Recibí la llamada con la noticia de la muerte de mi madre el miércoles a las dos de la mañana. No me tomó por sorpresa, tenía pocos días de haberla visto y realmente se miraba muy deteriorada. En las últimas semanas había pasado por un par de operaciones por una fractura en el tobillo, y su cuerpo estaba haciendo todo lo posible por recuperarse, pero para mí era claro que era una batalla con pocas probabilidades de éxito. No quise saber detalles, pero entiendo que murió en paz, o al menos eso es lo que quiero creer. Su via crucis ya llevaba tiempo.
Mi madre hasta el último día fue la persona que ustedes conocieron, fiel a su carácter. Cuando iba a ser la primera de sus operaciones del tobillo, su principal preocupación era que le avisáramos a sus amigas de Guerrero Negro. Estoy seguro de que nunca fue tan feliz como esas mañanas en su tienda platicando con sus amigas: Toñita, Estela Patiño, Socorro Valencia, Lety Ríos, Tere Baiza, Chata de Meza y un largo etcétera. Salía de la casa con la jarra de café lista para compartir, el trabajo no era más que un pretexto para ver a sus amigas.
No solo sus amigas llegaban al café, tal vez ustedes recuerden a Don José un señor invidente ya mayor que solía andar por el pueblo, él también llegaba al café con cierta frecuencia. Una vez llegaron unos auditores de Hacienda a revisar las cuentas de la tienda, mi madre, que era buena para el asunto del protocolo mandó comprar unos choux para invitarles con un café a los auditores. Coincidió que llegó Don José a saludar, y mi mamá le invitó su choux y su café y lo atendió igual que a los auditores. Al final, cuando se iban los inspectores, le dijeron que habían encontrado un error en el pago de IVA, pero que no la iban a multar, porque atendió a don José igual que a ellos, sin hacer diferencia. Eso lo aprendimos de mi abuela.
Mi madre era una persona compleja, le gustaba mucho tener la razón, y en raras ocasiones admitía no saber algo, pero también podía ser una persona muy generosa, como dan cuenta los comentarios que he recibido estos días sobre ella. Permítanme contarles una breve historia. Estábamos de vacaciones en Chiapas, yo debo haber tenido unos doce años. Estábamos haciendo fila para comprar boletos de autobús para San Cristóbal de las Casas, y frente a nosotros estaba una señora indígena, se miraba ya mayor, y quería también un boleto para San Cristóbal y el tipo de la taquilla no le quería vender un asiento, si quería, se tenía que ir parada. La pobre mujer imploraba que se lo vendiera porque ya estaba mayor y ya no aguantaba a irse parada. A mi mamá le empezaron a cambiar las facciones del rostro, y el tipo tuvo la mala idea de dirigirse a ella y decirle “¿cómo ve estos indios? Antes se iban a pie y ahora hasta se quieren ir sentados” Mi madre nunca fue parca de palabras, explotó y le puso una maltratada de proporciones épicas, el tipo no hallaba dónde meterse. Mi mamá pagó nuestros boletos y el de la señora, con asiento los tres, eso sí. El tipo, espero, haya cambiado su actitud después de esto, aunque sea un poco.
Mi mamá era cien por ciento de Guerrero Negro, pero al mismo tiempo se sentía con linaje de realeza española, de esto estoy seguro de que muchos de ustedes se habrán dado cuenta. En una ocasión estábamos igual de vacaciones, pero ahora en La Paz, los más viejos recordarán el hotel Gran Baja. Yo debo haber tenido unos quince años entonces. Como era española se le ocurrió pedir un gazpacho andaluz, el problema es que mi mamá nunca aprendió a comer, y las verduras no eran lo suyo; y el gazpacho… pues es un gazpacho, es decir, un licuado de verduras frío. Obviamente no le gustó, y con un gesto altanero le habló al mesero, que era un jovencito no mucho mayor que yo
- Joven, venga para acá
- Sí, dígame, señora
- Por favor llévese esta porquería, mi abuela era de Andalucía y el gazpacho que preparaba no se parecía en nada a esto
El pobre muchacho se puso rojo de pena, y atropelladamente procedió a levantar el plato. A mí me caía muy gordo cuando mi mamá se ponía en ese plan, y le dije en voz alta para que el mesero me escuchara
- No, amá, mi nana no era de Andalucía, era de Cachanía
Mi mamá me echó tremenda mirada de odio, mientras el mesero hacía todo lo posible por aguantarse la risa. Les juro que valió la pena. Como solía decir ella: “espero que mis palabras no la jinetellen”, pero así somos los humanos, llenos de claroscuros.
Cuando era niño mi mamá me tenía muy consentido, y en la navidad siempre me llenaba de regalos, la tienda se lo permitía y yo me aprovechaba. Pero cuando iba en la universidad eso ya había cambiado. Trabajé un tiempo en el observatorio de San Pedro Mártir y el sueldo era bueno, así que me permitía ahorrar y yo quería comprarme un carro. Para acelerar un poco el proceso agarré un número de una cundina de mil dólares con Tere Baiza. Me tocó un buen número, creo que el cuatro o algo así. Con mis ahorros y lo de la cundina me compré mi primer carrito, un hondita Accord 88. Seguí pagando puntualmente los números de la cundina, que eran de 50 dólares quincenales. Cuando me faltaba el último mi mamá me dijo "Este lo pago yo, que sea mi cooperación para lo de tu carrito" Yo acepté sin pensarlo mucho. Meses después llegó a visitarme a Ensenada, llegamos en mi carrito al mercadito Delante, ese que era de 24 horas. Me estacioné justo enfrente, y al momento de pagar, la cajera, que era como de mi edad, y estaba bastante guapita, me dijo "qué bonito está tu carro" Obvio yo ya estaba listo para invitarla a dar una vuelta, cuando mi mamá me tomó del brazo y le dijo a la muchacha "se lo compró su mamá" Se me cayó la quijada como en chiste de Condorito, pensé "no chingues, de qué hablas, pusiste 50 dólares!" El daño ya estaba hecho, ni modo de invitar a salir a la muchacha después de eso. Amá, ¡esa me la debes!
Tal vez la mayoría de ustedes no sepan esto, pero los últimos años de su vida, mi mamá tuvo mucho sobrepeso, y cuando digo mucho, me refiero a muuuuucho. Durante todo este tiempo, mi tía Yochi intentó, sin mucho éxito, controlarle su dieta para que bajara de peso, pero era más su afición por los dulces y la coca cola que su deseo de estar bien. Finalmente, dejó de caminar y tuvo que moverse en silla de ruedas.
Una tarde, hace unos tres años, estábamos todos sentados a la mesa, disponiéndonos a comer, y me ordenó.
- Sírveme coca. - Del otro lado de la mesa, mi tía respondió.
- No puedes tomar eso, Olivia.
- ¿Por qué no? - preguntó como si esa conversación no la hubiéramos tenido decenas de veces.
- Porque estás muy gorda. – le respondió mi tía
- Mi cuerpo, mi decisión – respondió mi mamá, siempre tan afecta al drama
- No. – dijo mi tía – No es solo tu decisión, porque nosotros somos los que te andamos cargando, bañándote y cambiándote, y estás muy pesada y es muy difícil moverte
- ¡Si tanto les estorbo, tírenme en el arroyo! – Respondió mi mamá, que era la mismísima reencarnación de Libertad Lamarque cruzada con Marga López
- A ver, amá – le dije – Ahorita pasamos al Oxxo, te compro tu cocón de dos litros y te dejo en tu silla de ruedas ahí en el arroyo, ¿y luego? ¿qué sigue? ¿cuál es el plan?
- Sírveme tantita limonada, pues – respondió resignada.
Una tarde, hace unos tres años, estábamos todos sentados a la mesa, disponiéndonos a comer, y me ordenó.
- Sírveme coca. - Del otro lado de la mesa, mi tía respondió.
- No puedes tomar eso, Olivia.
- ¿Por qué no? - preguntó como si esa conversación no la hubiéramos tenido decenas de veces.
- Porque estás muy gorda. – le respondió mi tía
- Mi cuerpo, mi decisión – respondió mi mamá, siempre tan afecta al drama
- No. – dijo mi tía – No es solo tu decisión, porque nosotros somos los que te andamos cargando, bañándote y cambiándote, y estás muy pesada y es muy difícil moverte
- ¡Si tanto les estorbo, tírenme en el arroyo! – Respondió mi mamá, que era la mismísima reencarnación de Libertad Lamarque cruzada con Marga López
- A ver, amá – le dije – Ahorita pasamos al Oxxo, te compro tu cocón de dos litros y te dejo en tu silla de ruedas ahí en el arroyo, ¿y luego? ¿qué sigue? ¿cuál es el plan?
- Sírveme tantita limonada, pues – respondió resignada.
Sus últimos años los pasó en Ensenada con mi tía Yochi, su días pasaban entre hablar con sus amigas de Guerrero Negro, leer, y ver videos en You Tube. Se volvió muy fan de Rodrigo de la Cadena, un joven que se dedica a promover la musica de boleros. Si pueden, échenle un ojito a sus videos en You Tube. A mi madre le gustaría esto.




1 comentario:
Que buenas anécdotas mi Poncho y que bonito que recuerdes a tu Mamá de esta forma; si que era muy especial... pero tambien era muy buena persona.
Recuerdo que nos invitaba a todos tus cuates a comer mole el día de tu cumpleaños y nos trataba muy bien al igual que tu abuela.
Te mando un fuerte abrazo.
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