domingo, 20 de julio de 2014

Todo era nada

Todo era nada.


Y mientras tanto, creíamos que nada pasaba.
Creíamos que nada era grave.
Que nada nos afectaba, que nada nos tocaba.
Porque aunque todo pasaba, lo veíamos a través de pantallas.
Pantallas que convertían el suceso más dramático en simple entretenimiento nocturno.
Pantallas en las que los encargados de informar hablaban con tono de cirqueros.
Pantallas que convertían todo en nada.

Y mientras nada pasaba, fuimos perdiendo la capacidad de asombro.
Fuimos viendo el asesinato, la corrupción y la tortura como algo cotidiano.
El sexo, como un acto casual sin sustancia.
El amor, como una comedia ligera.

Mientras nada pasaba, nuestros gustos, deseos y ambiciones eran dictados a través de esa pantalla.
Y fuimos consumidores.

Nada pasaba mientras la pantalla nos decía que para ser felices, debíamos buscar que todos nos  aceptaran.
Y fuimos inseguros, anoréxicos y metrosexuales.

Era la época en la que la pantalla nos mostraba un todo que no significaba nada.

Y la nada, era muy cómoda.
No había que preocuparse por leer, la pantalla lo hacía por nosotros.
No había que pensar en temas de plática, bastaba con encender la pantalla.
No había que esforzarse en educar a nuestros hijos, la pantalla lo hacía a la perfección.
Y fuimos autómatas.

Mientras nada pasaba, nos fuimos llenando de pantallas.
Pantallas en casa, pantallas en la oficina, pantallas en nuestros bolsillos.
Y las pantallas que veíamos nos cegaban ante lo que realmente pasaba.

Y por un tiempo, estar ciegos fue bueno.
Confortable.
Pero poco a poco, ese confort se fue conviertiendo en incomodidad.
Una incomodidad inexplicable.
Una incomodidad inquietante, sofocante, aplastante.

Una incomodidad que nos llevó a buscar respuestas.
A cuestionar lo que nos rodeaba.
Y en efecto, buscamos respuestas.
Pero las buscamos en las pantallas.

Así, el círculo se cerró y dejamos de avanzar.
Nos estacionamos sin saberlo, y tal vez, sin quererlo en la confortable sensación de que nada pasaba.
Y mientras nada pasaba, la estulticia se volvió nuestra compañera.

Y mientras nada pasaba, nuestra civilización se acababa.
Mientras nada pasaba, economías enteras se colapsaban.
Guerras se declaraban.
Los cuerpos se apilaban.
Las cabezas literalmente volaban.

Pero, como era cosa de todos los días, a nuestros ojos, nada pasaba.

Hasta que llegó el momento en que todo dejó de pasar en la pantalla.
Empezó a pasar cada vez más cerca.
Tan cerca, que nos empezó a tocar.
Tan cerca, que no tuvimos escapatoria.
Tan cerca, que ni siquiera las pantallas nos tranquilizaron.

Pero aún así, decíamos que nada pasaba.
Lo decíamos en un futil intento por tranquilizarnos.
Lo decíamos con la esperanza de que todo fuera un sueño.

Y mientras lo decíamos, los ejércitos sitiaron las ciudades.
Mientras lo decíamos, el sonido de las sirenas aumentaba.
Lo decíamos mientras el sonido de las balas se volvía más y más común.
Mientras ver cadaveres a nuestro alrededor era cotidiano y hasta trivial.

Decíamos que nada pasaba mientras la vida se nos pasaba.

RBoxer

Publicado en la Revista En Tanke Tsm de Tijuana, 2010 con ilustración de Luis Vicente Díaz

domingo, 6 de julio de 2014

La chancla de mi amá y el cinto de mi apá

En mis tiempos era común que las mamás nos dieran con la chancla, los papás con el cinto y en la escuela los maestros con el metro. Así es como era, punto. No había nada que reclamar, alégale al ampayer. De los maestros esta vez no voy a decir nada, pero no se me ha olvidado cabroncitos.

Mi amá

Siendo sinceros mi amá me pegó pocas veces y de estas solo dos merecen mención. Empiezo con su chancla.

La chancla
Ya conocen la bonita tradición de las madres mexicanas de amenazar y muchas veces darle a los hijos con la chancla, pues bien, la situación es que las chanclas de mi amá eran de madera, probablemente de una pulgada de gruesa, con un cintillo de piel de color blanco, lo cual no es importante; que hayan sido de madera sí, estaban pesadas y duras.

Total que para no darle más vueltas al asunto resulta que un día no sé qué habría hecho que mi amá me iba correteando dentro de la casa y no me podía alcanzar, porque eso sí, mi política siempre fue si me vas a pegar me tienes que alcanzar, así que se quitó una chancla y me aventó con ella. Para mi mala suerte con tal puntería que me dio justo en la cabeza. Sonó como a hueco, lo cual no es extraño y la verdad me dolió un chingo. Mi amá cuando se dio cuenta del madrazote que me había dado se asustó todita y llegó corriendo con el típico ayyy mi'jito, ¿te dolió mucho?, no te quería pegar. Y sí, un accidente y un chichoncito, nada más.

El tanquecito
La otra vez que me acuerdo que me sonó duro fue todavía más accidental. Ya estaba yo en la secundaria, probablemente en segundo, en esa época en que ya eres medio adolescente pero todavía tienes algunas cosas de niño. En esos días estaban de moda unos llaveros de metal con figuras de armas que vendía el Toto, ¿o era el Carnitas?, sabe, el caso es que no solo eran llaveros sino además le ponías una especie de cuete y cuando disparabas hacían ruido y eso nos gustaba mucho. Yo tenía un tanquecito de guerra de aproximadamente el tamaño de una mandarina, pesado y sólido.

Esa tarde como muchas otras, había dejado los pantalones de mi uniforme tirados en el piso y que los agarra mi amá y me dice ¡ya te he dicho muchas veces que no dejes ropa tirada! y dicho esto que me da con el pantalón en la espalda y yo salgo corriendo gritando por el dolor y mi amá atrás de mi
No seas simple cristalito, no te dolió, a la otra te voy a dar con un calcetín para que no llores.
 Después del dolor inicial regresé con ella y me quité la camisa y le dije 

a ver revísame
ayyy mi'jito ¿qué te pasó? ¿quién te pegó?

¡pues tú!, ¿cómo que quién?
¿cuándo?
¡pues ahorita! 

Y sacando el tanquecito de mi pantalón le dije  

con esto me diste
no sabía que traías eso, pero además tú tienes la culpa para qué andas dejando las cosas tiradas 

Y sí, debo de reconocer que tenía razón. 

 Mi apá

Pedro Cervantes era bastante más sueltecito con el cinto que mi amá y por lo mismo tendría más historias que contar, pero vamos a dejarlas también en dos.

El hacha
Debo de haber tenido tal vez unos 10 años y siendo como era se me ocurrió que sería buena idea tumbar un pino salado de los que estaban a un lado de la casa. Mi apá tenía una hacha chiquita de metal, de una sola pieza a la que le decíamos el tomahak, probablemente aprendimos esa palabra del Aguila Solitaria o el Llanero Solitario. En fin, el caso es que estaba duro y dale con el tomahak tratando de tumbar el árbol, que no estaba tan chiquito y que lo más probable es que cayera encima de la casa y hubiera causado daños. ¿Qué por qué estaba haciendo eso? pos nooomaaas.

Y llegó mi apá por atrás sin que me diera cuenta y me arrebató el hacha. Inmediatamente salí corriendo pues los cintarazos eran inminentes, y mi apá atrás de mí gritándome que me parara, lo cual por supuesto no iba a suceder. Lo chistoso del asunto es que mi apá nunca soltó el hacha y  atrás de él iban mis amigos corriendo gritando Lo va a matar!, lo va a matar!

La persecución
 En cuarto año de primaria por alguna razón que mi memoria no alcanza a recordar nos tocó tener horario quebrado, entrabamos en la mañana, salíamos a las 12 y regresábamos en la tarde creo que de 2 a 4.

Ese día en particular el profe Valero no iba a poder darnos clase en la tarde así que la teníamos libre. No sé qué pasó que mi apá no fue a comer a la casa y llegó cuando yo debería de haber estado en la escuela pero en vez de eso me encontró jugando a las canicas. Lo vi bajarse del carro ya con el cinto en la mano

Espérate pá, deja te explico!
A mi no me vas a explicar nada! replicó mientras se acercaba con toda la intención de darme unos cabronazos. Huye venado!,  y me di inmediatamente a la fuga.

Salí corriendo por detrás de la casa y seguí por el callejón de atrás de la casa de los Villafaña y el Arturo tiburón. A como pude me subí a la barda de la primaria  y atravesé corriendo el patio de la primaria donde mis compañeros de salón jugaban fútbol. El plan era sencillo, llegar con mi amá a su tienda y que ella le explicara que todo era legal, que no había problema por estar jugando en horas de escuela. Casi lo logro, pero justo antes de entrar a la tienda de mi amá llegó mi apá en su pickup rojo bufando de coraje. Me le escapé por el callejoncito que estaba entre la tienda de mi amá y la del carnitas. Corriendo entré a la iglesia invocando asilo en sagrado, ingenuamente creyendo que me protegería de la furia de mí ya muy encabronado padre.

Y nada que, lo vi entrar a la iglesia con el cinturón en la mano y supuse que no le importaría gran cosa lo que el rey Ethelberto pensara así que no me quedó de otra que seguir huyendo. Me metí al cuartito de los monaguillos y me salí por la ventanita que tenía cerca del piso. Esto me compró unos cuantos segundos de ventaja que aproveché para subirme al árbol más alto que pude encontrar en el parque.

Bájate, gritaba mi apá como Shere Khan
No porque me vas a pegar!
No te voy a pegar, te voy a dar unos cariñitos nada más
Pues no me bajo!

Después de un rato de gritar y habiéndose convencido de que no me iba a bajar por mi propia voluntad mi apá decidió hacer como que se retiraba. Tomó su carro y se fue, pero estacionó su carro en un lugar donde suponía que no podía verlo, escondido esperando a que me bajara para sorprenderme. El problema con este plan es que desde arriba del árbol yo podía ver perfectamente todo esto y por supuesto que no me bajé.

Finalmente se aburrió y se fue. Yo decidí esperar hasta que fuera noche para regresar a la casa. No sé a qué horas regresé pero lo que recuerdo es que mi apá ya estaba dormido y al menos por esa vez había salido ileso.