cuidando su peso. El Ian andaba enfermo, pero se estuvo medicando con tequila. Hay algo de poético en ver amigos que se quieren mucho lanzarse retos para agarrarse a chingadazos en el ring, atacados de la risa mientras se sirven otro trago y le dan una mordida a una empanada.
Una noche para recordar

lunes, 22 de agosto de 2022

Un pretexto cualquiera


Agazapado tras los restos de un carro acechaba a una mujer que paseaba a su perro. La había seguido por un par de cuadras y no se había dado cuenta de mi presencia. Era una mujer alta y todavía caminaba con paso fuerte, desde lejos podía decirse que estaba bien alimentada y su ropa no se veía desgastada. En otros tiempos hubieramos dicho que era normal, en estos días era algo totalmente fuera de lo común. Su perro jugueteaba estirando su correa de un lado a otro, se notaba que estaba feliz de estar en la calle. La mujer parecía demasiado tranquila, empecé a sospechar que podría ser una trampa, pero era un riesgo que estaba dispuesto a correr. En cuclillas, contuve la respiración para no hacer ruido y el perro finalmente estuvo a mi alcance. De un solo movimiento mi machete atravesó el cuello del animal que apenas alcanzó a medio chillar mientras se desangraba. Se convusionó un par de veces y murió. Me paré y la mujer seguía ahí; pensé que habría salido corriendo asustada, pero no; me miraba fijamente con sus ojos tristes. Los musculos de su cuello estaban tensos como si esperara a que también la matara pero estuviera resignada a su destino. Su presencia me puso nervioso y alcé el machete para asustarla, pero ella no se movió. Tampoco parecía conmovida por la muerte de su perro. Se veía cansada, ¿pero acaso no lo estamos todos? me di la media vuelta y tomé mi presa. La mujer finalmente cayó de rodillas mientras me alejaba.

Había organizado mi escondite en un edificio de departamentos, no estaba solo, compartía el edificio con otros dos derelictos como yo. No éramos amigos, pero a veces compartíamos algo de comida y había incluso algo de confianza entre nosotros; eso nos permitía domir más o menos tranquilos. Entré al edificio y no vi señales de mis vecinos, tal vez más tarde les compartiría un poco del perro, era un animal grande y bien alimentado, tenía mucha carne sobre sus huesos, seguro me sobraría un poco. Destacé mi presa y procedí a encender el fuego. La imagen de la mujer mirándome fijamente me daba vueltas en la cabeza. ¿Cuál sería su historia? ¿Por qué pasearía despreocupada como si estuviera en el 2018? Una idea me llevó a un recuerdo y otro más y así terminé en el día que todo empezó.
 
Era una tarde de finales de otoño, estaba en el supermercado comprando la despensa semanal. La escasez de alimentos se empezaba a agravar. Estábamos de nuevo como en el 2020, pero esta vez era aun más serio. Apenas hacía un par de años de que habíamos declarado el fin de la pandemia y los ánimos aún eran sombríos por la inflación y la guerra. La siguiente pandemia atacó más rápido y fuerte que el COVID. Este nos encontró desprevenidos y mal preparados. Esta vez estamos cansados y hartos. Si en el 2020 nos habíamos llenado de miedo, ahora lo que teníamos era un coraje contenido. Había encontrado todo lo que quería excepto queso parmesano, esa era para mí una señal irrefutable de que la civilización se estaba yendo a la mierda. Respiré profundamente y fui por un poco de queso fresco. Haciendo línea en carnes frías estaba un tipo con un trozo de queso parmesano en la mano. No era un trozo grande, un simple triangulito de ese queso de Winsconsin que etiquetan para que parezca italiano, buen queso, pero nada extraordinario. Sin embargo era el último cachito de parmesano. Chingue su madre, me dije, si ya va a empezar la purga, un queso parmesano es tan buen pretexto como cualquier otro. Tomé una botella de vino y sin la menor advertencia se la estrellé en la cabeza. El tipo cayó inmediatamente y me agaché a tomar el queso que acababa de cazar. Caminé tranquilamente hacia la salida sin que nadie intentara detenerme. No me detuve a pagar mi cuenta, y los empleados simplemente se limitaron a verme pasar. Esto fue el detonante, el resto de clientes empezaron a saquear la tienda. Un par de horas más tarde la mitad de los comercios de la ciudad estaban en llamas. Al día siguiente las ambulancias y hospitales habían sido vandalizados. Mientras tanto yo en casa, tranquilamente me preparaba una carbonara.
 

 
 

lunes, 3 de enero de 2022

El Onasis

El Onasis siempre fue mi amigo a pesar de la diferencia de edad; no sé si fue el beisbol o lo traviesos lo que nos unió, pero desde que vivíamos en Guerrero Negro jugábamos beis y hacíamos babosadas y nos reíamos muy a gusto. Aunque cuando convivimos más fue en nuestros días de universitarios. Aquí les dejo tres bonitas anécdotas de esos tiempos.

Tú, tú y tú 

Onasis Talamantes
Como ustedes bien saben, el Onasis era muy bueno para pichar y en Ensenada jugaba con el equipo de la UABC. En la ocasión que les voy a contar, andaba en un nacional de universidades e iba a ser el picher abridor de la final. Un día antes del juego estaba acostado en un catre a un lado de la piscina del hotel. Ya había varios botes vacíos a su lado. En eso pasó el rector, junto con el director del Dadyr (departamento de deportes de la UABC), y el Güero Martinez, que creo que en esos días era algo de bienestar estudiantil. Oye, ¿ese no es tu picher estrella, el que va a abrir mañana? le preguntó el rector al del Dadyr, y este respondió tartamudeando, Ahorita le voy a hablar a su entrenador. 

El Onasis había escuchado la conversación y les dijo, no, no, no, al Sibori ni lo molesten, y les voy a dar tres razones: una, no me está pichando las cheves, dos, no me está haciendo manita de cochi para que me las tome, y tres... después de batallar un poco, no pudo encontrar una tercera razón y finalizó,  además tú, tú y tú chinguen a su madre, les dijo al rector y compañía. El día siguiente pichó su último juego para la UABC

Los Choyeros

Resulta que una vez se nos ocurrió hacer equipos de softbol y basket para el torneo intramuros de la UABC con pura raza de Guerrero Negro. Tal vez se me pase alguno pero hasta donde recuerdo estábamos: El Gabino, la Foquita, el Tony, el Onasis, el Pepe Ibarra, el Nando, el Baiza, el Pizcuacho, el Cuak y yo.

El primer día nos tocó doble juego, primero de basket y luego de soft. El de basket lo perdimos apenitas, pero en el de soft nos pusieron una chinga unos batos de contabilidad y administración. El Onasis los conocía y nos dijo que eran puro bato de la selección. De cualquier modo no nos deprimimos y nos fuimos muy contentos a echarnos unas cervezas a la casa del Onasis por la Ruiz. No sé a quién se le ocurrió rentar una película, y con pizza y cerveza en mano nos dispusimos a ver Los pelotones de mi general. Ya saben, éramos pura gente fina y conocedora.

Y pues ahí nos tienen rumiando las derrotas de la mejor manera posible cuando oímos al Gabino hablando al radio

- Buenas tardes señorita, quisiera ver puede mandar un saludo
- Sí, cómo no, ¿a quién?
- Somos un equipo deportivo de Guerrero Negro, en Baja California Sur, vinimos a competir en softbol y basketbol y hoy quedamos campeones en ambas cosas
- ¿Y cómo se llama el equipo?
- Somos los Choyeros de Guerrero Negro
- Va pues un saludo para los Choyeros, un equipo que vino de lejanas tierras a competir, ¡y se va con primeros lugares!

 Y mientras tanto nosotros atacados de la risa y la Nina haciendo corajes con el Onasis quién sabe por qué

Incendio en el aeropuerto

Esa vez el Onasis había ido al oculista a que le hiciera quién sabe qué cosa y Zarina no lo dejaba salir y ya tenía días encerrado y estaba muy, pero muy enfadado. Total que me habló por teléfono al trabajo y urdimos un plan. Iba a pasar yo por él y le íbamos a decir a su mamá que me tenía que acompañar a la biblioteca a sacar un libro porque mi credencial de estudiante estaba vencida y no la había renovado todavía. 

Llegué por el Onasis con la cara más inocente que tenía, Zarina me echó una mirada de desconfianza pero finalmente accedió a darle permiso, sospecho que el hecho de que mi mamá fuera su comadre influyó en la decisión. Por supuesto que no fuimos a la biblioteca sino nos fuimos derechito al Hussong's. Nos sentamos en la barra y pedimos un par de bohemias. Era temprano, tal vez las cuatro de la tarde y el changarro estaba solo, así que el bar tender estaba con un ojo al gato y otro al garabato poniéndole atención a nuestra conversación, y es que nos estábamos riendo muy a gusto. La anécdota que me estaba contando era de cuando trabajó en Exportadora de ayudante de soldador o algo similar, y una tarde estaba chambeando en el hangar del aeropuerto del pueblo. Una chispa provocó un pequeño incendio y el jefe le pidió al Onasis que llevara agua para apagarlo, pero con los nervios por el incendio en vez de ir a buscar agua tomó una cubeta con un líquido transparente que se encontró a la mano. Para su fortuna algo lo hizo ser un poco precavido y en vez de aventar toda la cubeta de golpe, tomó un poco con la mano y lo aventó al fuego. El problema es que no era agua sino turbosina, y el incendio creció enormemente. Cuando el Onasis dijo esto y yo me carcajeaba de la risa, el bar tender preguntó riéndose ¿Quién fue ese pendejo? Yo, respondió el Onasis con una sonrisa incómoda. Ah dijo el bar tender y se fue para el otro lado de la barra después de haber metido la pata.

Total que finalmente pudieron apagar el incendio pero se quemó toda una pared del hangar. Llegó el ingeniero Bremer cuando todavía estaba echando humito. Preguntó qué había pasado y pues le dijeron la verdad cruda y dura. Se le quedó viendo al Onasis y le dijo Te me haces conocido. Soy hijo del Tita. Esto terminó por salvarlo y no lo corrieron.

Salimos del Hussong's como a las 9 y le di raite a su casa, con lo que no contaba es que se iba a hacer loco y no iba a entrar. Cuando me fui se esperó un momento y se regresó a la Primera y Ruíz. Al día siguiente me platicó que llegó a su casa como a la una. Por supuesto que nunca volví a pedirle permiso a Zarina de que lo dejara salir a jugar.